6. Discurso del Rector Mayor en la clausura del
XXIV Capítulo General
[221]
Por gracia de Dios, hemos llegado al último acto de nuestro XXIV
Capítulo General. Tiene lugar en esta asamblea, etapa final de un
camino común en la búsqueda compartida de las vías
que debe seguir nuestra Congregación y sus muchos colaboradores
en la misión al servicio de los jóvenes durante estos años
de tantos retos. En este momento solemne y significativo, al recoger como
en síntesis lo que ha ido madurando durante nuestros dos meses de
trabajo, vemos la importancia de que cada uno de nosotros asuma y haga
propias las orientaciones y disposiciones capitulares para poderlas transmitir
y vivir en nuestras comunidades educativas y pastorales.
1. Sentimiento de gratitud
[222]
El primer sentimiento que en esta hora viene espontáneo es la
gratitud. Ante todo, al Señor, que nos ha acompañado y dirigido
con la presencia constante de su Espíritu: a él nuestra alabanza
por las obras grandes que ha hecho y sigue haciendo en nuestra Congregación
y que se han manifestado también en este Capítulo; a María
Auxiliadora, nuestra madre y maestra, siempre cercana y solícita
ante nuestras necesidades y las de los jóvenes, y a nuestro fundador
y padre san Juan Bosco, quien siempre ha sido punto de referencia en las
diversas etapas de nuestro trabajo.
La Eucaristía, que vamos a concelebrar en el clima gozoso de
la liturgia pascual, es la expresión más plena de nuestra
gratitud, unidos a la alabanza perenne que la Iglesia ofrece al Padre por
medio de Jesucristo.
Nuestro agradecimiento se extiende también a quienes, con constancia
y sacrificio, han intervenido en el trabajo capitular: primeramente y de
modo especial, a nuestro regulador, don Antonio Martinelli - incansable,
previsor, siempre presente y atento a todo - y al equipo que ha colaborado
más directamente con él; a los moderadores y secretarios
del Capítulo, muy capaces y precisos; a las diversas comisiones
con sus presidentes y portavoces, al grupo de redacción, que ha
contribuido a darnos un documento rico y estimulante; a los traductores,
asiduos e infatigables, y a los seglares que han compartido con nosotros
un trecho de camino. Nuestra gratitud se extiende asimismo a quienes han
acompañado nuestra vida de cada día: al director y comunidad
de la casa generalicia, que nos han seguido con su generoso servicio y
con su bondad; y, de modo particular, a nuestras queridas hermanas, las
Hijas de María Auxiliadora, y sus jóvenes, que han provisto
a nuestras necesidades cotidianas con delicada disponibilidad y comprensión.
¡Gracias de corazón a todos! No será fácil olvidar
esta experiencia, que podemos definir como intercambio de dones.
2. El XXIV Capítulo General,acontecimiento de la Congregación
en el umbral del tercer milenio
[223]
El Capítulo General, como dije en el discurso inaugural, es un
acontecimiento de la Congregación. Marca una etapa de su
historia y la lanza hacia el futuro. Aunque institucionalmente se ha celebrado
en Roma, de hecho ha implicado a la Congregación entera en todas
sus articulaciones; nosotros hemos sentido, en este Capítulo tal
vez más que en otros, por la mejor calidad de la comunicación,
la cercanía y participación de los hermanos y sus comunidades
en este acontecimiento.
Por ser acontecimiento de la Congregación, el Capítulo
General es también acontecimiento de Iglesia, no sólo
porque, gracias al carisma recibido del Espíritu, nos sentimos parte
viva de ella (cf. Const. 13) y a su servicio, sino también porque
sus frutos benefician a la misión de la Iglesia en el mundo contemporáneo,
a la que aportamos nuestra colaboración.
En esta óptica no podemos dejar de poner de relieve una peculiaridad.
Celebrado a las puertas del año 2000, nos pone en el camino que
sigue la Iglesia para llegar a la cita del nuevo milenio con una renovada
capacidad de evangelización. Juan Pablo II, en la audiencia concedida
a nuestro Capítulo General, nos indicó precisamente la tarea
de «introducir a la Sociedad y Familia Salesianas en el nuevo milenio
con el ardor apostólico de san Juan Bosco y con toda la lozanía
de su carisma».
En el ámbito de nuestra Familia, hemos vivido durante este Capítulo
el humilde y profético episodio del comienzo de nuestra historia.
El 12 de abril de 1996 conmemoramos el 150º aniversario de la llegada
de san Juan Bosco a Valdocco, a aquel humilde cobertizo "Pinardi",
pobre materialmente pero rico de esperanza, donde el oratorio encontró
un lugar estable y desde el que, por la protección de María
Auxiliadora, se difundió a todos los continentes. El recuerdo de
tal acontecimiento ha puesto toda nuestra reflexión capitular a
la luz de los orígenes.
Hay rasgos y hechos importantes que han caracterizado a este Capítulo
de fin de milenio. Quedan grabados en nuestra mente y en nuestro corazón;
los llevamos con nosotros como contenido substancial de nuestra vivencia
capitular.
[224]
El primero es la profundidad y las manifestaciones de la comunión
en nuestra comunidad capitular. Aunque procedemos de contextos muy diversos
y teníamos que confrontarnos sobre problemas que necesariamente
suponen visiones distintas, hemos experimentado la fraternidad del «vivir
y trabajar juntos» (Const. 49). La identificación carismática,
la gracia de unidad de nuestra consagración apostólica, la
oración en común, la sintonía de los corazones y el
esfuerzo de convergencia en un diálogo siempre respetuoso y franco
han sido una manifestación auténtica de la comunión
mundial salesiana. Por ello, al terminar nuestro trabajo, nos sentimos
sostenidos por esa unidad operativa en el momento de hacernos portadores
del mensaje capitular.
[225]
Otro rasgo característico del XXIV Capítulo General ha
sido la apertura mundial de la Congregación, manifestada
de modo cada vez más evidente sin perder nunca la atención
a conservar la unidad en el espíritu y en la misión. Dicha
apertura se ha visto, de modo particular, en la visión intercultural
y transcultural del carisma, en las aproximaciones contextuales de la realidad
y sus problemas, en la preocupación por el ecumenismo y el diálogo
interreligioso y en la valoración de las lenguas. En la reflexión
que nos ha llevado a dar una nueva configuración a los grupos de
Inspectorías, uno de los criterios de la Asamblea ha sido precisamente
la atención al intercambio intercultural e internacional.
[226]
En ese horizonte de apertura a lo mundial podemos ver también
el crecimiento de la conciencia misionera que se ha constatado en
el Capítulo. Aunque la actividad misionera no figuraba específicamente
en el orden del día, la confrontación sobre muchos aspectos
del tema capitular, así como la comunicación de las experiencias
hechas por los inspectores y delegados de nuestras zonas misioneras, han
contribuido a robustecer el carácter misionero de la Congregación.
En dos sentidos: conociendo mejor la realidad de la misión que viven
nuestras comunidades y captando más a fondo la urgencia de las fronteras
"ad gentes" con el corazón misionero de san Juan Bosco.
[227]
Una novedad del XXIV Capítulo General, que debemos resaltar de
forma especial, ha sido la presencia de los seglares, quienes no
sólo han contribuido a ahondar en el tema del Capítulo, sino
que además lo han enriquecido con su convivencia fraterna, con la
comunicación de sus experiencias y con el testimonio de los dones
de su específica vocación laical en la Familia Salesiana
o en el Movimiento Salesiano.
[228]
Hecho importante y coincidencia significativa durante el XXIV Capítulo
General ha sido la promulgación de la exhortación apostólica
"Vita consecrata". Exhortación que, esperada después
del Sínodo, ha penetrado en el trabajo de nuestro Capítulo
como acicate para comprender mejor lo específico de nuestra vocación
en la Iglesia, el don del carisma que se nos ha dado por medio del Fundador
y los grandes horizontes que hoy se abren en la Iglesia y en el mundo a
los consagrados como apóstoles. En el tema capitular, dicha exhortación
apostólica nos ha ayudado a ver con mayor profundidad nuestra aportación
de religiosos sacerdotes y de religiosos laicos a la comunidad educativo-pastoral,
de la que nos proponemos ser animadores junto con nuestros colaboradores.
[229]
También debemos recordar la novedad del discernimiento
que, en este Capítulo, nos ha ayudado a ponernos a la escucha del
Espíritu con apertura a las distintas sensibilidades y con libertad
y disponibilidad interior para elegir a quienes debían animar a
la Congregación durante el próximo sexenio. Dicha experiencia
es una indicación que puede servir a las comunidades inspectoriales
y locales en el camino que deben seguir al tomar decisiones o dar orientaciones
sobre la vida y el desarrollo de la misión.
[230]
Al señalar estos aspectos, evidenciamos con razón las
novedades que han supuesto y los progresos logrados; pero también
debemos poner de relieve el sentido de continuidad que les ha acompañado.
Al examinar las reflexiones y propuestas de las Inspectorías, hemos
comprobado que éstas habían caminado en sintonía con
las Constituciones procurando realizar el proyecto apostólico que
en ellas se indica, a fin que cada vez responda mejor a las situaciones
y necesidades de la juventud actual en plena fidelidad a la idea de san
Juan Bosco. En cuanto al compartir con los seglares, el XXIV Capítulo
General ha reconocido que, aun siendo ya una realidad, se ha de fomentar
y hacer más viva y operante.
Por último, no estará de más subrayar la calidad
de la comunicación que ha distinguido a este Capítulo:
tanto la oficial, que se ha servido de los instrumentos y de la competencia
profesional del equipo de nuestra Agencia de Noticias Salesianas (ANS)
en estrecha colaboración con la comisión capitular encargada
de la información, como - y es algo que interesa decir - la comunicación
privada, que, mediante los instrumentos más modernos, ha llegado
en tiempo real a las comunidades y a sus miembros. Es un aspecto que habrá
que tener en cuenta en los próximos capítulos generales.
3. Algunas orientaciones más importantes
Tras señalar los rasgos más sobresalientes del acontecimiento
y de nuestra comunidad capitular, me detengo en algunas orientaciones que
me parecen fundamentales para el camino del próximo sexenio. Lo
hago sin la pretensión de releer ni resumir el documento capitular.
3.1. Los seglares: una gracia y una tarea
[231]
El punto focal de nuestra reflexión ha sido el carisma salesiano
- misión y espíritu - como posibilidad, aún por descubrir,
de comunión y corresponsabilidad al servicio de los jóvenes.
No hay que olvidarlo, pues de tal don del Espíritu proceden las
riquezas y formas originales de sinergias que deseamos.
Los sujetos agentes implicados en ello simultáneamente son los
salesianos y los seglares. La novedad de la perspectiva consiste en la
irrupción de estos últimos en el horizonte salesiano y en
la inserción de su experiencia nuevamente comprendida en el corazón
del carisma.
Todo ello supone para los salesianos no algo marginal, sino una nueva
luz proyectada sobre la totalidad de su vocación. En el vivir con
renovada conciencia y entusiasmo tal vocación encontrarán,
pues, los medios para llevar a la práctica las conclusiones del
XXIV Capítulo General.
La nueva atención a los seglares lleva, en primer lugar, a reconocer
y valorar las realidades de que son portadores: hijos de Dios, templos
del Espíritu, miembros del pueblo de Dios. Actúan en el mundo
con la gracia profética que orienta hacia el Señor, con el
poder de santificar que sana y reconcilia y con la energía regia
que crea, orienta y transforma. Están llamados a la santidad, que
es realización cabal del hombre por su comunión con Dios.
Aunque sean ideas muy repetidas, conviene meditarlas en términos
reales y cotidianos.
La condición secular del laico, empleada como clave de comprensión,
amplía y enriquece la óptica de la misión salesiana:
pone de manifiesto que, aun teniendo una identidad propia, ésta
no tiene límites de extensión y puede integrar aspectos,
iniciativas y formas siempre nuevas conforme al movimiento del mundo; puede
expresarse a través de una red de personas que, viviendo en diversas
partes y actuando en ámbitos distintos, están unidas por
el mismo espíritu y la misma finalidad.
La perspectiva laical lleva también a descubrir las posibilidades
de comunión que la vida consagrada salesiana puede crear en torno
a su espiritualidad, a la educación y a la práctica pedagógica.
Se nos indican innumerables círculos concéntricos de personas
donde hacerlas realidad y levadura: desde el ámbito de los Cooperadores,
que inauguraron y plasmaron su identidad salesiana laical bajo la mirada
y la dirección espiritual de san Juan Bosco y hoy son nuestros principales
compañeros, hasta quienes sólo comparten con nosotros los
valores humanos, la actitud religiosa y el interés por la educación.
La presencia de los seglares nos estimula a considerar la experiencia
secular, humana y cristiana, y las situaciones en que se manifiesta: la
familia, la profesión, la política. Dichas realidades y los
valores que encierran son un contenido imprescindible de la educación,
nuestro campo de trabajo.
[232]
En dicha comprensión sobresale la identidad de la mujer y su
aportación a la cultura, a la educación y a la vida eclesial
y salesiana, que en nosotros requiere acogida, valoración y reciprocidad.
Tendremos que hacer un examen para equilibrar imágenes, expectativas
y relaciones; pero saldrán beneficiadas nuestra vida consagrada,
la comunión y la pastoral.
Así pues, con la presencia de los seglares se extiende y profundiza
nuestra visión y nuestras posibilidades de acción. Sabemos
que son muchas las personas que se sienten movidas por el Espíritu
en su encuentro con san Juan Bosco; sabemos también que su proyecto
de vida en el Espíritu ofrece infinitas posibilidades de realizaciones
institucionales e individuales.
El número 2 de la exhortación Christifideles laici
nos advierte: «En realidad, el desafío que los padres sinodales
han afrontado ha sido el de señalar los caminos concretos para lograr
que la espléndida teoría del laicado formulada por el Concilio
se haga verdadera praxis eclesial».
También para nosotros el banco de prueba es su aplicación
concreta. El primer paso es la bienvenida, una actitud de buena disposición
y agradecimiento por la aparición del seglar en la escena del carisma.
Como es obvio, la praxis necesita una reflexión eclesial y salesiana
que se enriquezca continuamente y motive de verdad. No hay que dar por
descontado que dicha reflexión ya ha sido interiorizada y proyectada
a la realidad por cada uno de los salesianos.
El XXIV Capítulo General invita a las Inspectorías y a
las comunidades locales a pasar, en el tema de los seglares, de las realizaciones
parciales a un proyecto integral y orgánico. En nuestro Capítulo
se han considerado todos los elementos y situaciones que la experiencia
anterior había puesto sobre la mesa. Hoy, pues, se han de considerar
y resolver en su conjunto, viendo a los seglares no como una suplencia,
sino como a compañeros de camino.
Hay que pasar de las valoraciones individuales a una mentalidad comunitaria
compartida. A una época en que los pareceres y la práctica
sobre la participación de los seglares quedaban al arbitrio personal,
sigue ahora otra en la que debe ser convicción de todos y criterio
para todas las instituciones y programas.
3.2. La misión salesiana
[233]
La vivencia de san Juan Bosco que recordamos al celebrar el 150º
aniversario de su instalación en Valdocco pone de manifiesto un
hecho: que algunos seglares, impresionados y atraídos por su relación
con los chicos pobres y por la acción en su favor, comenzaron a
juntarse en torno a él. Es posible que no pocos ya estuvieran preocupados
por el fenómeno juvenil y se preguntaran qué hacer como cristianos;
pero necesitaban un impulso, un ejemplo, un signo, un proyecto y un lugar.
Lo tuvieron en la opción hecha por san Juan Bosco y en sus primeros
pasos para llevarla a cabo. Sus aportaciones fueron variadas: colaboración
educativa, apoyo económico, cercanía y amistad, oración,
acogida en los círculos sociales que podían cooperar, valoración
de su obra en las Iglesias locales.
Después, y siempre con la mirada en los jóvenes y en lo
que se hacía o podía hacerse por ellos, san Juan Bosco extendió
sin límites su invitación a participar.
También hoy la audacia en la misión invita a la comunión
y favorece la colaboración de quienes el Espíritu mueve interiormente.
Así pues, las Inspectorías y comunidades locales deben
concentrar sus esfuerzos en la realización actualizada de los rasgos
más originales de la misión.
[234]
El carácter juvenil y popular, que fundamentalmente distingue
nuestra misión, nos apremia a dirigirnos con más decisión
a los jóvenes necesitados y a las clases populares. Las formas en
que hoy se presenta el malestar juvenil son muchas. En todas partes la
Iglesia ha hecho su opción preferente por los más pobres.
Su servicio sigue teniendo una incomparable fuerza convocatoria. Y con
razón. Es una esperanza para quien se siente abandonado; en tal
sentido es una manifestación eminente del amor pastoral de Cristo.
La dimensión educativa nos abre a todos y nos lleva a
acoger a quien es pobre en demandas o intereses y a quien está buscando
algo o quiere hacer un camino: nos da la capacidad de ofrecer itinerarios
simultáneos de desarrollo humano y evangelización. La atención
a la fe desde el principio es ciertamente un punto que nos define y al
que no podemos renunciar. La vemos como energía de crecimiento humano
y como encuentro con Cristo que abre al misterio de Dios y del hombre.
Simultáneamente actuamos en los amplios espacios de la promoción,
de la cultura y de la dinámica social. No somos indiferentes a ninguna
cosa verdaderamente humana. Tal opción es propia de la dimensión
laical y permite una inserción ilimitada de los seglares en los
diversos niveles.
Nuestra misión tiene siempre el sello del Sistema Preventivo
como síntesis de propuestas y método, como modelo de relaciones
y comunicación educativa, como capacidad de formar una comunidad
juvenil y popular con determinadas características, como criterio
de percepción y asimilación de los valores y como visión
de los recursos de la persona.
Ya el XXI Capítulo General nos estimuló a formular de
nuevo el Sistema Preventivo de acuerdo con la condición juvenil
y la cultura del momento. El "nuevo" Sistema Preventivo es tarea
de siempre; pero hoy se presenta como en un cambio de rumbo.
[235]
Por último, el oratorio se presenta como el prototipo
de presencia y acción de la misión de san Juan Bosco: en
él se da simultáneamente la acogida, el crecimiento cultural,
la preparación para la vida y la maduración en la espiritualidad
cristiana. Lo hace mediante una propuesta integrada, que es concreta y
vital por un ambiente de participación espontánea.
En el conjunto de la misión de una Inspectoría y de la
Congregación, toda presencia tiende a ser significativa:
en el proponer, atraer e invitar por la calidad de su estilo educativo
y por la actualidad de su propuesta. Los Capítulos Generales anteriores
subrayaron la necesidad de que cada una de ellas fuera una novedad evangélica
adecuada a la condición juvenil, a las necesidades de la Iglesia
y a la situación de la sociedad. Novedad que se manifiesta, sobre
todo, en el testimonio evangélico que dan, cada persona y la comunidad,
cuando en unidad fraterna demuestran cercanía a la gente, entrega
al trabajo, voluntad de ofrecer propuestas a la zona y capacidad de influjo
en la mentalidad y en la vida.
Por su carácter significativo sobresalen hoy, junto a las presencias
entre los pobres, las que ofrecen a los jóvenes búsqueda
de sentido, compromisos misioneros y de solidaridad e itinerarios de fe.
Ayudan a madurar capacidades suscitadas por el Espíritu al servicio
de la Iglesia y nos introducen en el movimiento de la nueva evangelización
juvenil para producir fermentos que sean signo. Hay que añadir las
iniciativas en los nuevos areópagos (la comunicación social,
por ejemplo), llevadas adelante con criterio comunitario, con perspectivas
de continuidad y de cualificación progresiva, atentas a unir y dedicadas
a formular mensajes de cultura y evangelización.
3.3. La comunidad salesiana
[236]
Afirman nuestras Constituciones (art. 44) que la comunidad salesiana
es sujeto de la misión incluso cuando no dirige por sí misma
todas las iniciativas. Es cierto que hay otros que participan en el carisma
de san Juan Bosco; sin embargo, el carisma tiene en la comunidad salesiana
un grado particular de concentración: por la fuerza de su consagración,
por su vivencia comunitaria, por su proyecto de vida (profesión)
y por su plena dedicación a la misión.
La comunidad es, por tanto, núcleo animador siempre, aunque
no sola ni necesariamente desde el ámbito local. Resulta el punto
de donde, en un porcentaje muy elevado, parten los impulsos de iniciativa,
las propuestas de formación y los estímulos para crear una
comunidad más amplia. Lo que la capacita para la animación
es, sobre todo, su vida en el Espíritu. Esta vida consiste en la
supremacía que da al sentido de Dios, en el seguimiento de Cristo,
en la caridad pastoral que la pone al servicio de los jóvenes, en
la transparencia de la fraternidad y en el patrimonio educativo y espiritual
salesiano. Todo ello, naturalmente, debe aparecer en las relaciones, en
el proyecto de trabajo, en su forma de valorar la cultura y en su método
pedagógico. También la capacita para la animación
la riqueza de las vocaciones complementarias del sacerdote y del coadjutor.
La primera tiene un canal de privilegio en el ministerio del director,
que, junto con otros hermanos, orienta hacia Cristo, hace presente la realidad
de su gracia y favorece la pertenencia al pueblo de Dios; la segunda
hace visible nuestra cercanía al mundo y la confianza en las realidades
seculares, salidas de la mano de Dios creador y redimidas por Cristo.
Animar es una tarea que responde al don del Espíritu, pero sólo
puede hacerse con provecho bajo ciertas condiciones. Por tanto, hay que
cuidar algunos elementos que la hacen fecunda. Nos interesa más
la fecundidad que el simple mantenimiento de las obras.
La consistencia numérica y cualitativa es necesaria, tanto si
la comunidad debe animar una obra como si se le confía un complejo
de iniciativas. Corremos el peligro de estar demasiado condicionados por
una gestión individual de los cargos. Así resulta más
difícil la formulación del proyecto y la vivencia de la comunión,
lo mismo que el debilitamiento de la comunidad activa favorece la
prestación individual de los servicios.
También han de aclararse, jerarquizándolos, los objetivos
de la animación: corresponsabilización adulta de todos y
formación cristiana, salesiana y profesional de los miembros de
la comunidad educativo-pastoral; constitución, unidad y dinamismo
de la comunidad local; formulación de un proyecto que responda a
nuestra misión y a su espíritu, orientación de la
acción y de las decisiones principales, contacto directo de calidad
con los adultos y con los jóvenes según las propias posibilidades,
y cuidadosa aplicación de los criterios establecidos para implicar
a seglares en la comunidad educativa.
[237]
Hay que caminar igualmente con perseverancia hacia algunas metas,
incluso cuando las fuerzas son escasas:
- La concepción solidaria de la animación. Es enriquecedora
la participación efectiva de todos los miembros de la comunidad
según sus posibilidades: la animación puede seguir muchos
caminos, incluso insólitos. Es importante que nadie se repliegue,
deje la labor a otros o se desentienda.
- La preparación de todos y cada uno para la animación;
es preciso tomar de nuevo y poner en práctica lo que recomendaba
el XXIII Capítulo General: «Cada inspectoría... prepare
a sus salesianos... para las tareas de educación en la fe, de animadores
de las comunidades pastorales y de formadores de seglares» (núm.
223).
- La consideración del papel del director y del Consejo en la
animación, a fin de no privar a los organismos de la comunidad educativo-pastoral
de sus atribuciones naturales y no limitarse únicamente al aspecto
religioso interno; de lo contrario podría perderse la unidad, propia
de nuestra experiencia, entre lo espiritual, lo pastoral y lo pedagógico.
- La asunción de una forma y un ritmo de vida que favorezcan la
animación y en cierto modo predispongan para ella: comunicación,
discernimiento, preparación del proyecto, verificación, oración
compartida. Tienen una importancia especial la sensibilidad cultural y
la tensión educativo-pastoral del grupo salesiano y su capacidad
de contacto con los jóvenes, ya que la comunidad debe ser signo,
escuela y ambiente de fe.
[238]
Este Capítulo General hace un llamamiento especial al papel del
inspector en la promoción de la vida religiosa, en la concienciación
de las comunidades y en el impulso de la creatividad pastoral. El camino
hecho últimamente es más que satisfactorio y nos prepara
para el que se necesita en el futuro inmediato. La Inspectoría no
sólo reúne en una comunidad más amplia a las comunidades
locales, sino que, como sujeto de la misión en una zona más
extensa, puede asumir iniciativas y actividades a cargo de seglares debidamente
formados y acompañados. Le corresponde a ella discernir, siempre
con el criterio de la calidad y en la medida que ésta lo permita,
cómo distribuir los recursos salesianos según la importancia
que dé a cada iniciativa y a las posibilidades de quienes actúan
en ella.
Hay que reforzar el sentido de la comunidad inspectorial, la intercomunicación
entra las comunidades educativo-pastorales y la capacidad de convocatoria
y formación de la Inspectoría, a fin de que también
los seglares tengan un punto de referencia de pertenencia comunitaria en
un radio amplio. Por ello, es importante la articulación de los
organismos y que éstos tengan una actuación convergente;
lo recomendaba el XXIII Capítulo General (cf. núms. 239-246).
Pero todavía son más importantes la orientación y
el tono que el inspector y el Consejo dan a su acción de gobierno.
Sus prioridades deben ser las de la animación; su confianza debe
basarse en la calidad espiritual y profesional de salesianos y seglares
más que en los medios y estructuras materiales.
3.4. La espiritualidad
[239]
En todo el itinerario capitular ha tenido el debido relieve la cuestión
de la "espiritualidad". Había aparecido con fuerza en
las propuestas de los capítulos inspectoriales, tanto desde el punto
de vista laical como del salesiano. Es un signo de la vitalidad y asimilación
de la espiritualidad juvenil salesiana, que el XXIII Capítulo General
indicó como fuerza, meta de llegada y criterio de evaluación
de los itinerarios educativos salesianos.
El debate del Informe sobre el estado de la Congregación
terminó en el reconocimiento de una prioridad: la formación
del salesiano, entendida como capacitación «para vivir y comunicar
espiritualidad».
El XXIV Capítulo General ha llegado a la espiritualidad en su
búsqueda de una fuente de comunión de seglares y salesianos.
En la Congregación se tiene la conciencia de que nuestro vínculo
de unión con los seglares necesita más robustez espiritual,
dado que tenemos que afrontar juntos los difíciles retos de nuestra
misión en la hora actual. La espiritualidad no sólo lleva
a compartir el trabajo de la educación; es, además, portadora
de las motivaciones que lo sostienen. Es el terreno común del diálogo
entre los valores laicales óde inspiración cristiana o naturalesó
y los de la vida consagrada.
Alguien ha dicho que el vocablo "espiritualidad" no forma
parte de nuestro lenguaje tradicional, que de ordinario ha preferido hablar
de "espíritu". No obstante, su aparición debe verse
como signo de una necesidad. Hoy día es imprescindible para una
aproximación significativa a la cultura.
En efecto, la espiritualidad es «un proyecto concreto de relación
con Dios y con el ambiente; se caracteriza por ciertos dinamismos espirituales
peculiares y por opciones operativas que subrayan y representan uno u otro
aspecto del único misterio de Cristo» (VC 93).
[240]
Desmentidas las previsiones sobre el eclipse de lo sagrado, esfumadas
las promesas del progreso ininterrumpido y del bienestar para todos, desvanecida
la utopía de una justicia e igualdad rápida y universal,
se ha perdido la confianza en la ideología, en la técnica
y en la organización política, en las que no sin razón
se veían los signos de la civilización moderna. Todo eso
y mucho más ha dejado en claro que el crecimiento del hombre se
ha de buscar en la conciencia más que en el consumo, en el ser más
que en el tener.
Los jóvenes, aunque halagados por tantas tentaciones, no se muestran
insensibles ante quien sabe trazarles vías de contemplación
y de compromiso, y de descubrimiento del misterio del hombre, de Cristo
y de Dios.
Muchos seglares que en estos años han sido nuestros compañeros
de viaje y trabajo han demostrado que saben apreciar el estilo de vida
cristiana que supone la vivencia de Espíritu Santo que tuvo san
Juan Bosco.
La exhortación apostólica Vita consecrata afirma
que, «debido a las nuevas situaciones, no pocos Institutos han llegado
a la convicción de que su carisma puede ser compartido con los seglares
y, en consecuencia, los invitan a participar de modo más intenso
en la espiritualidad y misión de su Instituto» (núm.
54).
Terminamos el XXIV Capítulo General convencidos de que proponer
a los seglares la espiritualidad salesiana es la respuesta adecuada a un
anhelo íntimo y el ofrecimiento de un regalo esperado. Por lo demás,
esa misma demanda de espiritualidad nos impulsa a desempolvar nuestros
tesoros de familia y a desarrollar y profundizar los rasgos que san Juan
Bosco nos dio con tanta eficacia.
Toda la misión salesiana es el fruto maduro de una semilla espiritual.
Lo sabemos por experiencia: la mera gratificación de los buenos
resultados en la educación, la simple alegría de estar con
los jóvenes - hecho no desprovisto de encanto - y la satisfacción
de invertir los talentos personales en un ámbito significativo no
llevan muy lejos en el apostolado. Hace falta mucho más.
La misión es, ante todo, una obra que el Espíritu realiza
en nosotros, una "transfiguración" - afirma la exhortación
Vita consecrata -, que nos hace «signos y portadores del amor
de Dios a los jóvenes, especialmente a los más pobres»
(Const. 2): «El Espíritu del Señor está sobre
mí...; me ha enviado para dar la Buena Noticia a los pobres»
(Lc 4, 18).
Si no se vive del Espíritu, no hay misión, ni por parte
nuestra ni por parte de los seglares. El acerado resorte que nos mantiene
en tensión hacia los jóvenes y el pueblo de Dios es la contemplación
de Dios que ama y salva al hombre.
[241]
El da mihi ánimas es, en primer lugar, una invocación,
una plegaria, un grito de auxilio al Señor para que sea él
quien haga lo que nos ordena.
Es la invitación a implicar a los seglares en una aventura espiritual,
más que implicarlos en las innumerables tareas de un servicio educativo
y pastoral.
Pero, ¿somos aún capaces de tal aventura y la deseamos?
Cierta pérdida de tensión en nuestro fervor misionero, ¿no
habrá que achacarla al cansancio espiritual? «Las personas
consagradas, en virtud de su vocación específica, deben manifestar
la unidad entre autoevangelización y testimonio, entre renovación
interior y celo apostólico, entre ser y actuar, dejando bien claro
que su dinamismo se debe al primer elemento del binomio» (VC 81).
Así pues, no hay que maravillarse de que la espiritualidad haya
estado en el corazón del XXIV Capítulo General. Debe ser
el alma de la comunidad educativo-pastoral y la médula de los itinerarios
de formación que hay que hacer juntos en un clima de intercambio
de dones. La comunicamos con nuestra vida cotidiana, bajando - como sugería
san Juan Bosco - de la cátedra al patio, de forma que nuestra palabra
sea la exegesis de nuestra vida.
El XXIV Capítulo General nos invita a explicitar la dimensión
laical de la espiritualidad salesiana, profundizando y actualizando los
elementos que, según san Juan Bosco, plasman al «ciudadano
honrado y al buen cristiano».
Se pide calidad para nuestra presencia en la comunidad educativo-pastoral,
como portadores de una pedagogía de elevado valor espiritual. Esta
comunidad se manifiesta en el modelo de hombre en que se inspira - Jesús,
el hombre perfecto - en las motivaciones de que se alimenta, en las metas
hacia las que camina y en lo métodos que sigue.
Mirando hacia el mundo, el XXIV Capítulo General nos insta a
descubrir las "semillas del Verbo" que el Espíritu ha
esparcido por doquier con abundancia y nos permiten afrontar esperanzados
el diálogo ecuménico e interreligioso y con todos los hombres
y mujeres de buena voluntad. Será la vivencia de la espiritualidad
lo que nos ayude a «buscar y encontrar, en la historia de las personas
y de los pueblos, las huellas de la presencia de Dios, que lleva a la humanidad
entera hacia el discernimiento de los signos de su voluntad redentora»
(VC 79).
3.5. La calidad pastoral y cultural del salesiano
[242]
La novedad de los seglares (en cantidad y en asunción de responsabilidad),
el significado de la misión y la necesidad de ser solidariamente
núcleo de arrastre requieren en el salesiano una especie de salto
en su preparación general y en la específica de pastor educador.
Las competencias culturales y profesionales de esta nueva preparación
son varias: la capacidad de leer la realidad, la mentalidad proyectiva,
el trabajo en equipo, el hábito de ponerse al día y el conocimiento
de los nuevos lenguajes.
Otras se refieren específicamente a la dimensión pastoral:
la nueva comprensión de su identidad cristiana, consagrada y ministerial,
la profundización de los temas que inspiran la pastoral, a fin de
que ésta no se quede en lo externo ni se reduzca a simples prestaciones
técnico-profesionales, el enriquecimiento de la vida espiritual
y la capacidad de acoger y orientar en la fe a personas, grupos y comunidades.
Algunos de tales elementos se hallan, en nuestra vida, más expuestos
al desgaste o a la esclerosis; requieren una atención particular.
La cultura evoluciona rápidamente, se difunden los conocimientos,
las informaciones llegan ininterrumpidamente y la mentalidad sobre los
valores y concepciones de la vida plantea siempre nuevos interrogantes.
La cultura es una dimensión que requiere un esfuerzo paciente y
continuo. Conviene insistir en su necesidad y estimular a la seriedad en
la formación inicial; pero también hay que recuperar las
horas de estudio en los años de plena dedicación a la actividad.
También aquí será decisiva la organización
de la vida y el trabajo en la comunidad local e inspectorial. La comunicación
social y la interpersonal ofrecen oportunidades para seguir la evolución
de la cultura; pero resulta asimismo imprescindible el hábito del
estudio personal y la concentración en áreas de especialización
teórica y práctica, aunque sin cierres rígidos.
[243]
En el ámbito inspectorial hay que considerar la conveniencia
de estudios universitarios para quienes puedan cursarlos en el ámbito
eclesiástico o en el civil, y, con la debida ductilidad, la continuidad
de los salesianos en las áreas para las que se han preparado. Es
poco rentable invertir en cualificaciones que después ni se explotan
ni se perfeccionan.
La necesidad que sentimos nosotros la comparten todos los institutos
de Vida Consagrada, que tradicionalmente han sido levadura de vida cristiana
por la fe y la caridad, pero no menos por la educación de la mentalidad
y por su presencia en la cultura.
Nos lo recuerda la exhortación apostólica Vita consecrata
en su número 98, que me permito incluir con cierta amplitud: «La
Iglesia es hoy muy consciente de que debe contribuir a la promoción
de la cultura y al diálogo entre ésta y la fe.
»Los consagrados no pueden dejar de sentirse interpelados por
dicha necesidad. También ellos están llamados a buscar, en
el anuncio de la palabra de Dios, métodos más apropiados
a las necesidades de los diversos grupos humanos y de los múltiples
ámbitos profesionales, a fin de que la luz de Cristo ilumine todos
los sectores de la existencia humana y la levadura de la salvación
transforme, desde dentro, la vida social, favoreciendo la consolidación
de una cultura impregnada de los valores evangélicos [...]
»Sin embargo, más allá del servicio prestado a los
demás, en la vida consagrada se necesita un renovado amor por
la tarea cultural y la dedicación al estudio como medio de una
formación más completa y como camino ascético, extraordinariamente
actual, frente a la diversidad de las culturas. Ceder en el esfuerzo del
estudio puede tener consecuencias graves para el apostolado, suscitando
un sentido de marginación e inferioridad o favoreciendo la superficialidad
y ligereza en las iniciativas.
Dentro de la diversidad de los carismas y de las posibilidades reales
en cada Instituto, la dedicación al estudio no puede limitarse a
la formación inicial o a la obtención de títulos académicos
y competencias profesionales. El estudio es, sobre todo, señal del
nunca saciado anhelo de conocer mejor a Dios, abismo de luz y fuente de
toda verdad humana. Por ello, tal dedicación no encierra al consagrado
en un intelectualismo abstracto ni lo ahoga en las espiras de un narcisismo
sofocante; al contrario, lo espolea al diálogo y a compartir, aumenta
su capacidad de juicio y le estimula a la contemplación y a orar
en una búsqueda continua de Dios y de su acción en la compleja
realidad del mundo contemporáneo».
3.6. Nuestra principal inversión: la formación
[244]
La calidad cultural, la competencia profesional y la espiritualidad
llevan nuestra mirada a la formación.
El análisis de la situación en nuestra Sociedad y el estudio
del tema capitular han hecho ver con fuerza la necesidad de un renovado
esfuerzo en la formación.
La reflexión del XXIV Capítulo General ha puesto de manifiesto
la necesidad de formar a los seglares y de formarnos con ellos; pero no
ha sido menor su fuerza en destacar la indispensabilidad de la formación
de los salesianos con tiempos, contenidos y modalidades específicos,
propios de nuestra vocación particular. Esto último lo indicaron
los mismos seglares, como queriendo afirmar que la comunión y el
compartir serán tanto más intensos y contagiosos cuanto mayor
sea la autenticidad y transparencia de los salesianos en la vivencia de
su vocación.
Ya el XXIII Capítulo General nos indicó un proceso positivo
en el ámbito de la formación continua, señalando la
importancia de la comunidad local y de su calidad de vida y trabajo en
lo cotidiano; es una tarea que debe seguir.
No menos urgente es una acción decidida en el campo de la formación
de base o inicial. La condición juvenil y el contexto cultural,
los retos del proyecto de vida religiosa y sacerdotal, el problema de los
"abandonos" y, particularmente, el perfil del nuevo salesiano
dicen con claridad que la formación debe apuntar a la calidad.
Por ello, parece necesario dar la primacía a tres aspectos.
[245]
- El primero es la coherencia operativa o ejecución consciente
de la formación salesiana. Nuestra Congregación cuenta
con una praxis formativa bien afirmada y codificada. Los objetivos, modalidades
y condiciones del proceso de formación están suficientemente
definidos: comunidades formadoras, papel de sus responsables, procesos
de maduración, vivencia concreta de los aspectos que constituyen
la espiritualidad y la vida, acompañamiento personal. Más
que nuevas formulaciones, lo que se requiere es adecuar el andamio de la
formación: preparando a los formadores y dotando a cada comunidad
formadora de un número suficiente de ellos, revisando constantemente
la experiencia, siguiendo una pedagogía que ofrezca propuestas,
esté atenta a la realidad de la vida y a los procesos evolutivos
y sea capaz de un acompañamiento personalizado y constante. La incidencia
de la formación «va unida a la capacidad de ofrecer un método
rico de sabiduría espiritual y pedagógica que lleve progresivamente...
a tener los sentimientos de Cristo, el Señor» (VC 68).
[246]
- Viene, después, la atención a las nuevas exigencias
de la evangelización y de la inculturación. Son aspectos
que afectan en profundidad a todo proyecto de vida religiosa y de misión
pastoral. Para nuestra Congregación, que cada vez es más
universal y pluricultural y vive en contacto con los jóvenes, son
vitales. Nuestro proceso de formación tiene su punto de partida
en la "cultura juvenil" y se propone asumir un proyecto de consagración
apostólica que envía a cumplir la misión en un contexto
cultural complejo, fragmentario y en evolución constante.
Los objetivos de la formación y su pedagogía deben, pues,
prestar atención a la referencia cultural y a la valoración
pastoral; los formadores deben ser capaces de un diálogo que ponga
frente a frente ambos aspectos.
[247]
- De ahí la importancia de la formación intelectual.
Todo lo dicho es imposible sin una preparación cultural que ayude
a vivir conscientemente la vocación, lleve a una visión adecuada
de la realidad, cree hábitos de reflexión y ofrezca instrumentos
para seguir profundizando.
«Una preparación intelectual seria - afirma la Ratio
- es insustituible para vivir sin mengua y con eficacia la índole
propia de la vocación salesiana y su misión» (FSDB
210). Ya lo hemos dicho al hablar de la calidad pastoral y cultural del
salesiano.
Todo ello se refleja en el esfuerzo que pide el XXIV Capítulo
General para formar a los seglares. Como decía el Papa en
su mensaje inicial a nuestro Capítulo, «la formación
de los seglares debe figurar entre las prioridades de la comunidad».
[248]
¿Qué supone para nosotros tal compromiso, verdadero reto
a la capacidad formativa y motivadora de la comunidad y de cada salesiano?
Sin repetir aquí lo que dice el documento capitular, subrayo algunas
pautas operativas.
- La primera es procurar que sea formativa la convivencia cotidiana,
tejida de relaciones, del compartir objetivos y responsabilidades, de un
clima, de una organización y unas actuaciones, y de la comunión
en el Sistema Preventivo. Pone a los salesianos ante la mirada y juicio
de quienes participan de su labor educadora. Hacer que ésta sea
formativa significa comunicar mediante la vida e integrar todo en la vocación
cristiana, educadora y salesiana, religiosa o laical de la persona.
- Por tanto, hay que devolver a los salesianos el sentido de la prioridad
de la formación. Deben ser animadores del crecimiento de las
personas. Es un servicio que nos imponen nuestra vocación de consagrados
y educadores y el ministerio sacerdotal, servicio que se realiza en todo
encuentro, pero que se concentra en algunos momentos específicos
para los que debemos estar preparados.
Lo recordaba el Papa en su mensaje inicial: «La formación
ayuda a los seglares a descubrir su vocación, les proporciona los
medios necesarios para madurar continuamente y los introduce en los caminos
del Espíritu del Señor... San Juan Bosco dio mucha importancia
a la formación espiritual, entendida como capacitación para
vivir la existencia y sus diversas expresiones en presencia de Dios y en
la construcción activa del Reino».
- De ahí la tercera sugerencia: reforzar una acción
programada. En el ámbito local e inspectorial hay que organizar
una serie de iniciativas que, por contenido y duración, respondan
a las situaciones de los colaboradores y miembros de la Familia Salesiana.
El XXIV Capítulo General pide que la formación sea nuestra
principal inversión; de ella esperamos el mejor rendimiento. Invertir
significa fijar y mantener prioridades, asegurar las condiciones y actuar
según un programa donde el primer puesto sea para las personas,
las comunidades y la misión. Invertir en tiempo, personal, iniciativas
y medios económicos para la formación es tarea e interés
de todos.
Es incumbencia de cada salesiano, primer responsable de su formación;
es también obligación de toda comunidad, que necesita tomarse
«el tiempo oportuno para cuidar la calidad de su vida» (VFC
13). Lo tiene que hacer el director, jerarquizando las prestaciones de
su servicio; lo deben hacer, en particular, los responsables del gobierno
inspectorial, estando siempre atentos a la formación y cualificación
de su personal, a la consistencia de las comunidades y al carácter
significativo de sus obras.
3.7. La comunicación
[249]
La comunicación se está convirtiendo en una manifestación
concreta de la "aldea global" hacia la que camina nuestro planeta.
Se dice que la comunicación es un "nuevo poder", del que
se adueñarán quienes cuenten con los "bancos de datos"
más actualizados y con las redes más sofisticadas para entrar
en ellos. La conciencia del hombre moderno se ve cada vez más forjada
por ella y estimulada continuamente a alcanzar un carácter mundial,
sintonizando en tiempo real con los acontecimientos, dramas y esperanzas
del mundo entero. La nueva comunicación está demostrando
su capacidad de producir unión, de difundir nuevos modelos de vida
y de confrontar culturas distintas dando origen a un nuevo contexto con
el que deben contar los medios tradicionales: libros, periódicos,
radio, televisión, etcétera.
La Iglesia ha visto en este complejo fenómeno uno de los nuevos
areópagos, de los que el cristiano moderno no debe huir; al contrario,
tiene que instalarse en ellos como protagonista activo y responsable. «Los
medios de comunicación social han logrado tal importancia, que para
muchos son el principal instrumento de información y formación;
en muchos orientan e inspiran la conducta individual, familiar y social.
Las nuevas generaciones, sobre todo, crecen en un mundo condicionado por
tales medios. Es posible que hayamos descuidado un poco este areópago»
(RM 37).
[250]
Desde siempre nuestra Congregación se ha mostrado sensible a
tal fenómeno, aunque no siempre haya acertado con los caminos más
significativos para aprovechar todos sus posibles frutos de educación
y evangelización.
Ha entendido, comenzando por san Juan Bosco, que no puede prescindir
de los medios de comunicación social en su esfuerzo de animación
cultural y de evangelización popular, y que la caridad pastoral,
raíz de nuestra misión, es capaz de poner las nuevas técnicas
al servicio del hombre y del Evangelio.
Simultáneamente ha tomado conciencia de que, a un campo tan sofisticado,
no se puede ir sin la debida preparación. Ha entendido que la misma
dimensión educadora de la comunicación social sólo
podrá desarrollarse si cuenta con personas (salesianos y seglares)
que sepan formar «receptores inteligentes y comunicadores expertos»
(VC 99).
Por eso ha dado vida al ISCOS - rico de prometedores desarrollos - tiene
un consejero general de comunicación social, ha promocionado la
comunicación social en la animación inspectorial, ha procurado
una renovación tecnológica de sus servicios centrales y ha
pensado en la formación de salesianos competentes.
El reconocimiento del fenómeno de la comunicación,
en sentido interpersonal, comunitario y social, es ya parte integrante
de la conciencia educadora.
Ésta lleva su atención a la calidad del comunicador -
individuo o comunidad -, que se compromete a demostrar lo que dice mediante
una radicalidad que plantea interrogantes, hiere la imaginación
y llega al corazón. Tal es el motivo por el que los verdaderos testigos
son comunicadores excepcionales. Lo habría sido san Juan Bosco,
dada la fuerza de su mensaje, la plenitud de su entrega y la audacia de
sus iniciativas.
Esta conciencia revisa también la calidad del mensaje, personal
y comunitario, y su comprensión por parte de la gente ordinaria.
El mensaje resulta tal, cuando es un hecho y no sólo palabras o
lujo de elocuencia. No estará de más recordar que muchas
veces la santidad da al hecho una fuerza comunicativa poco frecuente.
Las ciencias del hombre modernas han hecho ver los elementos que hacen
eficaz una comunicación. Parece natural que los salesianos estemos
atentos e interesados en ello.
[251]
La reflexión del XXIV Capítulo General no podía
limitarse a tocar marginalmente tales problemas, precisamente por la naturaleza
del tema que se le había confiado. La comunicación es un
vehículo imprescindible de comunión, tanto dentro de la comunidad
educativo-pastoral, como en la Familia Salesiana, en el Movimiento Salesiano
y entre los Amigos de Don Bosco.
Éste lo intuyó, y fundó el Boletín Salesiano,
de cuya perenne validez en sus diversas ediciones somos aún testigos.
Por lo demás, no ha sido difícil ver en el campo de la comunicación
social un área de privilegio donde la sensibilidad y profesionalidad
laical pueden prestar un servicio a la misión salesiana. De ello
hay ya muchas experiencias en nuestra Congregación y otras están
naciendo.
Considerando la historia de san Juan Bosco, se advierte la relación
que hay entre su misión, la irradiación de su carisma y la
implicación laical.
Comunicar significa, para san Juan Bosco, hacer del mundo entero una
especie de "obra salesiana", donde los problemas juveniles, el
Sistema Preventivo y el interés por salvarlos están
en el centro de su atención. Comunicando, san Juan Bosco ayuda a
comprender que su misión no tiene fronteras y llega doquier haya
un joven en necesidad y alguien que se comprometa a cuidarlo.
Comunicar es llegar al pueblo y anunciarle el misterio de la salvación;
es incidir en su cultura, atmósfera que respira todo joven; es proponer
la vocación salesiana como carisma eclesial en el que todos pueden
comprometerse.
Comunicar es movilizar y unir las fuerzas de los buenos, a fin de que
juntos cultiven la esperanza de la humanidad que llamamos juventud. Dado
que el mundo de los medios «es una nueva frontera en la misión
de la Iglesia», en ella «la responsabilidad profesional de
los seglares... debe ser reconocida en todo su valor y sostenida con los
medios materiales, intelectuales y pastorales más adecuados»
(ChL 44).
3.8. La capacidad vocacional
[252]
Entre las líneas que más han sobresalido en el trabajo
capitular hay una indicación que abarca muchos de los aspectos estudiados
y se presenta como una indicación de marcha para el sexenio que
tenemos delante. Se trata de la capacidad vocacional que debe distinguir
a todo salesiano y comunidad salesiana.
Suscitar vocaciones es uno de los fines de la misión de nuestra
Sociedad (cf. Const. 6); cultivarlas (independientemente de los resultados
que se obtengan) es una dimensión esencial en toda presencia y proyecto
o proceso que se inspire en el método educativo de san Juan Bosco.
Lo recordaba el XXIII Capítulo General: Dado que «la orientación
vocacional constituye la cumbre y el coronamiento de nuestra labor educativo-pastoral,
no hay que verla como momento final del camino de fe, sino como una dimensión
que debe figurar siempre, cualificando todas las áreas de actuación
y todas las etapas» (núm. 247). La orientación vocacional
es, por tanto, una de las tareas características de la comunidad
educativo-pastoral que se mueve en el espíritu del Sistema Preventivo
de san Juan Bosco.
El tema del XXIV Capítulo General, sobre la comunión y
la participación de los salesianos y seglares en el espíritu
y la misión de san Juan Bosco, remite por su misma naturaleza a
la dimensión vocacional. Por una parte, lleva a considerar la vocación
de cada persona - seglar, consagrado o presbítero - en su valor
intrínseco, según el proyecto de Dios para cada uno desde
una mirada de amor personal; lleva, pues, a valorar todas las vocaciones
en la Iglesia. Por otra parte, el tema capitular pone de manifiesto la
aportación específica que cada uno está llamado a
dar mediante la riqueza de sus dones personales: el seglar, a encarnar
el Evangelio en el mundo con su típico estilo secular, y el salesiano
- laico o presbítero - a dar testimonio, por su vida consagrada,
de los valores de lo trascendente y del amor absoluto de Dios. Así,
los salesianos y los seglares están invitados juntos a compartir
la tarea vocacional mediante el testimonio de su vida y con la capacidad
propia de educadores que deben acompañar a los jóvenes en
el discernimiento y acogida del plan de Dios para cada uno de ellos. Con
razón, pues, el documento capitular pone, entre las orientaciones
operativas sobre la formación común de los salesianos y seglares,
la del discernimiento vocacional.
El mejor lugar para tal labor es la comunidad: la salesiana,
responsable de la autenticidad del carisma, y la educativo-pastoral, donde
salesianos y seglares, corresponsables del proyecto educativo, están
implicados en el servicio de la orientación vocacional.
[253]
Tal servicio se abre al amplio abanico de las vocaciones en el pueblo
de Dios. Entre ellas, y en armonía con el documento capitular, podemos
recordar, ante todo, la atención a la familia - que es la primera
vocación y la más común -, en cuyos valores debemos
saber educar a las nuevas generaciones; viene después el cuidado
de los jóvenes animadores y voluntarios, abiertos a la donación
gratuita en favor del prójimo, que a menudo viven ya en buena sintonía
con el espíritu y la misión de san Juan Bosco. El Movimiento
Juvenil Salesiano ha demostrado que es un terreno fecundo para participar
activamente en la espiritualidad y hacer experiencia de los valores de
la vocación.
A la hora de acompañar al joven en el descubrimiento de su proyecto
personal de vida, dentro de una visión global corresponde a la comunidad
salesiana y a la comunidad educativo-pastoral saber presentar y proponer
también las vocaciones de consagración especial a la vida
religiosa, a la vida consagrada secular y al presbiterado. En este horizonte,
un compromiso particular de los grupos de la Familia Salesiana, que comparten
el carisma y la misión, es testimoniar y proponer las vocaciones
de cada grupo y su peculiaridad (cf. Documento Capitular, nº
143). En cuanto a los Salesianos de Don Bosco, en la actuación de
nuestra misión de «educadores de la fe» (Const. 34),
tenemos siempre el reto de dar testimonio de nuestra vocación de
apóstoles consagrados - en su doble y complementaria forma laical
y presbiteral - a los jóvenes bien dispuestos, a fin de que sean
muchos los que continúen el proyecto de san Juan Bosco.
También para este sexenio es uno de los compromisos prioritarios,
en el que debemos implicar a toda la comunidad educativo-pastoral y a los
grupos de nuestra Familia.
3.9. Universalidad, nueva dimensión de la misión
salesiana
[254]
El XXIV Capítulo General ha sido una experiencia del carácter
mundial de nuestra Congregación, no sólo en cuanto conocimiento
y unidad de las Inspectorías, sino también como dimensión
del espíritu salesiano y posibilidad de actuar en un radio universal.
Muchos elementos del debate y la vida capitular se han referido a este
espacio más amplio: la reestructuración de las regiones,
la inculturación, el voluntariado, el intercambio de informaciones
y la consideración de los diferentes contextos.
Es el cumplimiento del artículo 59 de las Constituciones: «La
profesión religiosa incorpora al salesiano en la Sociedad y lo hace
partícipe de la comunión de espíritu, testimonio y
servicio que ella vive en la Iglesia universal. La unión con el
Rector Mayor y su Consejo, la solidaridad en las iniciativas apostólicas
y la comunicación e información sobre el trabajo de los hermanos,
al incrementar la comunión, profundizan el sentido de pertenencia
y abren al servicio de la comunidad mundial».
Muchas y crecientes han sido en los últimos años las manifestaciones
de esta actitud mundial: las empresas misioneras llevadas adelante
con la colaboración de todas las Inspectorías, la intercomunicación
continental (Europa, Asia, África, América, Australia), la
solidaridad económica, los hermanamientos formales y los no declarados,
la sensibilización hacia las necesidades de regiones lejanas, la
atención y apoyo a la Universidad Salesiana de Roma y a la Dirección
General, de que hemos tenido prueba durante estos días de Capítulo,
la visita a los lugares significativos para todos nosotros y el deseo de
seguir caminos idénticos: la comunidad educativo-pastoral, el proyecto
educativo-pastoral salesiano y Movimiento Juvenil Salesiano.
Es una dimensión que, al hacerse más pequeño el
mundo por la comunicación y la facilidad de movimiento y transporte,
se va haciendo cotidiana.
Ofrece nuevos espacios a nuestra misión y nos proporciona elementos
hoy imprescindibles para educar a jóvenes y adultos en valores importantes,
tales como la apertura intercultural, la capacidad de convivencia interétnica,
la solidaridad, la tolerancia y la valoración crítica de
los sistemas económicos. Así pues, tiene que realizarse con
formas nuevas y más abundantes que en el pasado.
Confiando a la creatividad de las Inspectorías las iniciativas
que vayan surgiendo, destaco algunas que en este momento son importantes.
Una es la colaboración en el esfuerzo misionero: hay fronteras
que necesitan consolidarse con personal selecto para servicios cualificados
de formación o animación y con estructuras educativas adecuadas;
otras esperan ser abiertas, después de un estudio atento sobre el
mejor empleo de nuestras fuerzas. Hay hechos que podemos considerar signos
y aparecen campos de siembra prometedores para la Iglesia y para nuestro
carisma.
[255]
A la apertura internacional nos también lleva el voluntariado
seglar misionero, particularmente el juvenil. Las primeras pruebas
y orientaciones ya han demostrado su validez; parecen suficientes para
intentar una expansión valiente. Es una iniciativa que va de acuerdo
con la pastoral entre los jóvenes adultos bien dispuestos para este
compromiso.
Añado la inculturación del carisma salesiano, basada
en un estudio atento de sus riquezas originarias. Habrá que profundizar
en el espíritu y contenido de las Constituciones, nuestro código
de referencia, y en los demás textos fundamentales de la historia
y espiritualidad salesianas. Es imposible inculturar lo que todavía
no se conoce aunque se presente bajo ropaje de otra cultura.
La valoración de los centros internacionales de estudio
y de las iniciativas de formación en las que intentamos unir a todas
las partes de la Congregación. Dejando a un lado pequeñas
reservas, en las que a menudo se insiste más de la cuenta, el saldo
de la asistencia estudiantil a dichos centros es altamente positivo para
las personas, las Inspectorías y la Congregación. Por ahora
nada que los pueda substituir y mejorar.
Las Constituciones subrayan la importancia de la comunicación
con el Rector Mayor y su Consejo. Nuestra intención es que nada
os impida hacernos llegar vuestras demandas e impresiones y, si hace falta,
vuestras fraternas observaciones, y que nada nos impida a nosotros hablaros
oportunamente y con claridad.
3.10. Una pedagogía de aplicación: orientaciones,
contenido, práctica, revisiones
[256]
Como todo Capítulo General, también el nuestro ofrece
a las Inspectorías ideas y orientaciones operativas para ayudar
a vivir hoy con más plenitud nuestro carisma en la Iglesia. Habrá
que introducirlas en la realidad de cada Inspectoría; es una realidad
muy amplia y variada. Habrá que integrar las indicaciones capitulares
en un proyecto unitario y convertirlas en procesos que faciliten su asimilación
vital: mentalidad, actitudes, capacidades y experiencias. Se trata de llevar
unas visiones amplias al terreno de la vida diaria. Es todo un reto: hay
que encontrar la mediación eficaz entre inspiraciones y práctica,
entre el documento y su aplicación concreta.
En nuestra Congregación no han faltado estrategias operativas
ni métodos adecuados para llevar a la práctica los principios
y criterios y entrar con ellos en la vida de las personas. Basta pensar
en nuestros diversos manuales, en la insistencia sobre los proyectos
e itinerarios, en la importancia dada a la comunidad local, a la comunidad
educativo-pastoral y a la comunidad inspectorial, y en las continuas recomendaciones
de programar y revisar, es decir, de trabajar juntos para lograr la unidad
de criterios, confluir en los esfuerzos, adecuarnos a la situación
y superar el individualismo, la discontinuidad y fragmentación y
la forma genérica de actuar.
Ciertamente ha habido progreso; sin embargo, parece que la situación
pide un nuevo esfuerzo para lograr un cambio de mentalidad y favorecer
un modo personal y comunitario de vivir y actuar.
San Juan Bosco - educador, pastor y maestro espiritual - supo unir la
audacia del iniciador (grandes horizontes y motivaciones, respuesta creativa
a las novedades), el sentido práctico del organizador (formular
un proyecto y erigir un sistema, crear una comunidad estable y darle una
organización) y la sabiduría del pedagogo, atento a las situaciones
y procesos y capaz de crear un clima, un ambiente, un estilo de relaciones
y una metodología de lo cotidiano con sus momentos y referencias.
No faltan, pues, orientaciones. También es evidente la multiplicación
de intervenciones para llevarlas a la práctica. No obstante, la
distancia que hay entre las propuestas y su actuación y la valoración
del resultado de tantos esfuerzos invitan a revisar la pedagogía
práctica. La fecundidad de nuestro trabajo, la calidad de nuestra
vida y el carácter significativo de las personas, comunidades e
iniciativas dependen, en gran parte, de este inteligente sentido práctico
pedagógico, no separado de la organización y de la magnanimidad
de las inspiraciones.
[257]
A título de ejemplo, podemos referirnos a algunos ámbitos.
En cuanto a la acción pastoral: hay que buscar decididamente
la comunión de criterios (mentalidad), la convergencia de intenciones
(objetivos) y el carácter orgánico de las actuaciones (corresponsabilidad,
dimensiones, continuidad, revisiones...); lo llamamos "comunidad educativo-pastoral"
(CEP) y "proyecto educativo-pastoral salesiano" (PEPS); el documento
capitular lo presenta como expresión fuerte de la comunión
y de la participación en el espíritu y la misión de
san Juan Bosco, como camino de formación permanente y condición
de fecundidad apostólica. Se trata de ir más allá
de un simple actuar generoso, para compartir los criterios de acción,
la programación sistemática, la revisión periódica
y el reajuste de nuestra actuación.
En cuanto a la vivencia espiritual salesiana: se siente la necesidad
de traducir en itinerario de vida y en pedagogía personal el estilo
de santidad que une el da mihi ánimas y el Sistema Preventivo,
de asegurar las condiciones que permitan al salesiano vivir a fondo su
vocación, evitando la fragmentación, el desgaste y la superficialidad
espiritual, pastoral y pedagógica tantas veces denunciada; de lograr
que crezca una verdadera espiritualidad comunitaria compartiendo la vivencia
apostólica, el discernimiento y siguiendo juntos un itinerario espiritual.
En cuanto a la acción de gobierno en sus distintos niveles,
se requiere un nuevo esfuerzo para movilizar energías en la perspectiva
del significado superando situaciones de emergencia o un proceder pragmático,
inmediato o repetitivo y tratando de encontrar un justo equilibrio entre
calidad y amplitud; dar unidad a las propuestas buscando más convergencia
en los objetivos y mensajes, suscitando adhesión a opciones motivadas,
jerarquizando los servicios y las actuaciones y evitando la tendencia a
lo sectorial; adecuar todo a los ritmos de asimilación y a la capacidad
de acción, a las situaciones personales y comunitarias.
* * *
[258]
Las perspectivas, pues, son exigentes. El conjunto de lo que debemos
hacer puede dar la impresión de que es un poco duro; sin embargo,
el campo que tenemos delante es cada vez más amplio y fértil.
En consecuencia, el trabajo se nos presenta halagüeño; la fecundidad
del Espíritu, que ya hemos experimentado, lo hace gozoso.
Que María, que indicó a san Juan Bosco su campo
de trabajo y lo alentó a cultivarlo con fe, nos acompañe
y asista. Hoy le decimos con particular intensidad en nombre de todos nuestros
hermanos: «Nos ponemos bajo tu protección materna, y, fieles
a la vocación salesiana, te prometemos trabajar siempre a mayor
gloria de Dios y salvación del mundo».
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