6. Discurso del Rector Mayor en la clausura del XXIV Capítulo General

ANEXO NÚM. 06

      Queridos capitulares:

[221]

Por gracia de Dios, hemos llegado al último acto de nuestro XXIV Capítulo General. Tiene lugar en esta asamblea, etapa final de un camino común en la búsqueda compartida de las vías que debe seguir nuestra Congregación y sus muchos colaboradores en la misión al servicio de los jóvenes durante estos años de tantos retos. En este momento solemne y significativo, al recoger como en síntesis lo que ha ido madurando durante nuestros dos meses de trabajo, vemos la importancia de que cada uno de nosotros asuma y haga propias las orientaciones y disposiciones capitulares para poderlas transmitir y vivir en nuestras comunidades educativas y pastorales.

1. Sentimiento de gratitud

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El primer sentimiento que en esta hora viene espontáneo es la gratitud. Ante todo, al Señor, que nos ha acompañado y dirigido con la presencia constante de su Espíritu: a él nuestra alabanza por las obras grandes que ha hecho y sigue haciendo en nuestra Congregación y que se han manifestado también en este Capítulo; a María Auxiliadora, nuestra madre y maestra, siempre cercana y solícita ante nuestras necesidades y las de los jóvenes, y a nuestro fundador y padre san Juan Bosco, quien siempre ha sido punto de referencia en las diversas etapas de nuestro trabajo.

La Eucaristía, que vamos a concelebrar en el clima gozoso de la liturgia pascual, es la expresión más plena de nuestra gratitud, unidos a la alabanza perenne que la Iglesia ofrece al Padre por medio de Jesucristo.

Nuestro agradecimiento se extiende también a quienes, con constancia y sacrificio, han intervenido en el trabajo capitular: primeramente y de modo especial, a nuestro regulador, don Antonio Martinelli - incansable, previsor, siempre presente y atento a todo - y al equipo que ha colaborado más directamente con él; a los moderadores y secretarios del Capítulo, muy capaces y precisos; a las diversas comisiones con sus presidentes y portavoces, al grupo de redacción, que ha contribuido a darnos un documento rico y estimulante; a los traductores, asiduos e infatigables, y a los seglares que han compartido con nosotros un trecho de camino. Nuestra gratitud se extiende asimismo a quienes han acompañado nuestra vida de cada día: al director y comunidad de la casa generalicia, que nos han seguido con su generoso servicio y con su bondad; y, de modo particular, a nuestras queridas hermanas, las Hijas de María Auxiliadora, y sus jóvenes, que han provisto a nuestras necesidades cotidianas con delicada disponibilidad y comprensión. ¡Gracias de corazón a todos! No será fácil olvidar esta experiencia, que podemos definir como intercambio de dones.

2. El XXIV Capítulo General,acontecimiento de la Congregación en el umbral del tercer milenio

[223]

El Capítulo General, como dije en el discurso inaugural, es un acontecimiento de la Congregación. Marca una etapa de su historia y la lanza hacia el futuro. Aunque institucionalmente se ha celebrado en Roma, de hecho ha implicado a la Congregación entera en todas sus articulaciones; nosotros hemos sentido, en este Capítulo tal vez más que en otros, por la mejor calidad de la comunicación, la cercanía y participación de los hermanos y sus comunidades en este acontecimiento.

Por ser acontecimiento de la Congregación, el Capítulo General es también acontecimiento de Iglesia, no sólo porque, gracias al carisma recibido del Espíritu, nos sentimos parte viva de ella (cf. Const. 13) y a su servicio, sino también porque sus frutos benefician a la misión de la Iglesia en el mundo contemporáneo, a la que aportamos nuestra colaboración.

En esta óptica no podemos dejar de poner de relieve una peculiaridad. Celebrado a las puertas del año 2000, nos pone en el camino que sigue la Iglesia para llegar a la cita del nuevo milenio con una renovada capacidad de evangelización. Juan Pablo II, en la audiencia concedida a nuestro Capítulo General, nos indicó precisamente la tarea de «introducir a la Sociedad y Familia Salesianas en el nuevo milenio con el ardor apostólico de san Juan Bosco y con toda la lozanía de su carisma».

En el ámbito de nuestra Familia, hemos vivido durante este Capítulo el humilde y profético episodio del comienzo de nuestra historia. El 12 de abril de 1996 conmemoramos el 150º aniversario de la llegada de san Juan Bosco a Valdocco, a aquel humilde cobertizo "Pinardi", pobre materialmente pero rico de esperanza, donde el oratorio encontró un lugar estable y desde el que, por la protección de María Auxiliadora, se difundió a todos los continentes. El recuerdo de tal acontecimiento ha puesto toda nuestra reflexión capitular a la luz de los orígenes.

Hay rasgos y hechos importantes que han caracterizado a este Capítulo de fin de milenio. Quedan grabados en nuestra mente y en nuestro corazón; los llevamos con nosotros como contenido substancial de nuestra vivencia capitular.

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El primero es la profundidad y las manifestaciones de la comunión en nuestra comunidad capitular. Aunque procedemos de contextos muy diversos y teníamos que confrontarnos sobre problemas que necesariamente suponen visiones distintas, hemos experimentado la fraternidad del «vivir y trabajar juntos» (Const. 49). La identificación carismática, la gracia de unidad de nuestra consagración apostólica, la oración en común, la sintonía de los corazones y el esfuerzo de convergencia en un diálogo siempre respetuoso y franco han sido una manifestación auténtica de la comunión mundial salesiana. Por ello, al terminar nuestro trabajo, nos sentimos sostenidos por esa unidad operativa en el momento de hacernos portadores del mensaje capitular.

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Otro rasgo característico del XXIV Capítulo General ha sido la apertura mundial de la Congregación, manifestada de modo cada vez más evidente sin perder nunca la atención a conservar la unidad en el espíritu y en la misión. Dicha apertura se ha visto, de modo particular, en la visión intercultural y transcultural del carisma, en las aproximaciones contextuales de la realidad y sus problemas, en la preocupación por el ecumenismo y el diálogo interreligioso y en la valoración de las lenguas. En la reflexión que nos ha llevado a dar una nueva configuración a los grupos de Inspectorías, uno de los criterios de la Asamblea ha sido precisamente la atención al intercambio intercultural e internacional.

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En ese horizonte de apertura a lo mundial podemos ver también el crecimiento de la conciencia misionera que se ha constatado en el Capítulo. Aunque la actividad misionera no figuraba específicamente en el orden del día, la confrontación sobre muchos aspectos del tema capitular, así como la comunicación de las experiencias hechas por los inspectores y delegados de nuestras zonas misioneras, han contribuido a robustecer el carácter misionero de la Congregación. En dos sentidos: conociendo mejor la realidad de la misión que viven nuestras comunidades y captando más a fondo la urgencia de las fronteras "ad gentes" con el corazón misionero de san Juan Bosco.

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Una novedad del XXIV Capítulo General, que debemos resaltar de forma especial, ha sido la presencia de los seglares, quienes no sólo han contribuido a ahondar en el tema del Capítulo, sino que además lo han enriquecido con su convivencia fraterna, con la comunicación de sus experiencias y con el testimonio de los dones de su específica vocación laical en la Familia Salesiana o en el Movimiento Salesiano.

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Hecho importante y coincidencia significativa durante el XXIV Capítulo General ha sido la promulgación de la exhortación apostólica "Vita consecrata". Exhortación que, esperada después del Sínodo, ha penetrado en el trabajo de nuestro Capítulo como acicate para comprender mejor lo específico de nuestra vocación en la Iglesia, el don del carisma que se nos ha dado por medio del Fundador y los grandes horizontes que hoy se abren en la Iglesia y en el mundo a los consagrados como apóstoles. En el tema capitular, dicha exhortación apostólica nos ha ayudado a ver con mayor profundidad nuestra aportación de religiosos sacerdotes y de religiosos laicos a la comunidad educativo-pastoral, de la que nos proponemos ser animadores junto con nuestros colaboradores.

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También debemos recordar la novedad del discernimiento que, en este Capítulo, nos ha ayudado a ponernos a la escucha del Espíritu con apertura a las distintas sensibilidades y con libertad y disponibilidad interior para elegir a quienes debían animar a la Congregación durante el próximo sexenio. Dicha experiencia es una indicación que puede servir a las comunidades inspectoriales y locales en el camino que deben seguir al tomar decisiones o dar orientaciones sobre la vida y el desarrollo de la misión.

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Al señalar estos aspectos, evidenciamos con razón las novedades que han supuesto y los progresos logrados; pero también debemos poner de relieve el sentido de continuidad que les ha acompañado. Al examinar las reflexiones y propuestas de las Inspectorías, hemos comprobado que éstas habían caminado en sintonía con las Constituciones procurando realizar el proyecto apostólico que en ellas se indica, a fin que cada vez responda mejor a las situaciones y necesidades de la juventud actual en plena fidelidad a la idea de san Juan Bosco. En cuanto al compartir con los seglares, el XXIV Capítulo General ha reconocido que, aun siendo ya una realidad, se ha de fomentar y hacer más viva y operante.

Por último, no estará de más subrayar la calidad de la comunicación que ha distinguido a este Capítulo: tanto la oficial, que se ha servido de los instrumentos y de la competencia profesional del equipo de nuestra Agencia de Noticias Salesianas (ANS) en estrecha colaboración con la comisión capitular encargada de la información, como - y es algo que interesa decir - la comunicación privada, que, mediante los instrumentos más modernos, ha llegado en tiempo real a las comunidades y a sus miembros. Es un aspecto que habrá que tener en cuenta en los próximos capítulos generales.

3. Algunas orientaciones más importantes

Tras señalar los rasgos más sobresalientes del acontecimiento y de nuestra comunidad capitular, me detengo en algunas orientaciones que me parecen fundamentales para el camino del próximo sexenio. Lo hago sin la pretensión de releer ni resumir el documento capitular.

3.1. Los seglares: una gracia y una tarea

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El punto focal de nuestra reflexión ha sido el carisma salesiano - misión y espíritu - como posibilidad, aún por descubrir, de comunión y corresponsabilidad al servicio de los jóvenes. No hay que olvidarlo, pues de tal don del Espíritu proceden las riquezas y formas originales de sinergias que deseamos.

Los sujetos agentes implicados en ello simultáneamente son los salesianos y los seglares. La novedad de la perspectiva consiste en la irrupción de estos últimos en el horizonte salesiano y en la inserción de su experiencia nuevamente comprendida en el corazón del carisma.

Todo ello supone para los salesianos no algo marginal, sino una nueva luz proyectada sobre la totalidad de su vocación. En el vivir con renovada conciencia y entusiasmo tal vocación encontrarán, pues, los medios para llevar a la práctica las conclusiones del XXIV Capítulo General.

La nueva atención a los seglares lleva, en primer lugar, a reconocer y valorar las realidades de que son portadores: hijos de Dios, templos del Espíritu, miembros del pueblo de Dios. Actúan en el mundo con la gracia profética que orienta hacia el Señor, con el poder de santificar que sana y reconcilia y con la energía regia que crea, orienta y transforma. Están llamados a la santidad, que es realización cabal del hombre por su comunión con Dios. Aunque sean ideas muy repetidas, conviene meditarlas en términos reales y cotidianos.

La condición secular del laico, empleada como clave de comprensión, amplía y enriquece la óptica de la misión salesiana: pone de manifiesto que, aun teniendo una identidad propia, ésta no tiene límites de extensión y puede integrar aspectos, iniciativas y formas siempre nuevas conforme al movimiento del mundo; puede expresarse a través de una red de personas que, viviendo en diversas partes y actuando en ámbitos distintos, están unidas por el mismo espíritu y la misma finalidad.

La perspectiva laical lleva también a descubrir las posibilidades de comunión que la vida consagrada salesiana puede crear en torno a su espiritualidad, a la educación y a la práctica pedagógica. Se nos indican innumerables círculos concéntricos de personas donde hacerlas realidad y levadura: desde el ámbito de los Cooperadores, que inauguraron y plasmaron su identidad salesiana laical bajo la mirada y la dirección espiritual de san Juan Bosco y hoy son nuestros principales compañeros, hasta quienes sólo comparten con nosotros los valores humanos, la actitud religiosa y el interés por la educación.

La presencia de los seglares nos estimula a considerar la experiencia secular, humana y cristiana, y las situaciones en que se manifiesta: la familia, la profesión, la política. Dichas realidades y los valores que encierran son un contenido imprescindible de la educación, nuestro campo de trabajo.

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En dicha comprensión sobresale la identidad de la mujer y su aportación a la cultura, a la educación y a la vida eclesial y salesiana, que en nosotros requiere acogida, valoración y reciprocidad. Tendremos que hacer un examen para equilibrar imágenes, expectativas y relaciones; pero saldrán beneficiadas nuestra vida consagrada, la comunión y la pastoral.

Así pues, con la presencia de los seglares se extiende y profundiza nuestra visión y nuestras posibilidades de acción. Sabemos que son muchas las personas que se sienten movidas por el Espíritu en su encuentro con san Juan Bosco; sabemos también que su proyecto de vida en el Espíritu ofrece infinitas posibilidades de realizaciones institucionales e individuales.

El número 2 de la exhortación Christifideles laici nos advierte: «En realidad, el desafío que los padres sinodales han afrontado ha sido el de señalar los caminos concretos para lograr que la espléndida teoría del laicado formulada por el Concilio se haga verdadera praxis eclesial».

También para nosotros el banco de prueba es su aplicación concreta. El primer paso es la bienvenida, una actitud de buena disposición y agradecimiento por la aparición del seglar en la escena del carisma. Como es obvio, la praxis necesita una reflexión eclesial y salesiana que se enriquezca continuamente y motive de verdad. No hay que dar por descontado que dicha reflexión ya ha sido interiorizada y proyectada a la realidad por cada uno de los salesianos.

El XXIV Capítulo General invita a las Inspectorías y a las comunidades locales a pasar, en el tema de los seglares, de las realizaciones parciales a un proyecto integral y orgánico. En nuestro Capítulo se han considerado todos los elementos y situaciones que la experiencia anterior había puesto sobre la mesa. Hoy, pues, se han de considerar y resolver en su conjunto, viendo a los seglares no como una suplencia, sino como a compañeros de camino.

Hay que pasar de las valoraciones individuales a una mentalidad comunitaria compartida. A una época en que los pareceres y la práctica sobre la participación de los seglares quedaban al arbitrio personal, sigue ahora otra en la que debe ser convicción de todos y criterio para todas las instituciones y programas.

3.2. La misión salesiana

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La vivencia de san Juan Bosco que recordamos al celebrar el 150º aniversario de su instalación en Valdocco pone de manifiesto un hecho: que algunos seglares, impresionados y atraídos por su relación con los chicos pobres y por la acción en su favor, comenzaron a juntarse en torno a él. Es posible que no pocos ya estuvieran preocupados por el fenómeno juvenil y se preguntaran qué hacer como cristianos; pero necesitaban un impulso, un ejemplo, un signo, un proyecto y un lugar. Lo tuvieron en la opción hecha por san Juan Bosco y en sus primeros pasos para llevarla a cabo. Sus aportaciones fueron variadas: colaboración educativa, apoyo económico, cercanía y amistad, oración, acogida en los círculos sociales que podían cooperar, valoración de su obra en las Iglesias locales.

Después, y siempre con la mirada en los jóvenes y en lo que se hacía o podía hacerse por ellos, san Juan Bosco extendió sin límites su invitación a participar.

También hoy la audacia en la misión invita a la comunión y favorece la colaboración de quienes el Espíritu mueve interiormente.

Así pues, las Inspectorías y comunidades locales deben concentrar sus esfuerzos en la realización actualizada de los rasgos más originales de la misión.

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El carácter juvenil y popular, que fundamentalmente distingue nuestra misión, nos apremia a dirigirnos con más decisión a los jóvenes necesitados y a las clases populares. Las formas en que hoy se presenta el malestar juvenil son muchas. En todas partes la Iglesia ha hecho su opción preferente por los más pobres. Su servicio sigue teniendo una incomparable fuerza convocatoria. Y con razón. Es una esperanza para quien se siente abandonado; en tal sentido es una manifestación eminente del amor pastoral de Cristo.

La dimensión educativa nos abre a todos y nos lleva a acoger a quien es pobre en demandas o intereses y a quien está buscando algo o quiere hacer un camino: nos da la capacidad de ofrecer itinerarios simultáneos de desarrollo humano y evangelización. La atención a la fe desde el principio es ciertamente un punto que nos define y al que no podemos renunciar. La vemos como energía de crecimiento humano y como encuentro con Cristo que abre al misterio de Dios y del hombre. Simultáneamente actuamos en los amplios espacios de la promoción, de la cultura y de la dinámica social. No somos indiferentes a ninguna cosa verdaderamente humana. Tal opción es propia de la dimensión laical y permite una inserción ilimitada de los seglares en los diversos niveles.

Nuestra misión tiene siempre el sello del Sistema Preventivo como síntesis de propuestas y método, como modelo de relaciones y comunicación educativa, como capacidad de formar una comunidad juvenil y popular con determinadas características, como criterio de percepción y asimilación de los valores y como visión de los recursos de la persona.

Ya el XXI Capítulo General nos estimuló a formular de nuevo el Sistema Preventivo de acuerdo con la condición juvenil y la cultura del momento. El "nuevo" Sistema Preventivo es tarea de siempre; pero hoy se presenta como en un cambio de rumbo.

[235]

Por último, el oratorio se presenta como el prototipo de presencia y acción de la misión de san Juan Bosco: en él se da simultáneamente la acogida, el crecimiento cultural, la preparación para la vida y la maduración en la espiritualidad cristiana. Lo hace mediante una propuesta integrada, que es concreta y vital por un ambiente de participación espontánea.

En el conjunto de la misión de una Inspectoría y de la Congregación, toda presencia tiende a ser significativa: en el proponer, atraer e invitar por la calidad de su estilo educativo y por la actualidad de su propuesta. Los Capítulos Generales anteriores subrayaron la necesidad de que cada una de ellas fuera una novedad evangélica adecuada a la condición juvenil, a las necesidades de la Iglesia y a la situación de la sociedad. Novedad que se manifiesta, sobre todo, en el testimonio evangélico que dan, cada persona y la comunidad, cuando en unidad fraterna demuestran cercanía a la gente, entrega al trabajo, voluntad de ofrecer propuestas a la zona y capacidad de influjo en la mentalidad y en la vida.

Por su carácter significativo sobresalen hoy, junto a las presencias entre los pobres, las que ofrecen a los jóvenes búsqueda de sentido, compromisos misioneros y de solidaridad e itinerarios de fe. Ayudan a madurar capacidades suscitadas por el Espíritu al servicio de la Iglesia y nos introducen en el movimiento de la nueva evangelización juvenil para producir fermentos que sean signo. Hay que añadir las iniciativas en los nuevos areópagos (la comunicación social, por ejemplo), llevadas adelante con criterio comunitario, con perspectivas de continuidad y de cualificación progresiva, atentas a unir y dedicadas a formular mensajes de cultura y evangelización.

3.3. La comunidad salesiana

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Afirman nuestras Constituciones (art. 44) que la comunidad salesiana es sujeto de la misión incluso cuando no dirige por sí misma todas las iniciativas. Es cierto que hay otros que participan en el carisma de san Juan Bosco; sin embargo, el carisma tiene en la comunidad salesiana un grado particular de concentración: por la fuerza de su consagración, por su vivencia comunitaria, por su proyecto de vida (profesión) y por su plena dedicación a la misión.

La comunidad es, por tanto, núcleo animador siempre, aunque no sola ni necesariamente desde el ámbito local. Resulta el punto de donde, en un porcentaje muy elevado, parten los impulsos de iniciativa, las propuestas de formación y los estímulos para crear una comunidad más amplia. Lo que la capacita para la animación es, sobre todo, su vida en el Espíritu. Esta vida consiste en la supremacía que da al sentido de Dios, en el seguimiento de Cristo, en la caridad pastoral que la pone al servicio de los jóvenes, en la transparencia de la fraternidad y en el patrimonio educativo y espiritual salesiano. Todo ello, naturalmente, debe aparecer en las relaciones, en el proyecto de trabajo, en su forma de valorar la cultura y en su método pedagógico. También la capacita para la animación la riqueza de las vocaciones complementarias del sacerdote y del coadjutor. La primera tiene un canal de privilegio en el ministerio del director, que, junto con otros hermanos, orienta hacia Cristo, hace presente la realidad de su gracia y favorece la pertenencia al pueblo de Dios; la segunda hace visible nuestra cercanía al mundo y la confianza en las realidades seculares, salidas de la mano de Dios creador y redimidas por Cristo.

Animar es una tarea que responde al don del Espíritu, pero sólo puede hacerse con provecho bajo ciertas condiciones. Por tanto, hay que cuidar algunos elementos que la hacen fecunda. Nos interesa más la fecundidad que el simple mantenimiento de las obras.

La consistencia numérica y cualitativa es necesaria, tanto si la comunidad debe animar una obra como si se le confía un complejo de iniciativas. Corremos el peligro de estar demasiado condicionados por una gestión individual de los cargos. Así resulta más difícil la formulación del proyecto y la vivencia de la comunión, lo mismo que el debilitamiento de la comunidad activa favorece la prestación individual de los servicios.

También han de aclararse, jerarquizándolos, los objetivos de la animación: corresponsabilización adulta de todos y formación cristiana, salesiana y profesional de los miembros de la comunidad educativo-pastoral; constitución, unidad y dinamismo de la comunidad local; formulación de un proyecto que responda a nuestra misión y a su espíritu, orientación de la acción y de las decisiones principales, contacto directo de calidad con los adultos y con los jóvenes según las propias posibilidades, y cuidadosa aplicación de los criterios establecidos para implicar a seglares en la comunidad educativa.

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Hay que caminar igualmente con perseverancia hacia algunas metas, incluso cuando las fuerzas son escasas:

  • La concepción solidaria de la animación. Es enriquecedora la participación efectiva de todos los miembros de la comunidad según sus posibilidades: la animación puede seguir muchos caminos, incluso insólitos. Es importante que nadie se repliegue, deje la labor a otros o se desentienda.
  • La preparación de todos y cada uno para la animación; es preciso tomar de nuevo y poner en práctica lo que recomendaba el XXIII Capítulo General: «Cada inspectoría... prepare a sus salesianos... para las tareas de educación en la fe, de animadores de las comunidades pastorales y de formadores de seglares» (núm. 223).
  • La consideración del papel del director y del Consejo en la animación, a fin de no privar a los organismos de la comunidad educativo-pastoral de sus atribuciones naturales y no limitarse únicamente al aspecto religioso interno; de lo contrario podría perderse la unidad, propia de nuestra experiencia, entre lo espiritual, lo pastoral y lo pedagógico.
  • La asunción de una forma y un ritmo de vida que favorezcan la animación y en cierto modo predispongan para ella: comunicación, discernimiento, preparación del proyecto, verificación, oración compartida. Tienen una importancia especial la sensibilidad cultural y la tensión educativo-pastoral del grupo salesiano y su capacidad de contacto con los jóvenes, ya que la comunidad debe ser signo, escuela y ambiente de fe.

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Este Capítulo General hace un llamamiento especial al papel del inspector en la promoción de la vida religiosa, en la concienciación de las comunidades y en el impulso de la creatividad pastoral. El camino hecho últimamente es más que satisfactorio y nos prepara para el que se necesita en el futuro inmediato. La Inspectoría no sólo reúne en una comunidad más amplia a las comunidades locales, sino que, como sujeto de la misión en una zona más extensa, puede asumir iniciativas y actividades a cargo de seglares debidamente formados y acompañados. Le corresponde a ella discernir, siempre con el criterio de la calidad y en la medida que ésta lo permita, cómo distribuir los recursos salesianos según la importancia que dé a cada iniciativa y a las posibilidades de quienes actúan en ella.

Hay que reforzar el sentido de la comunidad inspectorial, la intercomunicación entra las comunidades educativo-pastorales y la capacidad de convocatoria y formación de la Inspectoría, a fin de que también los seglares tengan un punto de referencia de pertenencia comunitaria en un radio amplio. Por ello, es importante la articulación de los organismos y que éstos tengan una actuación convergente; lo recomendaba el XXIII Capítulo General (cf. núms. 239-246). Pero todavía son más importantes la orientación y el tono que el inspector y el Consejo dan a su acción de gobierno. Sus prioridades deben ser las de la animación; su confianza debe basarse en la calidad espiritual y profesional de salesianos y seglares más que en los medios y estructuras materiales.

3.4. La espiritualidad

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En todo el itinerario capitular ha tenido el debido relieve la cuestión de la "espiritualidad". Había aparecido con fuerza en las propuestas de los capítulos inspectoriales, tanto desde el punto de vista laical como del salesiano. Es un signo de la vitalidad y asimilación de la espiritualidad juvenil salesiana, que el XXIII Capítulo General indicó como fuerza, meta de llegada y criterio de evaluación de los itinerarios educativos salesianos.

El debate del Informe sobre el estado de la Congregación terminó en el reconocimiento de una prioridad: la formación del salesiano, entendida como capacitación «para vivir y comunicar espiritualidad».

El XXIV Capítulo General ha llegado a la espiritualidad en su búsqueda de una fuente de comunión de seglares y salesianos. En la Congregación se tiene la conciencia de que nuestro vínculo de unión con los seglares necesita más robustez espiritual, dado que tenemos que afrontar juntos los difíciles retos de nuestra misión en la hora actual. La espiritualidad no sólo lleva a compartir el trabajo de la educación; es, además, portadora de las motivaciones que lo sostienen. Es el terreno común del diálogo entre los valores laicales óde inspiración cristiana o naturalesó y los de la vida consagrada.

Alguien ha dicho que el vocablo "espiritualidad" no forma parte de nuestro lenguaje tradicional, que de ordinario ha preferido hablar de "espíritu". No obstante, su aparición debe verse como signo de una necesidad. Hoy día es imprescindible para una aproximación significativa a la cultura.

En efecto, la espiritualidad es «un proyecto concreto de relación con Dios y con el ambiente; se caracteriza por ciertos dinamismos espirituales peculiares y por opciones operativas que subrayan y representan uno u otro aspecto del único misterio de Cristo» (VC 93).

[240]

Desmentidas las previsiones sobre el eclipse de lo sagrado, esfumadas las promesas del progreso ininterrumpido y del bienestar para todos, desvanecida la utopía de una justicia e igualdad rápida y universal, se ha perdido la confianza en la ideología, en la técnica y en la organización política, en las que no sin razón se veían los signos de la civilización moderna. Todo eso y mucho más ha dejado en claro que el crecimiento del hombre se ha de buscar en la conciencia más que en el consumo, en el ser más que en el tener.

Los jóvenes, aunque halagados por tantas tentaciones, no se muestran insensibles ante quien sabe trazarles vías de contemplación y de compromiso, y de descubrimiento del misterio del hombre, de Cristo y de Dios.

Muchos seglares que en estos años han sido nuestros compañeros de viaje y trabajo han demostrado que saben apreciar el estilo de vida cristiana que supone la vivencia de Espíritu Santo que tuvo san Juan Bosco.

La exhortación apostólica Vita consecrata afirma que, «debido a las nuevas situaciones, no pocos Institutos han llegado a la convicción de que su carisma puede ser compartido con los seglares y, en consecuencia, los invitan a participar de modo más intenso en la espiritualidad y misión de su Instituto» (núm. 54).

Terminamos el XXIV Capítulo General convencidos de que proponer a los seglares la espiritualidad salesiana es la respuesta adecuada a un anhelo íntimo y el ofrecimiento de un regalo esperado. Por lo demás, esa misma demanda de espiritualidad nos impulsa a desempolvar nuestros tesoros de familia y a desarrollar y profundizar los rasgos que san Juan Bosco nos dio con tanta eficacia.

Toda la misión salesiana es el fruto maduro de una semilla espiritual. Lo sabemos por experiencia: la mera gratificación de los buenos resultados en la educación, la simple alegría de estar con los jóvenes - hecho no desprovisto de encanto - y la satisfacción de invertir los talentos personales en un ámbito significativo no llevan muy lejos en el apostolado. Hace falta mucho más.

La misión es, ante todo, una obra que el Espíritu realiza en nosotros, una "transfiguración" - afirma la exhortación Vita consecrata -, que nos hace «signos y portadores del amor de Dios a los jóvenes, especialmente a los más pobres» (Const. 2): «El Espíritu del Señor está sobre mí...; me ha enviado para dar la Buena Noticia a los pobres» (Lc 4, 18).

Si no se vive del Espíritu, no hay misión, ni por parte nuestra ni por parte de los seglares. El acerado resorte que nos mantiene en tensión hacia los jóvenes y el pueblo de Dios es la contemplación de Dios que ama y salva al hombre.

[241]

El da mihi ánimas es, en primer lugar, una invocación, una plegaria, un grito de auxilio al Señor para que sea él quien haga lo que nos ordena.

Es la invitación a implicar a los seglares en una aventura espiritual, más que implicarlos en las innumerables tareas de un servicio educativo y pastoral.

Pero, ¿somos aún capaces de tal aventura y la deseamos? Cierta pérdida de tensión en nuestro fervor misionero, ¿no habrá que achacarla al cansancio espiritual? «Las personas consagradas, en virtud de su vocación específica, deben manifestar la unidad entre autoevangelización y testimonio, entre renovación interior y celo apostólico, entre ser y actuar, dejando bien claro que su dinamismo se debe al primer elemento del binomio» (VC 81).

Así pues, no hay que maravillarse de que la espiritualidad haya estado en el corazón del XXIV Capítulo General. Debe ser el alma de la comunidad educativo-pastoral y la médula de los itinerarios de formación que hay que hacer juntos en un clima de intercambio de dones. La comunicamos con nuestra vida cotidiana, bajando - como sugería san Juan Bosco - de la cátedra al patio, de forma que nuestra palabra sea la exegesis de nuestra vida.

El XXIV Capítulo General nos invita a explicitar la dimensión laical de la espiritualidad salesiana, profundizando y actualizando los elementos que, según san Juan Bosco, plasman al «ciudadano honrado y al buen cristiano».

Se pide calidad para nuestra presencia en la comunidad educativo-pastoral, como portadores de una pedagogía de elevado valor espiritual. Esta comunidad se manifiesta en el modelo de hombre en que se inspira - Jesús, el hombre perfecto - en las motivaciones de que se alimenta, en las metas hacia las que camina y en lo métodos que sigue.

Mirando hacia el mundo, el XXIV Capítulo General nos insta a descubrir las "semillas del Verbo" que el Espíritu ha esparcido por doquier con abundancia y nos permiten afrontar esperanzados el diálogo ecuménico e interreligioso y con todos los hombres y mujeres de buena voluntad. Será la vivencia de la espiritualidad lo que nos ayude a «buscar y encontrar, en la historia de las personas y de los pueblos, las huellas de la presencia de Dios, que lleva a la humanidad entera hacia el discernimiento de los signos de su voluntad redentora» (VC 79).

3.5. La calidad pastoral y cultural del salesiano

[242]

La novedad de los seglares (en cantidad y en asunción de responsabilidad), el significado de la misión y la necesidad de ser solidariamente núcleo de arrastre requieren en el salesiano una especie de salto en su preparación general y en la específica de pastor educador.

Las competencias culturales y profesionales de esta nueva preparación son varias: la capacidad de leer la realidad, la mentalidad proyectiva, el trabajo en equipo, el hábito de ponerse al día y el conocimiento de los nuevos lenguajes.

Otras se refieren específicamente a la dimensión pastoral: la nueva comprensión de su identidad cristiana, consagrada y ministerial, la profundización de los temas que inspiran la pastoral, a fin de que ésta no se quede en lo externo ni se reduzca a simples prestaciones técnico-profesionales, el enriquecimiento de la vida espiritual y la capacidad de acoger y orientar en la fe a personas, grupos y comunidades.

Algunos de tales elementos se hallan, en nuestra vida, más expuestos al desgaste o a la esclerosis; requieren una atención particular. La cultura evoluciona rápidamente, se difunden los conocimientos, las informaciones llegan ininterrumpidamente y la mentalidad sobre los valores y concepciones de la vida plantea siempre nuevos interrogantes. La cultura es una dimensión que requiere un esfuerzo paciente y continuo. Conviene insistir en su necesidad y estimular a la seriedad en la formación inicial; pero también hay que recuperar las horas de estudio en los años de plena dedicación a la actividad.

También aquí será decisiva la organización de la vida y el trabajo en la comunidad local e inspectorial. La comunicación social y la interpersonal ofrecen oportunidades para seguir la evolución de la cultura; pero resulta asimismo imprescindible el hábito del estudio personal y la concentración en áreas de especialización teórica y práctica, aunque sin cierres rígidos.

[243]

En el ámbito inspectorial hay que considerar la conveniencia de estudios universitarios para quienes puedan cursarlos en el ámbito eclesiástico o en el civil, y, con la debida ductilidad, la continuidad de los salesianos en las áreas para las que se han preparado. Es poco rentable invertir en cualificaciones que después ni se explotan ni se perfeccionan.

La necesidad que sentimos nosotros la comparten todos los institutos de Vida Consagrada, que tradicionalmente han sido levadura de vida cristiana por la fe y la caridad, pero no menos por la educación de la mentalidad y por su presencia en la cultura.

Nos lo recuerda la exhortación apostólica Vita consecrata en su número 98, que me permito incluir con cierta amplitud: «La Iglesia es hoy muy consciente de que debe contribuir a la promoción de la cultura y al diálogo entre ésta y la fe.

»Los consagrados no pueden dejar de sentirse interpelados por dicha necesidad. También ellos están llamados a buscar, en el anuncio de la palabra de Dios, métodos más apropiados a las necesidades de los diversos grupos humanos y de los múltiples ámbitos profesionales, a fin de que la luz de Cristo ilumine todos los sectores de la existencia humana y la levadura de la salvación transforme, desde dentro, la vida social, favoreciendo la consolidación de una cultura impregnada de los valores evangélicos [...]

»Sin embargo, más allá del servicio prestado a los demás, en la vida consagrada se necesita un renovado amor por la tarea cultural y la dedicación al estudio como medio de una formación más completa y como camino ascético, extraordinariamente actual, frente a la diversidad de las culturas. Ceder en el esfuerzo del estudio puede tener consecuencias graves para el apostolado, suscitando un sentido de marginación e inferioridad o favoreciendo la superficialidad y ligereza en las iniciativas.

Dentro de la diversidad de los carismas y de las posibilidades reales en cada Instituto, la dedicación al estudio no puede limitarse a la formación inicial o a la obtención de títulos académicos y competencias profesionales. El estudio es, sobre todo, señal del nunca saciado anhelo de conocer mejor a Dios, abismo de luz y fuente de toda verdad humana. Por ello, tal dedicación no encierra al consagrado en un intelectualismo abstracto ni lo ahoga en las espiras de un narcisismo sofocante; al contrario, lo espolea al diálogo y a compartir, aumenta su capacidad de juicio y le estimula a la contemplación y a orar en una búsqueda continua de Dios y de su acción en la compleja realidad del mundo contemporáneo».

3.6. Nuestra principal inversión: la formación

[244]

La calidad cultural, la competencia profesional y la espiritualidad llevan nuestra mirada a la formación.

El análisis de la situación en nuestra Sociedad y el estudio del tema capitular han hecho ver con fuerza la necesidad de un renovado esfuerzo en la formación.

La reflexión del XXIV Capítulo General ha puesto de manifiesto la necesidad de formar a los seglares y de formarnos con ellos; pero no ha sido menor su fuerza en destacar la indispensabilidad de la formación de los salesianos con tiempos, contenidos y modalidades específicos, propios de nuestra vocación particular. Esto último lo indicaron los mismos seglares, como queriendo afirmar que la comunión y el compartir serán tanto más intensos y contagiosos cuanto mayor sea la autenticidad y transparencia de los salesianos en la vivencia de su vocación.

Ya el XXIII Capítulo General nos indicó un proceso positivo en el ámbito de la formación continua, señalando la importancia de la comunidad local y de su calidad de vida y trabajo en lo cotidiano; es una tarea que debe seguir.

No menos urgente es una acción decidida en el campo de la formación de base o inicial. La condición juvenil y el contexto cultural, los retos del proyecto de vida religiosa y sacerdotal, el problema de los "abandonos" y, particularmente, el perfil del nuevo salesiano dicen con claridad que la formación debe apuntar a la calidad.

Por ello, parece necesario dar la primacía a tres aspectos.

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  • El primero es la coherencia operativa o ejecución consciente de la formación salesiana. Nuestra Congregación cuenta con una praxis formativa bien afirmada y codificada. Los objetivos, modalidades y condiciones del proceso de formación están suficientemente definidos: comunidades formadoras, papel de sus responsables, procesos de maduración, vivencia concreta de los aspectos que constituyen la espiritualidad y la vida, acompañamiento personal. Más que nuevas formulaciones, lo que se requiere es adecuar el andamio de la formación: preparando a los formadores y dotando a cada comunidad formadora de un número suficiente de ellos, revisando constantemente la experiencia, siguiendo una pedagogía que ofrezca propuestas, esté atenta a la realidad de la vida y a los procesos evolutivos y sea capaz de un acompañamiento personalizado y constante. La incidencia de la formación «va unida a la capacidad de ofrecer un método rico de sabiduría espiritual y pedagógica que lleve progresivamente... a tener los sentimientos de Cristo, el Señor» (VC 68).

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  • Viene, después, la atención a las nuevas exigencias de la evangelización y de la inculturación. Son aspectos que afectan en profundidad a todo proyecto de vida religiosa y de misión pastoral. Para nuestra Congregación, que cada vez es más universal y pluricultural y vive en contacto con los jóvenes, son vitales. Nuestro proceso de formación tiene su punto de partida en la "cultura juvenil" y se propone asumir un proyecto de consagración apostólica que envía a cumplir la misión en un contexto cultural complejo, fragmentario y en evolución constante.

Los objetivos de la formación y su pedagogía deben, pues, prestar atención a la referencia cultural y a la valoración pastoral; los formadores deben ser capaces de un diálogo que ponga frente a frente ambos aspectos.

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  • De ahí la importancia de la formación intelectual. Todo lo dicho es imposible sin una preparación cultural que ayude a vivir conscientemente la vocación, lleve a una visión adecuada de la realidad, cree hábitos de reflexión y ofrezca instrumentos para seguir profundizando.

«Una preparación intelectual seria - afirma la Ratio - es insustituible para vivir sin mengua y con eficacia la índole propia de la vocación salesiana y su misión» (FSDB 210). Ya lo hemos dicho al hablar de la calidad pastoral y cultural del salesiano.

Todo ello se refleja en el esfuerzo que pide el XXIV Capítulo General para formar a los seglares. Como decía el Papa en su mensaje inicial a nuestro Capítulo, «la formación de los seglares debe figurar entre las prioridades de la comunidad».

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¿Qué supone para nosotros tal compromiso, verdadero reto a la capacidad formativa y motivadora de la comunidad y de cada salesiano? Sin repetir aquí lo que dice el documento capitular, subrayo algunas pautas operativas.

  • La primera es procurar que sea formativa la convivencia cotidiana, tejida de relaciones, del compartir objetivos y responsabilidades, de un clima, de una organización y unas actuaciones, y de la comunión en el Sistema Preventivo. Pone a los salesianos ante la mirada y juicio de quienes participan de su labor educadora. Hacer que ésta sea formativa significa comunicar mediante la vida e integrar todo en la vocación cristiana, educadora y salesiana, religiosa o laical de la persona.
  • Por tanto, hay que devolver a los salesianos el sentido de la prioridad de la formación. Deben ser animadores del crecimiento de las personas. Es un servicio que nos imponen nuestra vocación de consagrados y educadores y el ministerio sacerdotal, servicio que se realiza en todo encuentro, pero que se concentra en algunos momentos específicos para los que debemos estar preparados.

Lo recordaba el Papa en su mensaje inicial: «La formación ayuda a los seglares a descubrir su vocación, les proporciona los medios necesarios para madurar continuamente y los introduce en los caminos del Espíritu del Señor... San Juan Bosco dio mucha importancia a la formación espiritual, entendida como capacitación para vivir la existencia y sus diversas expresiones en presencia de Dios y en la construcción activa del Reino».

  • De ahí la tercera sugerencia: reforzar una acción programada. En el ámbito local e inspectorial hay que organizar una serie de iniciativas que, por contenido y duración, respondan a las situaciones de los colaboradores y miembros de la Familia Salesiana.

El XXIV Capítulo General pide que la formación sea nuestra principal inversión; de ella esperamos el mejor rendimiento. Invertir significa fijar y mantener prioridades, asegurar las condiciones y actuar según un programa donde el primer puesto sea para las personas, las comunidades y la misión. Invertir en tiempo, personal, iniciativas y medios económicos para la formación es tarea e interés de todos.

Es incumbencia de cada salesiano, primer responsable de su formación; es también obligación de toda comunidad, que necesita tomarse «el tiempo oportuno para cuidar la calidad de su vida» (VFC 13). Lo tiene que hacer el director, jerarquizando las prestaciones de su servicio; lo deben hacer, en particular, los responsables del gobierno inspectorial, estando siempre atentos a la formación y cualificación de su personal, a la consistencia de las comunidades y al carácter significativo de sus obras.

3.7. La comunicación

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La comunicación se está convirtiendo en una manifestación concreta de la "aldea global" hacia la que camina nuestro planeta. Se dice que la comunicación es un "nuevo poder", del que se adueñarán quienes cuenten con los "bancos de datos" más actualizados y con las redes más sofisticadas para entrar en ellos. La conciencia del hombre moderno se ve cada vez más forjada por ella y estimulada continuamente a alcanzar un carácter mundial, sintonizando en tiempo real con los acontecimientos, dramas y esperanzas del mundo entero. La nueva comunicación está demostrando su capacidad de producir unión, de difundir nuevos modelos de vida y de confrontar culturas distintas dando origen a un nuevo contexto con el que deben contar los medios tradicionales: libros, periódicos, radio, televisión, etcétera.

La Iglesia ha visto en este complejo fenómeno uno de los nuevos areópagos, de los que el cristiano moderno no debe huir; al contrario, tiene que instalarse en ellos como protagonista activo y responsable. «Los medios de comunicación social han logrado tal importancia, que para muchos son el principal instrumento de información y formación; en muchos orientan e inspiran la conducta individual, familiar y social. Las nuevas generaciones, sobre todo, crecen en un mundo condicionado por tales medios. Es posible que hayamos descuidado un poco este areópago» (RM 37).

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Desde siempre nuestra Congregación se ha mostrado sensible a tal fenómeno, aunque no siempre haya acertado con los caminos más significativos para aprovechar todos sus posibles frutos de educación y evangelización.

Ha entendido, comenzando por san Juan Bosco, que no puede prescindir de los medios de comunicación social en su esfuerzo de animación cultural y de evangelización popular, y que la caridad pastoral, raíz de nuestra misión, es capaz de poner las nuevas técnicas al servicio del hombre y del Evangelio.

Simultáneamente ha tomado conciencia de que, a un campo tan sofisticado, no se puede ir sin la debida preparación. Ha entendido que la misma dimensión educadora de la comunicación social sólo podrá desarrollarse si cuenta con personas (salesianos y seglares) que sepan formar «receptores inteligentes y comunicadores expertos» (VC 99).

Por eso ha dado vida al ISCOS - rico de prometedores desarrollos - tiene un consejero general de comunicación social, ha promocionado la comunicación social en la animación inspectorial, ha procurado una renovación tecnológica de sus servicios centrales y ha pensado en la formación de salesianos competentes.

El reconocimiento del fenómeno de la comunicación, en sentido interpersonal, comunitario y social, es ya parte integrante de la conciencia educadora.

Ésta lleva su atención a la calidad del comunicador - individuo o comunidad -, que se compromete a demostrar lo que dice mediante una radicalidad que plantea interrogantes, hiere la imaginación y llega al corazón. Tal es el motivo por el que los verdaderos testigos son comunicadores excepcionales. Lo habría sido san Juan Bosco, dada la fuerza de su mensaje, la plenitud de su entrega y la audacia de sus iniciativas.

Esta conciencia revisa también la calidad del mensaje, personal y comunitario, y su comprensión por parte de la gente ordinaria. El mensaje resulta tal, cuando es un hecho y no sólo palabras o lujo de elocuencia. No estará de más recordar que muchas veces la santidad da al hecho una fuerza comunicativa poco frecuente.

Las ciencias del hombre modernas han hecho ver los elementos que hacen eficaz una comunicación. Parece natural que los salesianos estemos atentos e interesados en ello.

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La reflexión del XXIV Capítulo General no podía limitarse a tocar marginalmente tales problemas, precisamente por la naturaleza del tema que se le había confiado. La comunicación es un vehículo imprescindible de comunión, tanto dentro de la comunidad educativo-pastoral, como en la Familia Salesiana, en el Movimiento Salesiano y entre los Amigos de Don Bosco.

Éste lo intuyó, y fundó el Boletín Salesiano, de cuya perenne validez en sus diversas ediciones somos aún testigos. Por lo demás, no ha sido difícil ver en el campo de la comunicación social un área de privilegio donde la sensibilidad y profesionalidad laical pueden prestar un servicio a la misión salesiana. De ello hay ya muchas experiencias en nuestra Congregación y otras están naciendo.

Considerando la historia de san Juan Bosco, se advierte la relación que hay entre su misión, la irradiación de su carisma y la implicación laical.

Comunicar significa, para san Juan Bosco, hacer del mundo entero una especie de "obra salesiana", donde los problemas juveniles, el Sistema Preventivo y el interés por salvarlos están en el centro de su atención. Comunicando, san Juan Bosco ayuda a comprender que su misión no tiene fronteras y llega doquier haya un joven en necesidad y alguien que se comprometa a cuidarlo.

Comunicar es llegar al pueblo y anunciarle el misterio de la salvación; es incidir en su cultura, atmósfera que respira todo joven; es proponer la vocación salesiana como carisma eclesial en el que todos pueden comprometerse.

Comunicar es movilizar y unir las fuerzas de los buenos, a fin de que juntos cultiven la esperanza de la humanidad que llamamos juventud. Dado que el mundo de los medios «es una nueva frontera en la misión de la Iglesia», en ella «la responsabilidad profesional de los seglares... debe ser reconocida en todo su valor y sostenida con los medios materiales, intelectuales y pastorales más adecuados» (ChL 44).

3.8. La capacidad vocacional

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Entre las líneas que más han sobresalido en el trabajo capitular hay una indicación que abarca muchos de los aspectos estudiados y se presenta como una indicación de marcha para el sexenio que tenemos delante. Se trata de la capacidad vocacional que debe distinguir a todo salesiano y comunidad salesiana.

Suscitar vocaciones es uno de los fines de la misión de nuestra Sociedad (cf. Const. 6); cultivarlas (independientemente de los resultados que se obtengan) es una dimensión esencial en toda presencia y proyecto o proceso que se inspire en el método educativo de san Juan Bosco. Lo recordaba el XXIII Capítulo General: Dado que «la orientación vocacional constituye la cumbre y el coronamiento de nuestra labor educativo-pastoral, no hay que verla como momento final del camino de fe, sino como una dimensión que debe figurar siempre, cualificando todas las áreas de actuación y todas las etapas» (núm. 247). La orientación vocacional es, por tanto, una de las tareas características de la comunidad educativo-pastoral que se mueve en el espíritu del Sistema Preventivo de san Juan Bosco.

El tema del XXIV Capítulo General, sobre la comunión y la participación de los salesianos y seglares en el espíritu y la misión de san Juan Bosco, remite por su misma naturaleza a la dimensión vocacional. Por una parte, lleva a considerar la vocación de cada persona - seglar, consagrado o presbítero - en su valor intrínseco, según el proyecto de Dios para cada uno desde una mirada de amor personal; lleva, pues, a valorar todas las vocaciones en la Iglesia. Por otra parte, el tema capitular pone de manifiesto la aportación específica que cada uno está llamado a dar mediante la riqueza de sus dones personales: el seglar, a encarnar el Evangelio en el mundo con su típico estilo secular, y el salesiano - laico o presbítero - a dar testimonio, por su vida consagrada, de los valores de lo trascendente y del amor absoluto de Dios. Así, los salesianos y los seglares están invitados juntos a compartir la tarea vocacional mediante el testimonio de su vida y con la capacidad propia de educadores que deben acompañar a los jóvenes en el discernimiento y acogida del plan de Dios para cada uno de ellos. Con razón, pues, el documento capitular pone, entre las orientaciones operativas sobre la formación común de los salesianos y seglares, la del discernimiento vocacional.

El mejor lugar para tal labor es la comunidad: la salesiana, responsable de la autenticidad del carisma, y la educativo-pastoral, donde salesianos y seglares, corresponsables del proyecto educativo, están implicados en el servicio de la orientación vocacional.

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Tal servicio se abre al amplio abanico de las vocaciones en el pueblo de Dios. Entre ellas, y en armonía con el documento capitular, podemos recordar, ante todo, la atención a la familia - que es la primera vocación y la más común -, en cuyos valores debemos saber educar a las nuevas generaciones; viene después el cuidado de los jóvenes animadores y voluntarios, abiertos a la donación gratuita en favor del prójimo, que a menudo viven ya en buena sintonía con el espíritu y la misión de san Juan Bosco. El Movimiento Juvenil Salesiano ha demostrado que es un terreno fecundo para participar activamente en la espiritualidad y hacer experiencia de los valores de la vocación.

A la hora de acompañar al joven en el descubrimiento de su proyecto personal de vida, dentro de una visión global corresponde a la comunidad salesiana y a la comunidad educativo-pastoral saber presentar y proponer también las vocaciones de consagración especial a la vida religiosa, a la vida consagrada secular y al presbiterado. En este horizonte, un compromiso particular de los grupos de la Familia Salesiana, que comparten el carisma y la misión, es testimoniar y proponer las vocaciones de cada grupo y su peculiaridad (cf. Documento Capitular, nº 143). En cuanto a los Salesianos de Don Bosco, en la actuación de nuestra misión de «educadores de la fe» (Const. 34), tenemos siempre el reto de dar testimonio de nuestra vocación de apóstoles consagrados - en su doble y complementaria forma laical y presbiteral - a los jóvenes bien dispuestos, a fin de que sean muchos los que continúen el proyecto de san Juan Bosco.

También para este sexenio es uno de los compromisos prioritarios, en el que debemos implicar a toda la comunidad educativo-pastoral y a los grupos de nuestra Familia.

3.9. Universalidad, nueva dimensión de la misión salesiana

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El XXIV Capítulo General ha sido una experiencia del carácter mundial de nuestra Congregación, no sólo en cuanto conocimiento y unidad de las Inspectorías, sino también como dimensión del espíritu salesiano y posibilidad de actuar en un radio universal. Muchos elementos del debate y la vida capitular se han referido a este espacio más amplio: la reestructuración de las regiones, la inculturación, el voluntariado, el intercambio de informaciones y la consideración de los diferentes contextos.

Es el cumplimiento del artículo 59 de las Constituciones: «La profesión religiosa incorpora al salesiano en la Sociedad y lo hace partícipe de la comunión de espíritu, testimonio y servicio que ella vive en la Iglesia universal. La unión con el Rector Mayor y su Consejo, la solidaridad en las iniciativas apostólicas y la comunicación e información sobre el trabajo de los hermanos, al incrementar la comunión, profundizan el sentido de pertenencia y abren al servicio de la comunidad mundial».

Muchas y crecientes han sido en los últimos años las manifestaciones de esta actitud mundial: las empresas misioneras llevadas adelante con la colaboración de todas las Inspectorías, la intercomunicación continental (Europa, Asia, África, América, Australia), la solidaridad económica, los hermanamientos formales y los no declarados, la sensibilización hacia las necesidades de regiones lejanas, la atención y apoyo a la Universidad Salesiana de Roma y a la Dirección General, de que hemos tenido prueba durante estos días de Capítulo, la visita a los lugares significativos para todos nosotros y el deseo de seguir caminos idénticos: la comunidad educativo-pastoral, el proyecto educativo-pastoral salesiano y Movimiento Juvenil Salesiano.

Es una dimensión que, al hacerse más pequeño el mundo por la comunicación y la facilidad de movimiento y transporte, se va haciendo cotidiana.

Ofrece nuevos espacios a nuestra misión y nos proporciona elementos hoy imprescindibles para educar a jóvenes y adultos en valores importantes, tales como la apertura intercultural, la capacidad de convivencia interétnica, la solidaridad, la tolerancia y la valoración crítica de los sistemas económicos. Así pues, tiene que realizarse con formas nuevas y más abundantes que en el pasado.

Confiando a la creatividad de las Inspectorías las iniciativas que vayan surgiendo, destaco algunas que en este momento son importantes.

Una es la colaboración en el esfuerzo misionero: hay fronteras que necesitan consolidarse con personal selecto para servicios cualificados de formación o animación y con estructuras educativas adecuadas; otras esperan ser abiertas, después de un estudio atento sobre el mejor empleo de nuestras fuerzas. Hay hechos que podemos considerar signos y aparecen campos de siembra prometedores para la Iglesia y para nuestro carisma.

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A la apertura internacional nos también lleva el voluntariado seglar misionero, particularmente el juvenil. Las primeras pruebas y orientaciones ya han demostrado su validez; parecen suficientes para intentar una expansión valiente. Es una iniciativa que va de acuerdo con la pastoral entre los jóvenes adultos bien dispuestos para este compromiso.

Añado la inculturación del carisma salesiano, basada en un estudio atento de sus riquezas originarias. Habrá que profundizar en el espíritu y contenido de las Constituciones, nuestro código de referencia, y en los demás textos fundamentales de la historia y espiritualidad salesianas. Es imposible inculturar lo que todavía no se conoce aunque se presente bajo ropaje de otra cultura.

La valoración de los centros internacionales de estudio y de las iniciativas de formación en las que intentamos unir a todas las partes de la Congregación. Dejando a un lado pequeñas reservas, en las que a menudo se insiste más de la cuenta, el saldo de la asistencia estudiantil a dichos centros es altamente positivo para las personas, las Inspectorías y la Congregación. Por ahora nada que los pueda substituir y mejorar.

Las Constituciones subrayan la importancia de la comunicación con el Rector Mayor y su Consejo. Nuestra intención es que nada os impida hacernos llegar vuestras demandas e impresiones y, si hace falta, vuestras fraternas observaciones, y que nada nos impida a nosotros hablaros oportunamente y con claridad.

3.10. Una pedagogía de aplicación: orientaciones, contenido, práctica, revisiones

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Como todo Capítulo General, también el nuestro ofrece a las Inspectorías ideas y orientaciones operativas para ayudar a vivir hoy con más plenitud nuestro carisma en la Iglesia. Habrá que introducirlas en la realidad de cada Inspectoría; es una realidad muy amplia y variada. Habrá que integrar las indicaciones capitulares en un proyecto unitario y convertirlas en procesos que faciliten su asimilación vital: mentalidad, actitudes, capacidades y experiencias. Se trata de llevar unas visiones amplias al terreno de la vida diaria. Es todo un reto: hay que encontrar la mediación eficaz entre inspiraciones y práctica, entre el documento y su aplicación concreta.

En nuestra Congregación no han faltado estrategias operativas ni métodos adecuados para llevar a la práctica los principios y criterios y entrar con ellos en la vida de las personas. Basta pensar en nuestros diversos manuales, en la insistencia sobre los proyectos e itinerarios, en la importancia dada a la comunidad local, a la comunidad educativo-pastoral y a la comunidad inspectorial, y en las continuas recomendaciones de programar y revisar, es decir, de trabajar juntos para lograr la unidad de criterios, confluir en los esfuerzos, adecuarnos a la situación y superar el individualismo, la discontinuidad y fragmentación y la forma genérica de actuar.

Ciertamente ha habido progreso; sin embargo, parece que la situación pide un nuevo esfuerzo para lograr un cambio de mentalidad y favorecer un modo personal y comunitario de vivir y actuar.

San Juan Bosco - educador, pastor y maestro espiritual - supo unir la audacia del iniciador (grandes horizontes y motivaciones, respuesta creativa a las novedades), el sentido práctico del organizador (formular un proyecto y erigir un sistema, crear una comunidad estable y darle una organización) y la sabiduría del pedagogo, atento a las situaciones y procesos y capaz de crear un clima, un ambiente, un estilo de relaciones y una metodología de lo cotidiano con sus momentos y referencias.

No faltan, pues, orientaciones. También es evidente la multiplicación de intervenciones para llevarlas a la práctica. No obstante, la distancia que hay entre las propuestas y su actuación y la valoración del resultado de tantos esfuerzos invitan a revisar la pedagogía práctica. La fecundidad de nuestro trabajo, la calidad de nuestra vida y el carácter significativo de las personas, comunidades e iniciativas dependen, en gran parte, de este inteligente sentido práctico pedagógico, no separado de la organización y de la magnanimidad de las inspiraciones.

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A título de ejemplo, podemos referirnos a algunos ámbitos.

En cuanto a la acción pastoral: hay que buscar decididamente la comunión de criterios (mentalidad), la convergencia de intenciones (objetivos) y el carácter orgánico de las actuaciones (corresponsabilidad, dimensiones, continuidad, revisiones...); lo llamamos "comunidad educativo-pastoral" (CEP) y "proyecto educativo-pastoral salesiano" (PEPS); el documento capitular lo presenta como expresión fuerte de la comunión y de la participación en el espíritu y la misión de san Juan Bosco, como camino de formación permanente y condición de fecundidad apostólica. Se trata de ir más allá de un simple actuar generoso, para compartir los criterios de acción, la programación sistemática, la revisión periódica y el reajuste de nuestra actuación.

En cuanto a la vivencia espiritual salesiana: se siente la necesidad de traducir en itinerario de vida y en pedagogía personal el estilo de santidad que une el da mihi ánimas y el Sistema Preventivo, de asegurar las condiciones que permitan al salesiano vivir a fondo su vocación, evitando la fragmentación, el desgaste y la superficialidad espiritual, pastoral y pedagógica tantas veces denunciada; de lograr que crezca una verdadera espiritualidad comunitaria compartiendo la vivencia apostólica, el discernimiento y siguiendo juntos un itinerario espiritual.

En cuanto a la acción de gobierno en sus distintos niveles, se requiere un nuevo esfuerzo para movilizar energías en la perspectiva del significado superando situaciones de emergencia o un proceder pragmático, inmediato o repetitivo y tratando de encontrar un justo equilibrio entre calidad y amplitud; dar unidad a las propuestas buscando más convergencia en los objetivos y mensajes, suscitando adhesión a opciones motivadas, jerarquizando los servicios y las actuaciones y evitando la tendencia a lo sectorial; adecuar todo a los ritmos de asimilación y a la capacidad de acción, a las situaciones personales y comunitarias.

* * *

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Las perspectivas, pues, son exigentes. El conjunto de lo que debemos hacer puede dar la impresión de que es un poco duro; sin embargo, el campo que tenemos delante es cada vez más amplio y fértil. En consecuencia, el trabajo se nos presenta halagüeño; la fecundidad del Espíritu, que ya hemos experimentado, lo hace gozoso.

Que María, que indicó a san Juan Bosco su campo de trabajo y lo alentó a cultivarlo con fe, nos acompañe y asista. Hoy le decimos con particular intensidad en nombre de todos nuestros hermanos: «Nos ponemos bajo tu protección materna, y, fieles a la vocación salesiana, te prometemos trabajar siempre a mayor gloria de Dios y salvación del mundo».