Rector Major

Discursos

4. Discurso del Vicario General, don Juan E. Vecchi, en la inauguración del XXIV Capítulo General

ANEXO NÚM. 04

      Eminentísimo señor cardenal Eduardo Martínez Somalo,

      eminentísimos señores Cardenales y Obispos,

      madres, hermanas y hermanos

      responsables de grupos de la Familia Salesiana,

      señores capitulares:

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Comenzamos el XXIV Capítulo General de la Sociedad de san Francisco de Sales, que nos pone en camino hacia el gran Jubileo de la Redención.

Me alegra poder dirigir un saludo de agradecimiento a S. Em.ª el Prefecto de la Congregación de Institutos de Vida Consagrada y de Sociedades de Vida Apostólica. Su presencia es signo de nuestra comunión con todos los que en la Iglesia han acogido la invitación de seguir radicalmente a Cristo.

Agradezco a nuestros hermanos Cardenales y Obispos su fraterna participación en este acto. Vuestra vocación salesiana, puesta al servicio de tan altas responsabilidades pastorales, nos recuerda el carácter eclesial de nuestra Congregación y de esta asamblea.

Nuestra gratitud también a la representación, en esta aula, de las ramas de la Familia Salesiana: un gracias cordialísimo a la madre Marinela Castagno, superiora general de las Hijas de María Auxiliadora, al coordinador de los Cooperadores, al presidente mundial de los Antiguos Alumnos y Antiguas Alumnas, a la responsable mayor de las Voluntarias de Don Bosco y a las superioras generales de las Oblatas Salesianas y de las Apóstoles de la Sagrada Familia.

A vosotros, capitulares, llegados de todo el mundo, mi bienvenida más afectuosa y la expresión de mis mejores deseos con vistas a un buen trabajo.

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1. Un acontecimiento de Iglesia

Las Constituciones explican el significado del acontecimiento que hoy nos reúne aquí. Nuestro Capítulo General es el principal signo de unidad de la Congregación: signo en sentido sacramental, en cuanto que manifiesta dicha unidad y al mismo tiempo la produce y fortifica.

La unidad se revela en la reunión fraterna visible. En ella queremos hacer una reflexión comunitaria, a fin de mantenernos fieles al Evangelio y al carisma del Fundador y sensibles a las necesidades de los tiempos y lugares. El Evangelio y el carisma son las referencias comunes y constantes, pero no estáticas; los tiempos y lugares son la tierra donde sembrarlos para que florezcan y den nuevos frutos; la voluntad de Dios, buscada en el discernimiento, es la indicación que aguardamos para orientarnos en las opciones prácticas.

El Capítulo General es, así, la mediación por la que la Sociedad Salesiana, en su totalidad, trata de conocer, en un determinado momento de la historia, el servicio que debe prestar a la Iglesia y a los jóvenes.

No es empresa de poca monta, pues los objetivos mencionados - discernimiento de la voluntad de Dios, fidelidad al Evangelio y al carisma, unidad espiritual y de acción, servicio a la Iglesia, docilidad al Espíritu, sentido del tiempo, adaptación a los lugares - están en la raíz de nuestra existencia humana y son el fundamento de nuestra vida consagrada.

Es verdad que llevan consigo tareas exigentes, pero son al mismo tiempo nobles y gozosas, tanto más cuando contamos con los excelentes compañeros de camino que son el Espíritu Santo, la Virgen María y san Juan Bosco.

La imagen del Capítulo General que dan las Constituciones aparece como desplegada en el tiempo a lo largo de nuestra historia de 150 años. En ella, cada una de las veintitrés grandes asambleas anteriores a la nuestra, no obstante sus profundas diferencias, ha abierto una perspectiva, ha concretado un rasgo, ha reforzado una dimensión o perfeccionado una normativa. En conjunto, no sólo han asegurado nuestra unidad carismática en el paso del tiempo, sino que la han enriquecido continuamente.

Este momento, pues, se presenta lleno de significado y posibilidades, pero también de realidades ya logradas.

Podría parecer que esto sólo tiene que ver con la Congregación o, a lo más, con la Familia Salesiana. Sin embargo, el artículo 6 de las Constituciones nos lleva a otro horizonte: nos invita a mirar a la Iglesia y a sentirnos dentro de su misterio. «La vocación salesiana - dice - nos sitúa en el corazón de la Iglesia y nos pone plenamente al servicio de su misión». Es precisamente la Iglesia la que ve nuestro Capítulo General no como un hecho particular de un instituto religioso, sino como un acontecimiento eclesial, cuando en su ley (canon 631) determina su carácter, ámbito y finalidades principales.

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Estamos reunidos aquí como Iglesia, convocados por ella y para su servicio en virtud del carisma que, con los restantes dones suscitados por el Espíritu Santo, constituye el misterio del Cuerpo de Cristo y la fuerza principal de su misión.

Esta dimensión eclesial la hemos subrayado con la acogida filial del mensaje del Santo Padre, que, según las Constituciones, es nuestro superior supremo, a cuya autoridad los socios, también cuando se reúnen en Capítulo General, se someten filialmente incluso en virtud del voto de obediencia.

Precisamente por su significado espiritual y eclesial, el Capítulo General posee la autoridad suprema en la Congregación. La ejerce de forma extraordinaria, sobre todo mediante el desempeño de tres incumbencias: legislativa, electora y deliberativa.

Todo capitular, una vez elegido por su Inspectoría, es miembro del Capítulo General con responsabilidad personal plena y exclusiva. No está vinculado a directrices u opciones de su Inspectoría o Región como si fuera un simple portavoz, pues el Capítulo General no es una asamblea de representantes, sino un cuerpo colegial de gobierno extraordinario, cuya autoridad procede de las Constituciones (cf. art. 122).

La primera y principal referencia de todo capitular es el mismo Capítulo General, sus objetivos e intenciones y el camino de discernimiento que se hace en él. A dicho camino cada uno aporta su experiencia personal y su sensibilidad cultural, y en él se deja plasmar por el diálogo a la luz del carisma.

Todo esto se encuentra en la misma naturaleza del Capítulo General, el cual mira, ante todo, a la Congregación y a sus partes, en función de la unidad, fidelidad y vitalidad del conjunto. Es para todos un fuerte llamamiento a asumir la dimensión carismática y la perspectiva mundial por encima de la particular.

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2. El XXIV Capítulo General

Este XXIV Capítulo General es el más numeroso de la historia salesiana: 210 capitulares, llegados de 89 circunscripciones, que también son el mayor número tenido hasta ahora.

Asistirán 208. Dedicamos un recuerdo emocionado y agradecido a don Egidio Viganó, que debería haberlo presidido, y a don Martín McPake, consejero de la Región de lengua inglesa. A los 208 capitulares efectivos se añaden siete invitados, con lo que también se asegura una presencia más consistente de salesianos coadjutores.

Las etapas preparatorias, indicadas en las Constituciones y en los Reglamentos Generales, se han cumplido puntualmente: convocatoria y propuesta del tema, formación de la comisión técnica, capítulos inspectoriales, nombramiento y trabajo de la comisión precapitular, envío - con la debida antelación - del esquema de trabajo, y designación de la comisión jurídica para el control de las elecciones.

Creemos, pues, que, en cuanto a las responsabilidades humanas, la preparación ha sido lo mejor que podía ser.

El XXIV Capítulo General se sitúa en continuidad progresiva con los capítulos generales del posconcilio. Tras la reflexión global sobre la identidad salesiana y la consiguiente promulgación de las Constituciones renovadas, se han profundizado aspectos particulares de nuestra vida: la evangelización de los jóvenes, la formación, la práctica pastoral o Sistema Preventivo, la animación de la comunidad, la figura de los socios. Posteriormente la atención se centró en puntos más concretos y verificables: el camino de fe que debemos ofrecer a los jóvenes, los criterios de funcionalidad de las obras, la espiritualidad juvenil salesiana, la configuración del sujeto de la acción pastoral, es decir, la comunidad educativa con los salesianos como animadores y los seglares como partícipes de los intereses educativos y pastorales salesianos.

Precisamente este último tema une de modo muy claro nuestro XXIV Capítulo General al anterior, ya que se propone esclarecer y concretar la forma de participación y la corresponsabilidad que los seglares pueden tener en el espíritu y misión de san Juan Bosco, siempre con miras a la evangelización de los jóvenes, sobre todo de los más pobres, en el contexto de la comunidad educativa, de la Familia Salesiana y del vasto movimiento de Amigos de Don Bosco o, en cualquier caso, de quienes se interesan por la educación en sentido cristiano.

A primera vista podría parecer que se trata de completar o perfeccionar cosas ya dichas sobre la práctica pastoral. Sin embargo, es una invitación a revisarla desde la nueva perspectiva de la Iglesia como pueblo de Dios que ha ido madurando últimamente.

También podría dar la impresión de que se trata de un esfuerzo más para difundir el espíritu salesiano, cuando en realidad es un impulso para reconsiderarlo a fin de descubrir dimensiones aún ocultas. En tal sentido, el camino hecho resultará muy útil para acoger lo que ya vislumbramos. Es imprescindible para comprender y hacer fecundo hoy lo que hemos preparado hasta ahora.

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Asimismo, este Capítulo General, igual que los anteriores, debe elegir al Rector Mayor y a su Consejo. No me parece necesario subrayar la importancia de este acto. Nuestros órganos de comunicación han sensibilizado a las comunidades y a los salesianos de forma más intensa que otras veces. En nuestro camino de discernimiento nos sostiene, pues, la oración y la solidaridad de muchos.

Lo que es un interés legítimo para todos, para cada capitular es un hecho de conciencia, singularísimo y personal ante Dios y ante los salesianos. El Señor quiere servirse de nuestra mediación, personal y comunitaria, para decir quién debe ser signo de la presencia de san Juan Bosco, con sus más íntimos colaboradores. Se espera de nosotros pureza de intención y un esfuerzo conjunto para buscar con serenidad.

La iluminación paciente, la capacidad de escucha, el dejar a un lado razones superficiales y la autonomía en dar el voto tendrán sus fuentes más genuinas en la caridad con todos y en la oración. Hemos querido que las elecciones vayan precedidas de unos días de discernimiento y de petición de ayuda para obtener la serenidad interior que da la asistencia del Señor.

El XXIV Capítulo General, dada su potestad de legislar, también podrá revisar, a tenor del derecho, las normas que puedan necesitar una adaptación urgente, dentro de sus competencias más específicas, es decir, las Constituciones y los Reglamentos Generales. Su autoridad es suprema, pero no aislada ni ilimitada. Se articula y completa con los restantes organismos de gobierno. Sería una pérdida de tiempo afrontar problemas secundarios, o los que, con más agilidad y experiencia, puede tratar el gobierno ordinario.

Para la validez, incluso carismática, de las conclusiones sobre cada una de las tres incumbencias señaladas, hay que asegurar una absoluta corrección jurídica, desde la celebración de las elecciones en las comunidades locales hasta, pasando por el desarrollo de los capítulos inspectoriales, el ámbito y los modos de hacer en el Capítulo General.

Nuestra reunión no es sólo un encuentro de amigos o de agentes de pastoral ni un congreso de estudiosos; es el punto de convergencia de los aproximadamente 17.000 salesianos, cada uno de los cuales tiene en este Capítulo General su parte de responsabilidad, establecida mediante normas estudiadas con detenimiento y sabiduría para expresar la comunión.

Por tanto, la legalidad es mucho más que una simple formalidad exterior: es substancia del Capítulo General, junto con su contenido. Como afirmaba el XX Capítulo General Especial: «La vida religiosa es de naturaleza carismática; por tanto, implica una dimensión espiritual, en la que reside su vitalidad. Con todo, necesita una expresión institucional, [pues] los religiosos son hombres y tienen fines concretos que alcanzar en común» (núm. 706, 1).

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3. Contexto del XXIV Capítulo General

El Capítulo no nos aísla del mundo; al contrario, nos inserta en él con mayor conocimiento de causa y prudencia. Debe ser ocasión para tomar conciencia del momento histórico que vivimos, para participar más evangélicamente en él con un servicio y, sobre todo, con una presencia profética. Ahora bien, hay algunas coordenadas que nos indican la situación espiritual del mundo.

La primera coordenada es la nueva evangelización, que es lectura de los tiempos, percepción de la necesidad de anunciar a Cristo, propuesta y movimiento eclesial que ya está en marcha. Es como la concreción, en la práctica pastoral, del camino de reflexión de la Iglesia en los Sínodos y documentos posconciliares. Aparece como un conocimiento lúcido de las tendencias de la cultura, de los problemas del mundo y de las aspiraciones del hombre, y, al mismo tiempo, como la respuesta que los discípulos de Cristo se proponen dar con su palabra y, sobre todo, con su vida, no sólo para asegurar la salvación después de la muerte, sino también para defender la dignidad de la persona en la historia. Como educadores, nos interesan ambos aspectos, fundidos en nuestro propósito de evangelizar educando.

La segunda coordenada es el descubrimiento de las riquezas que supone para la nueva evangelización cada una de las vocaciones: la del seglar, la del ministro ordenado y la del consagrado; pero no aisladamente, sino en interacción recíproca, enriquecimiento mutuo y actuando conjuntamente con miras a la fermentación evangélica del mundo. No se pide que nos equiparemos, que diluyamos nuestra identidad ni que seamos menos consagrados; al contrario, se nos pide que lo seamos más radicalmente y con mayor claridad, a fin de que también los seglares vivan el Evangelio de forma más radical en las realidades seculares. Se pide que saquemos nueva luz y fuerza de nuestro situarnos en la transcendencia y en el amor total, para que los seglares se sientan impulsados a fermentar las realidades del mundo desde dentro, según sus propias leyes, orientándolas hacia el Reino.

La tercera coordenada es el Jubileo de la Redención del año 2000. Por excepcional que sea este número, representa más que una fecha memorable. Encierra un conjunto de significados, tales como la necesidad de profecía en nuestra época, el despertar, para los creyentes, de la esperanza en Quien era, es y viene; el tenue resplandor "del más allá" para los que no creen, la convocación de todas las Iglesias a la unidad y de todas las experiencias religiosas a trabajar por el hombre. El año 2000 sólo es una indicación cronológica; el tiempo histórico se presenta lleno de posibilidades. A escrutarlas se nos llama también a nosotros en cuanto Capítulo General.

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4. Conclusión

La naturaleza, los fines, las incumbencias y el contexto requieren, en cada capitular y en el Capítulo como tal, visión y concreción, utopía y efectividad práctica. Puede ocurrir que ambas dimensiones aparezcan separadas en las expectativas. Quizás alguien lo quiere profético y carismático, abierto al futuro de Dios y sin límites en las perspectivas; otro, en cambio, lo desea práctico, casi administrativo, limitado a las posibilidades que se ven hoy y prudente ante las que se puedan soñar. A los capitulares nos toca hacer la síntesis de una y otra. No se puede quedar deslumbrado por los horizontes lejanos, de modo que no se vea dónde se ponen los pies hoy; pero tampoco podemos tener la vista tan concentrada en lo inmediato que no descubramos la luz de las perspectivas ni tender a su realización.

Como religiosos y educadores, somos simultáneamente especialistas en sueños y en los caminos posibles, en la utopía del Reino y en el trabajo de cada día.

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A quien le fue dada a san Juan Bosco como maestra de sabiduría le pedimos inspiración y guía en el trabajo que nos disponemos a emprender.

Roma, 19 de febrero de 1996