3. UNIDAD Y DIVERSIDAD EN LA MISIÓN COMÚN

[65]

Riqueza de los dones del Espíritu

La Iglesia recibe de Cristo Resucitado el Espíritu del Padre, que la hace partícipe de la vida trinitaria, la unifica en la comunión y en el ministerio y la adorna con múltiples carismas y dones. El Espíritu la impulsa a abrirse al mundo y a las culturas para transformarlas con la fuerza del Evangelio, y la renueva en las diferentes etapas de inculturación hasta llevarla a la comunión perfecta con su Esposo.19

Por la acción del Espíritu, la comunidad eclesial es una comunidad orgánica, que se caracteriza por la presencia de vocaciones, carismas y ministerios diversos y complementarios.20

Todos ellos están al servicio del crecimiento del Cuerpo de Cristo en la historia y para su misión en el mundo.

[66]

Pluralidad de ministerios

En la Iglesia todos son consagrados y enviados en virtud del Bautismo y de la Confirmación. Sin embargo, el ministerio ordenado y la vida consagrada son una forma específica de consagración con vistas a una misión peculiar.

Los seglares, por la consagración del Bautismo y de la Confirmación, están llamados a ser signos del Reino en el mundo tratando las cosas temporales y ordenándolas según Dios. La índole secular es lo que distingue su existencia cristiana.21 En el trabajo, en la familia, en la política, en la economía, en la ciencia, en el arte o en la comunicación social viven la vocación de todos a la santidad, con un compromiso de promoción humana y de evangelización. El seglar cristiano es, por tanto, un miembro de la Iglesia en el corazón del mundo y un miembro del mundo en el corazón de la Iglesia.22

Los ministros ordenados, además de la consagración fundamental del Bautismo, en virtud de la unción del Espíritu Santo en el sacramento del Orden reciben un carácter especial, que los identifica con Cristo Sacerdote.23 La caridad del buen pastor los impulsa a dar su vida por la grey24 y a construir la comunión eclesial, que anima y preside el obispo. El ministerio ordenado está al servicio del sacerdocio común de los fieles.

Las personas consagradas, al abrazar los consejos evangélicos, reciben una consagración nueva y peculiar que, sin ser sacramental, las compromete a hacer propia la forma de vida de Jesucristo, que él propuso a sus discípulos.25 La vida religiosa manifiesta, de un modo particularmente rico, los bienes evangélicos y el fin de la Iglesia: la santificación de la humanidad.26 Su vida de comunión es un signo para el mundo y le dispone a creer en Cristo.27

[67]

Reciprocidad y complementariedad del hombre y la mujer en Cristo

La nueva relación con Dios en Cristo produce también novedad en la relación del hombre con la mujer. Tal novedad está llamada a ser visible particularmente en la vocación al matrimonio, que se hace signo de la unión de Cristo con su Iglesia.28

En el ámbito eclesial, la reciprocidad del hombre y la mujer tiene hoy una importancia vital. Se impone un cambio «para dar [a la mujer] más cabida en el conjunto de la vida social y de la vida eclesial».29

[68]

María, figura ideal de la Iglesia comunión

Miramos a María.

Ella fue llamada a una comunión particular con la Trinidad, que la hizo madre del Verbo para darlo al mundo. A ella mira la Iglesia peregrina en el tiempo; a ella miró nuestro Fundador desde el sueño de sus nueve años; educado por ella, se hizo hombre de Dios y de los jóvenes.


19 Cf. LG 4

20 Cf. 1Co 12, 4­7

21 Cf. LG 31

22 Cf. Documentos de Puebla 103

23 Cf. PO 2

24 Cf. PO 13

25 Cf. VC 31

26 VC 32

27 Cf. VC 46; 51

28 Cf. Ef 5, 32

29 Juan Pablo II, Carta a las mujeres, 10