24. Homilía en la misa de clausura del XXIV
Capítulo General
Roma, 20 de abril de 1996
Nuestra experiencia capitular llega a su término iluminada por
la presencia de Cristo resucitado. Sale a nuestro encuentro la imagen de
María a los pies de la Cruz.
Es una imagen pascual. La representación "lacrimosa"
sólo corresponde a los últimos siglos. En el Evangelio no
hay ninguna referencia a las lágrimas o a la tristeza. Simplemente
estaba de pie, tomando parte en aquel acontecimiento supremo de la humanidad.
Es un primer perfil de María Auxiliadora.
La cruz, para san Juan, coincide con la glorificación de Jesucristo;
es el momento culminante de su revelación, su ir hacia el Padre.
«Cuando sea ensalzado sobre la tierra, atraeré a todos hacia
mí» (Jn 12, 32). De la Cruz nace la comunidad de los creyentes,
representada por el pequeño grupo reunido a su alrededor y simbolizada
por el agua del Bautismo y por la sangre de la Eucaristía. En la
cruz se basa la unidad nueva del género humano que Cristo debe realizar
según la promesa mesiánica. En este cuadro eclesial se encuentran
engarzadas las palabras dirigidas a María, que sugieren un símbolo
que descifrar y un misterio que descubrir más que ofrecer la narración
emocionada de un hecho.
El episodio de María está en el centro de las últimas
escenas que transmiten el recuerdo de la muerte de Jesús. Está
unido a la escena de la túnica «sin costura, tejida toda de
una pieza de arriba abajo» (Jn 19, 13) que los soldados no se atreven
a dividir en partes, símbolo de la humanidad rehecha, del pueblo
de Dios definitivamente reunido por la gracia de Cristo. Y va seguido de
la expresión con que Jesús declara cumplido el designio del
Padre. «Dicho esto, sabiendo Jesús que todo había llegado
a su término...» (Jn 19, 28).
No se trata, pues, únicamente de la solicitud y amor filial de
Jesús, que confía a María a alguien que le sirva de
apoyo, ni del afecto de los discípulos hacia de ella.
Son cosas reales, pero al evangelista no le interesan demasiado. Juan
quiere que sus lectores interioricen el significado de la muerte de Jesús
y penetren en su misterio salvífico. Deja a un lado la superficie
emotiva del drama y se detiene en sus efectos para el camino de la humanidad.
Bajo esta luz presenta el diálogo entre Jesús, María
y el discípulo.
Jesús se dirige, en primer lugar, a María. Da la impresión,
y es precisamente así, que no es María quien es confiada
a Juan, sino éste a ella como hijo. Llama nuestra atención
que María no sea llamada por su nombre, sino siempre por el apelativo
de "su madre". Nos recuerda mucho el episodio de Caná,
del que Juan afirma que en él «Jesús... manifestó
su gloria y creció la fe de sus discípulos en él»
(Jn 2, 11). Es la gloria inicial de la revelación del Mesías,
que tiene su punto culminante en la muerte. También nos hace pensar
en el apelativo de "mujer" que se usa en el mismo episodio, símbolo
de las nuevas nupcias, y, más atrás en la historia, en la
mujer de la creación, de la tentación y de la sentencia de
Dios: Eva.
Por lo demás, nunca se dice el nombre del discípulo.
Representa al seguidor de Jesucristo, al conjunto de sus discípulos,
a la comunidad de sus fieles, que se caracterizan por ser amigos de Cristo
y porque éste los ama.
Todo ello hace pensar que no estamos en el momento de una providencia
que se toma, sino de una encomienda solemne y sagrada, de un punto de partida.
Jesús llama María a una nueva maternidad, cuyo origen está
en la cruz, que la hace fecunda. Es una nueva capacidad de engendrar en
el Espíritu.
Estamos "en la hora" de Jesús, la que aún no
había llegado en Caná. María será su madre,
no sólo por haberle dado acogida en su seno, sino porque, identificándose
siempre y totalmente con la comunidad que nace de la cruz, lo concebirá
continuamente, en la historia, en millones de personas a lo largo de los
siglos.
María representa y concentra en sí, como calidad, a la
Iglesia universal y a cada comunidad local. Todas nacen al pie de la cruz
y están llamadas a gozar de sus riquezas, significadas en el agua
y en la sangre, y a dar testimonio de ellas con la ardiente fidelidad de
aquel primer núcleo.
Por ello, la comunidad de los discípulos toma a María
consigo. La vemos con ellos durante la espera de Pentecostés. Ella
era ciertamente un testimonio vivo de la existencia histórica de
Jesús desde sus primeros años; pero, sobre todo, era una
mediación materna para abrirnos al misterio de Cristo, Hijo de Dios.
Desde entonces está siempre presente en todas las comunidades, visiblemente
bajo los signos con los que la comunidad la venera, y, en profundidad,
mediante una fecundidad que siempre da signos nuevos e imprevisibles. Es
la compañía que también nosotros llevamos a nuestra
comunidad al terminar nuestro XXIV Capítulo General.
Ella nos recordará el valor del ofrecimiento personal a Dios
como fuerza de la caridad pastoral.
Hoy vamos a recibir una pequeña estatua del "Buen Pastor"
con la oveja a cuestas. Las actitudes y los gestos de Cristo, que a menudo
recordamos como ejemplares (acogida, escucha, apoyo, iluminación,
misericordia), tienen en la cruz su coronamiento y explicación.
El Pastor que Juan presenta en su capítulo 10 es el que da la vida.
Si lo ignoramos, nuestra caridad pastoral se convertirá en técnica
de acercamiento, en relaciones públicas o en una forma de beneficencia,
pero no de salvación.
María, incorporada interiormente a este ofrecimiento por la palabra
de Jesús, nos educa en el sentido de la misteriosa fecundidad del
amor.
También para ella todo tiene su cumplimiento y todo se revela
en este momento. Su preocupación de servir al Hijo de Dios en su
desarrollo adquiere otra dimensión: de Jesús a la Iglesia
- la histórica y concreta, formada por hombres y vicisitudes -,
de la fecundidad humana a la de la gracia. Aceptarlo fue una prueba más
para su fe, una especie de salto de calidad.
María, al pie de la cruz, nos revela el valor de la comunidad,
donde se realizará nuestro servicio, de la comunidad que asiste
al sacrificio de Cristo de forma singular y diversa. Es portadora de la
memoria y la única que comprende su significado. Es más que
un "grupo". Es el espacio donde Dios revela su salvación.
Lo pensamos de las comunidades educativas que animamos, de la Familia
Salesiana y del Movimiento Salesiano, de las Iglesias. Cuidamos su referencia
a Cristo, su unidad en el amor y en la acción. Con ellas invocamos
y esperamos al Espíritu y estamos atentos a sus signos.
María al pie de la cruz nos recuerda la salvación de la
que deseamos ser signos y portadores: la que procede da la Redención
de Cristo y abre a Dios para recibir de él la realización
perfecta de la propia existencia. Muchas iniciativas ponemos en marcha
en favor de jóvenes y adultos. Todas ellas orientadas hacia una
y principal, todas fermentadas por una sola, la que se formula en nuestro
lema da mihi animas: la salvación en Dios, la que está
en el centro de la obra de Jesucristo.
Con María, junto a la cruz, descubrimos cuáles son las
fuerzas para la transformación que Dios quiere obrar en nosotros
y en nuestras comunidades: el agua y la sangre; la purificación
y la eucaristía. El tiempo pascual, que estamos viviendo, es el
tiempo de la pedagogía sacramental. Las páginas evangélicas
y los itinerarios litúrgicos la presentan de mil formas.
Dentro de poco pronunciaremos las palabras de nuestro ofrecimiento a
María. Será un acto de fe en su asistencia y la expresión
de nuestro deseo de llevarla con nosotros.
Hemos celebrado los 150 años de la llegada de San Juan Bosco
a Valdocco. La presencia de María une, como hilo rojo, los pasos
de su vivencia espiritual y pastoral: comienzo del oratorio, su asiento
en Valdocco, fundación de nuestra Congregación, expansión
de la misma. Nos encontramos ante una nueva etapa. Que una vez más
sea ella garantía de nuestro ofrecimiento, de la salvación
de que somos portadores, de las comunidades que formamos.
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