23. Homilía del Jueves Santo

ANEXO NÚM. 23

Roma, 4 de abril de 1996

Hoy, Jueves Santo, recordamos con veneración los gestos y palabras de Jesucristo en la última cena de su vida, a la que dio significado de sacrificio espiritual en honor del Padre.

Hay cuatro motivos que se entrecruzan en esta celebración, pórtico del solemne triduo pascual: la Iglesia, nuevo pueblo elegido, establecido sobre el pacto de Dios con la humanidad rubricado en Cristo y fundado históricamente sobre los doce testigos y depositarios del secreto de Jesús; la Eucaristía como signo, memoria y actualización de esa alianza en todo tiempo y lugar; el sacerdocio, particularmente de quienes estuvieron con Jesús desde el principio y que en esta hora son elegidos por él como familia propia para celebrar con él la Pascua, y el amor de servicio, clave para interpretar el acontecimiento de Jesús, explicación de la Eucaristía, mandamiento para la comunidad, tarea y razón del sacerdocio.

Son cuatro motivos que se implican e incluyen recíprocamente. En el contexto particular de la cena del Señor no es posible separarlos sin que pierdan parte de su significado.

Hoy nos interesa tomarlos desde el punto de vista del ministerio sacerdotal, ya que es un hecho extraordinario ver reunidos a tantos presbíteros salesianos para celebrar el Jueves Santo.

El Papa escribe todos los años, en esta ocasión, una carta a los sacerdotes. Nosotros, además, estamos profundizando la comunidad educativa y pastoral, la Familia Salesiana, el Movimiento Salesiano y el intercambio de bienes que debe haber en ellos. En los últimos treinta años hemos meditado mucho sobre el servicio que deben prestar quienes animan a las comunidades, y se ha dicho cientos de veces que debe estar enriquecido e inspirado por los dones y la experiencia sacerdotales. Esta condición no ha sido considerada sólo como algo previo para asumir el cargo, sino como contenido mismo de la animación, que no es técnica, sino espiritual: basada en la gracia y orientada a hacer vivir cada vez con mayor intensidad el estado de gracia o santidad mediante las mediaciones que Cristo confirió a sus apóstoles.

El ministerio ordenado no es, en primer lugar, una delegación para hacer algo, sino una vocación y un don carismático. Antes de atender a la necesidad que siente el pueblo de tener momentos de reunión y oración es una invitación de Dios a algunos a seguir a Cristo de una forma determinada. Nadie accede a ella por familia y por sus cualidades personales, sino por una voz que se oye interiormente y que la Iglesia discierne y acoge. Brota del Espíritu. No formamos un grupo social. Nuestro sacerdocio es espiritual como el de Jesucristo. La gracia del Espíritu nos lleva a configurarnos con Cristo Pastor y nos dispone a ofrecer la vida a Dios por los hombres; por su salvación, que consiste, sobre todo, en la revelación de Dios, en quien el hombre logra descubrir su destino.

Tal fue el gran trabajo de Jesucristo, como dijo en los últimos y supremos momentos: «Les he revelado tu nombre» con paciencia, constancia y pedagogía. A esto se refieren todos sus gestos y acciones, que llegan a nuestra dimensión corporal y psicológica; pero, sobre todo, despiertan nuestra conciencia de hijos de Dios, comunican el don del Espíritu, dan el sentido de la existencia y reconcilian con el Padre.

  • El carisma que recibe quien ha sido llamado al ministerio sacerdotal está destinado a la comunidad, sobre todo de cuatro formas.
  • Es el carisma del fundamento; lleva continuamente la comunidad a Cristo mediante la exhortación, y particularmente uniéndola históricamente al acontecimiento de Cristo por su participación en la sucesión apostólica de los obispos. La fe cristiana no es un humanismo religioso refinado, ni la suma de lo mejor de las religiones existentes o posibles. Es la acogida, en primer lugar, de un hecho ocurrido y de sus consecuencias: la encarnación, la pasión, la muerte y resurrección de Jesucristo. Las comunidades se unen a este acontecimiento mediante el testimonio de los apóstoles, mantenido por la Iglesia hasta nosotros por medio de sus sucesores. Corresponde al sacerdote conservar viva la memoria de esta referencia y hacer que las demás preocupaciones e iniciativas de la comunidad se refieran a ella. En la comunidad hay muchos dones. Pero el ministerio es el carisma del fundamento. No se trata sólo de cualidades personales o de preparación profesional, aunque ambas cosas ayuden muchísimo, sino de la constitución del Cuerpo de Cristo, como dice claramente la celebración de hoy. Corresponderá a todo presbítero, por su familiaridad con Jesucristo, esforzarse en hacerlo presente para que la comunidad tenga un apoyo y crezca sobre bases sólidas.

    El sacerdote lleva a la comunidad otro don: es signo y fuerza de la comunión eclesial, en sentido interno y espiritual, además de visible. Las comunidades cristianas no se distinguen sólo por las celebraciones o por su sentimiento de simpatía hacia Cristo, ni tampoco por el solo contenido de la fe, sino por una pertenencia histórica. Hay un pueblo que está llamado a ser "instrumento" de la salvación traída por Cristo, ni fuera ni más allá de la historia, sino dentro de ella. La pertenencia tiene signos de identificación y exigencias de vida. Es comunión espiritual y unidad visible. Los sacerdotes no monopolizan el sentido de Iglesia, pero ciertamente lo alimentan, sostienen y enriquecen, desde el nivel mínimo, como es la convergencia en algunos valores humanos, hasta la comunión total.

    Unido a los anteriores está el tercer don: la autenticidad de la fe y de la vivencia cristiana. La fe de cada persona y de la comunidad es respuesta al anuncio de la salvación y aceptación de sus condiciones. Requiere vibración de sentimiento y profundidad de reflexión; pero se refiere al Evangelio, no a especulaciones, fruto de la mente humana, y tiene una verificación: la Iglesia de los apóstoles. En tal anuncio y mediante tal confrontación hay que ahondar también para penetrar en el sentido y consistencia de los valores humanos según su último destino.

    Sobre el fundamento de Cristo, en la comunión eclesial y con la atención a la fe auténtica, entramos progresivamente en el ámbito de la gracia, de la relación con Dios, de la experiencia humana de sentirnos y ser hijos del Padre, vivida incluso en el nivel psicológico: es el itinerario del Espíritu dentro de nosotros, la comprensión de las mediaciones sacramentales y vitales que nos ofrece Dios. Insisto: No se trata de poderes, sino de una vocación y de un don, por los que el Espíritu nos hace instrumentos para ser vehículos de gracia y nos envía a la comunidad.

  • Los sacerdotes, pues, llevan al fundamento, insertan en la Iglesia, desarrollan la fe e introducen en la gracia por el servicio de la palabra. Todos participan en el anuncio y en la exhortación; pero el sacerdote significa su urgencia para revelar el misterio de la vida: recuerda que ésta culmina en Cristo Jesús; se dedica a actualizarla en la vida y se pone a su servicio.
  • Ayuda igualmente a las personas y a la comunidad a dar la generosa respuesta a Dios que es la santidad. Todos colaboran en ello; pero el sacerdote lo toma como el mayor bien de la persona, se preocupa de que cada individuo y la comunidad avancen en ella para bien de los hombres y para gloria de Dios, y ofrece las riquezas de vivencia y gracia que poseen Cristo y su Iglesia.

    Los sacerdotes animan y rigen a la comunidad para orientarla hacia Cristo, hacer plena la pertenencia eclesial y vivir el amor.

    Repito: No sólo ellos ni necesariamente desde puestos administrativos o de coordinación, sino donde se iluminan las relaciones con el Señor y se define el testimonio de la caridad. Procuran que la comunidad no viva para sí misma, sino que se ponga al servicio del hombre como Jesucristo, que en este ser para los otros no se quede en las posibilidades humanas, sino que comprenda el plan divino revelado en Cristo; que no cuente sólo con los medios temporales, sino con los espirituales; que crea en la fecundidad de la presencia del Espíritu, eduque la conciencia y abra a la gracia.

  • Para ejercer estos ministerios no burocráticamente, sino con alegría interior, entrega y convicción, el Espíritu da a los sacerdotes una fuerza que es la característica de su existencia y espiritualidad: la caridad pastoral. Todos la tienen; pero el sacerdote la recibe como don principal. Es el amor que lleva a contemplar a Cristo y a identificarnos y colaborar con él, que ilumina, sana, reúne a la multitud y da la vida por ella. No sólo. También lleva a hacerlo presente en el propio ambiente mediante gestos y palabras actuales, comprensibles y decididamente orientadas hacia el fin de la salvación.
  • El sacerdocio, concebido así, se ejerce no con algunos actos específicos, sino con toda la vida y en todo momento. Es la existencia sacerdotal, que es mediación como la de Cristo, definido y descrito como sacerdote en la Carta a los Hebreos. El ministro actúa "in persona Christi" cuando celebra y, sin sacralizar por ello su propio estado, incluso cuando camina por la calle, porque toda su vida ha sido asumida por Jesucristo.

  • Todo esto nos sugiere algunos comentarios sobre nuestro sacerdocio salesiano.
  • El primero es que el Señor nos llama a ser sacerdotes educadores. Lo cual quiere decir llevar la gracia de nuestro ministerio al campo de la experiencia humana del joven y de la comunidad que se ocupa de él. Ejercemos el ministerio de la palabra cuando predicamos una homilía, pero no menos cuando hablamos en el patio con un joven, reunimos a un grupo de animadores o damos clase. Hemos elegido como púlpito la escuela, como lugar de anuncio el campamento y la reunión. La palabra de Dios no va aislada; la ofrecemos en el contexto de la vida. Palabra de Dios para el joven puede ser el diálogo y el saludo acogedor si en ellos encuentra iluminación y apoyo.

    Sacamos rendimiento a la fuerza de la animación sacerdotal cuando orientamos nuestras comunidades y obras hacia Cristo, hacia un servicio a la fe de los jóvenes, incluso cuando tratamos cuestiones técnicas o de simple organización.

    Ser sacerdote educador significa no separar nunca el espíritu de la materia, la orientación de los medios, los fines de las mediaciones, lo secular de lo religioso, la vida del sacramento.

    Santificamos cuando celebramos, pero también en nuestras relaciones de cada día. Es verdad que la gracia se comunica en los momentos y gestos de Jesucristo realizados por la Iglesia, pero también por nuestros gestos, si brotan del corazón sacerdotal.

  • El segundo comentario obedece a una pregunta que en apariencia resulta preocupante, pero que en realidad es de gran optimismo. ¿Será verdad que en la comunidad educativo-pastoral hay a veces muchos sacerdotes, pero se nota poco el servicio y don sacerdotal? Si es así, ¿no será porque hemos pensado que la educación, la comunidad educativa y el ambiente juvenil no son el lugar para hacerlo rendir y hemos esperado el domingo para ejercerlo sólo en su forma más religiosa y ritual? De esta pregunta se deduce una perspectiva alentadora: ¡Qué potencial de iluminación, gracia, orientación y transformación entrará en acción cuando todos nosotros, pueblo de Dios y ministerio ordenado, demos vía libre a las fuerzas del propio sacerdocio!
  • Las necesitan jóvenes y adultos. No supondrá un menoscabo de la dimensión secular, sino su perfeccionamiento y plena realización.

    A tal servicio, cuya cumbre está en la Eucaristía, nos invita hoy Jesucristo con sus palabras: «Haced esto en conmemoración mía».