22. Homilía en la fiesta de la Anunciación del Señor

ANEXO NÚM. 22

Roma, 25 de marzo de 1996

El relato en que se anuncia a María el nacimiento del Mesías es uno de los más hermosos del evangelio de San Lucas. Narra un hecho real y al mismo tiempo explica su significado para la historia de la humanidad que es la nuestra. No se refiere sólo al pasado; es clave para leer el presente.

Antes de hacer algunas aplicaciones, concedámonos algunos instantes de contemplación como quien admira un cuadro o un panorama.

La narración se construye mediante alusiones bíblicas que recuerdan las antiguas esperanzas, manifiestan expectativas actuales y se adelantan a los sueños de salvación del hombre. Todo ello se concentra en María, personificación de la humanidad, llamada a acoger a Dios dentro de sí.

«Alégrate»: es el saludo que emplean los profetas cuando se dirigen a la Hija de Sión, que también representa a la humanidad, especialmente a la porción de ella que ha hecho de Dios su herencia y su esperanza.

No es un cumplido para empezar, como nuestro saludo ordinario, sino garantía de la voluntad favorable de Dios, de quien trae una prueba que se podrá comprobar. Dice Isaías: «Alégrate, estéril que no has dado a luz, estalla en un cántico y entona himnos tú que has probado los dolores del parto».

«El Señor está contigo» es una expresión que aparece con frecuencia cuando Dios llama para una misión; se repite en la narración de las vocaciones que van a tener un papel importante en la salvación.

«Para Dios no hay nada imposible» es la frase que escucha Sara, mujer de Abrahán, en el momento desconfiado de su esterilidad, al inicio de la generación de los creyentes. Indica la decisión de Dios de intervenir en la historia humana en favor del hombre, superando cualquier limitación de la naturaleza o de la libertad humana.

Estamos, pues, ante el anuncio de un hecho importante. Estamos ante una "vocación", una llamada a quien debía ser mediación y protagonista humana de tal acontecimiento; a quien, pues, se invitaba, en primer lugar, a creer (¡es lo más difícil!), a aceptar comprometerse y prestar su colaboración en el desarrollo de la vida.

En la Anunciación encontramos una imagen de Dios. Un discutido filme ha tratado de explorarla. Es interesante ver si coincide con nuestra imagen de Dios. No la que repetimos por haberla estudiado en los libros, sino la que vive dentro de nosotros y aplicamos, muchas veces sin darnos cuenta, en nuestro actuar. Dios no está fuera de la historia del hombre; actúa en el corazón de ella, donde los acontecimientos tienen su origen o se cruzan.

Manda un ángel, es decir, se comunica con nosotros y nos da a conocer sus planes, no sólo ni quizá principalmente mediante las grandes organizaciones, sino en la vida ordinaria: la Anunciación tiene lugar en Nazaret, en una casa particular, a una joven prometida, que vive la experiencia del amor familiar y de la responsabilidad. Cuando vemos a nuestro alrededor a chicos y chicas, debemos pensar que en su corazón hay una comunicación con Dios.

Hay una meditación sobre la humanidad, especialmente de aquel sector que es consciente de su propia insuficiencia para alcanzar la dicha, y la pide al Señor: son los pobres. Tal humanidad no es únicamente objeto de la compasión y generosidad de Dios; en sus anhelos y esperanzas tiene la capacidad de acoger a Dios que entabla una comunión incluso en el tiempo, como la que se realiza en la Encarnación. Es también interesante preguntarnos si esa visión de la humanidad orienta nuestro pensamiento y nuestra acción. Dios es concebido dentro de los acontecimientos que afectan a la humanidad.

Hay una visión del Espíritu, el que presidió como amor la creación incubando sobre el caos primitivo, el que después mantuvo encendido el fuego de la esperanza y de los deseos moviendo al pueblo elegido a realizaciones parciales de los mismos.

El Espíritu tiene el misterioso poder de hacer fecundo a quien, para los humanos, es estéril, limitado o perdido. Se trata de una fecundidad no ordinaria, sino de gran valor, en la que tienen origen los hijos de Dios. Es una invitación a revisar nuestra fe en la acción y en el poder del Espíritu. Precisamente igual que una virgen puede concebir un hijo, así también nuestro mundo, aparentemente estéril, está lleno, por el Espíritu, de posibilidades que no nos atreveríamos a soñar.

También hay una presentación de Jesús con abundancia de nombres mesiánicos: «Grande, Hijo del Altísimo, hijo de David»: expresión máxima, flor de la humanidad y palabra definitiva de Dios.

  • Los actores que intervienen en la Anunciación son los mismos que aparecen en los hechos que nos afectan personalmente como creyentes. Por eso he dicho que la narración revela como en una transparencia lo que hoy sucede a cada uno de nosotros y a la Iglesia. Quizás surge en nosotros una pregunta: ¿Qué diferencia puede haber entre esta narración, tan trabajada desde el punto de vista literario y religioso, y aquel episodio humilde, oculto y exteriormente quizás ordinario en que la joven María de Nazaret se vio envuelta?
  • La página evangélica no es ciertamente un adorno, una ficción; tampoco es una simple meditación edificante; da la verdadera dimensión del acontecimiento, porque ya lo contempla en su desarrollo posterior a la Pascua. Capta lo que María no podía entender.

    Así nos enseña a vivir en la fe los hechos de que formamos parte y a comprender que el alcance futuro de las opciones no depende da su vistosidad y grandiosidad, sino de que llevan en sí la semilla de la eternidad, que es el sentido de Dios, la adhesión a su voluntad.

  • Los artistas, los pintores sobre todo, aunque no sólo ellos, han demostrado su predilección por esta escena de la Anunciación. Siempre la incluyen cuando presentan la historia de la salvación, aunque muchos nos la transmiten enaltecida y aislada. Antes sus obras maestras, como frente a esta página, nos quedamos estáticos y pensativos.
  • Nos gustaría escrutar el alma de María a través de aquel porte y aquellos rasgos de su rostro, tan delicadamente trabajados, para descubrir algo, dejando a un lado las palabras y la escena exterior: comprendemos que lo más importante y misterioso ocurre en el corazón y en la mente de María, una muchacha, en edad núbil, que entonces oscilaba entre los trece y quince años.

    Su conversación con el Ángel - trátese de revelación, visión, audición o simple inspiración interna - es privada y oculta. Sus consecuencias empiezan en seguida y llegan hasta nosotros.

    Una de ellas es su lectura de la historia, expresada en el Magníficat, precisamente a la luz del acontecimiento personal. Historia de un pueblo pobre, minúsculo, cuyas vicisitudes no figuran en los libros de los grandes imperios, aunque van a ser más decisivas que las grandes potencias. Sigue la concepción, la maternidad, la educación de Jesús. En ellos la contemplación, la comprensión de los acontecimientos humanos se enriquece continuamente. Después, Cristo toma su camino, adquiere dimensión autónoma y la implica en el desarrollo de la redención, precisamente como había hecho Dios Padre en la Anunciación.

    Nuestra vida activa, consagrada o laical, incluye una tensión entre interioridad y acción, respuesta personal y transformación dentro de la realidad, contemplación y servicio. El segundo aspecto es un reto y a menudo nos tienta. Siempre queremos hacer más. Y poco a poco ponemos toda nuestra confianza en medios y actividades, que se vacían, a no ser que los relacionemos continuamente con el punto de partida, del que recibimos fuerza y significado: la invitación de Dios a colaborar con él.

    La Anunciación nos recuerda la supremacía de la interioridad. Ni el hombre ni la mujer producen nada fuera de sí, si antes no lo han concebido y aceptado interiormente. Los pensamientos, sentimientos, deseos, planes y acontecimientos nacen en nuestro corazón, donde está el santuario de Dios. Desde ese santuario confiesa María su virginidad y su disponibilidad a la acogida. Es el momento de la escucha y de la iluminación, no sólo en el sentido de la piedad, sino también en cuanto al mejor modo de concebir la acción apostólica: es atención, estudio, profundización.

    En el corazón actúan la gracia y el Espíritu, que hacen interiormente de María la madre del Verbo, concebido en el alma antes que en el seno. Me gusta el cuadro de la Anunciación que presenta a María con la Sagrada Escritura sobre las rodillas como en atenta lectura. Serenamente concentrada, absorbe la palabra. Se adivina en su rostro la acogida y el gozo. De ahí su apertura al futuro.

    A las palabras del Ángel opone la perplejidad y las dificultades que también nosotros opondríamos: que lo anunciado no es posible. Es demasiado grande y demasiado hermoso porque está a la medida de Dios. Pero cuando entiende que Dios se compromete en ello, María cree y se pone a su disposición.

    Queridos hermanos y hermanas, salesianos y seglares, en toda vida hay una anunciación; mejor, hay muchas y unidas entre sí: proponen una novedad e invitan a abrirse a una esperanza. Anunciación fue nuestra vocación. Anunciación han sido las llamadas a responsabilidades en las que nos hemos puesto en manos de Dios aguardando con fe el futuro.

    Anunciación es el momento del Capítulo General que vivimos estos días: hay una voz, hay una promesa, hay un Espíritu que da fecundidad. A nosotros nos toca creer, disponernos a participar con toda nuestra alma en la empresa, aguardar en paz los resultados.

    María nos lo enseña y nos ofrece la respuesta: He aquí los esclavos del Señor. Hágase en nosotros según tu palabra.