21. Homilía al día siguiente de su elección para Rector Mayor

ANEXO NÚM. 21

Roma, 21 de marzo de 1996

Vivimos, en días de discernimiento, un acontecimiento singular. No lo digo sólo ni principalmente por mí, sino por todos nosotros en cuanto comunidad. Siempre hemos creído que el discernimiento nos envuelve a todos con la misma responsabilidad y que su resultado afecta a cada uno con iguales beneficios o pérdidas. Todos navegamos en la misma barca y hacemos el mismo viaje.

En esta eucaristía resulta espontáneo pensar en san Juan Bosco, que nos ha arrastrado suavemente a esta situación. En ella hay un trecho de futuro para su Familia y para su empresa.

Las lecturas de la Cuaresma no nos impiden dirigir nuestra mirada hacia él; al contrario, algunas nos ofrecen ideas interesantes.

  • La primera lectura habla de la alianza y de la mediación de Moisés. La alianza con Dios, el pacto de predilección mutua con Yavé era la fuente de la dignidad personal de cada miembro del pueblo de Israel y el fundamento de su identidad social. En su recuerdo y en su código se basaba la educación de las personas, se construía la solidaridad y se reforzaba el sentido de pertenencia. Israel era el pueblo que ponía a Dios, su palabra y su ley, por encima de todos los bienes, acuerdos y medios de ataque o defensa. Por ello, a pesar de sus muchas infidelidades, ha sido la "memoria Dei", que ha llegado hasta nosotros como patrimonio de la humanidad.
  • La culpa del pueblo, y por tanto su desgracia, no consiste en haber celebrado una fiesta alrededor de una estatua, sino en haber olvidado la preferencia que Dios le había demostrado librándolo da la esclavitud, en haberse confiado a elementos terrenos en la búsqueda de la vida y de su propia satisfacción. La idolatría, vista así, no es cosa de otros tiempos. Es un peligro que nos amenaza siempre. Hay quien piensa que en nuestra época es todavía más general que el ateísmo.

    La alianza es la situación de gracia e iluminación que nos permite intuir que Dios es para nosotros lo primero, lo único e imprescindible que puede satisfacer nuestra sed de vida y nuestros anhelos de libertad y salvación.

    Con otras palabras nosotros la llamamos consagración, opción religiosa, proyecto de vida en Dios, reconocimiento de su presencia en nuestra existencia.

    Es una condición de la humanidad, que vive en estado de alianza, porque no puede darse razón de sí misma ni de lo que actúa en su interior sin admitir que es de Dios y que a él está destinada. Igual que una esposa no puede pensar en su condición si no lo hace en referencia a la relación que la une a su esposo.

    Es también la situación de cada persona, que no encuentra sentido ni y seguridad hasta que se centra en Dios.

    La Iglesia hace suyo y quiere mostrar ese amor de Dios a la humanidad y la necesidad que ésta siente de Dios. Lo ve con claridad, le ha sido revelado en el acontecimiento de Cristo, en el que Dios atrae hacia sí a la humanidad y se une íntimamente al hombre en la carne y en la historia.

    Los religiosos son llevados por la gracia a centrar su existencia en la relación con Dios y a proclamar que su amor es real y construye la historia. Viven la alianza no como narración del pasado, doctrina o sentimiento subjetivo, sino como relación personal que configura su existencia temporal y determina sus opciones, compromisos y amistades.

    Las crisis graves tienen lugar cuando pierde fuerza ese centro de gravitación, que sostiene y da unidad incluso psicológicamente a la existencia del religioso -y no hay nada, por noble que sea, que pueda substituirlo-. Entonces los demás elementos se debilitan, se rompe el vínculo que los unía, se desarticulan y se pulverizan. Las razones que sostenían el proyecto de vida se ofuscan y ya no tienen fuerza para orientar a la persona.

    El sentido de la alianza, la atracción de Dios, no han sido ni serán para cada uno de nosotros un momento único y extraordinario; son un proceso de unificación, tejido de correspondencia a muchas mediaciones y estímulos externos y movido por diálogos que tienen lugar en nuestra conciencia y nos llevan a opciones cada vez más totales y definitivas.

    La alianza es una preferencia que se desarrolla y crece durante toda la vida. Para algunos puede haber comenzado con una iluminación repentina y fulgurante en un momento de particular intensidad espiritual. Sin embargo, siempre tendrá necesidad de nuevas tomas de conciencia y de nuevas opciones. El cansancio, el olvido, la negligencia, el deseo de otra cosa siempre están al acecho en el alma humana.

    Para la mayoría, todo sucede con una gradualidad que fácilmente se confunde con el juego de los influjos: un primer buen sabor por el contacto con ambientes o personas vinculados a lo religioso, en los que se ha captado un valor especial. Después, poco a poco, se descubre la fuente de donde proceden tales valores: se participa en la experiencia de quienes nos han impresionado con la amistad, la colaboración y la confianza. Por último, uno se siente conquistado, según la expresión de san Pablo: «He sido conquistado por Jesucristo».

  • Precisamente en ese camino de descubrimiento de Dios y de adhesión a él, san Juan Bosco ha sido para nosotros un encuentro decisivo, una mediación providencial.
  • Lo decimos en las Constituciones: «El Señor nos ha dado a san Juan Bosco como padre y maestro» (art. 21). Podemos recordar cómo tuvo lugar el encuentro y la gracia que supuso para nosotros la posterior familiaridad con él y en qué medida nos enriqueció de proyectos, sentimientos, ideales y relaciones durante las diversas etapas de nuestra existencia; como candidatos a la vida salesiana, como novicios, en el período de formación inicial, en la práctica pastoral y en las responsabilidades comunitarias y en los replanteamientos que nos hemos impuesto como adultos.

    Su compañía interior siempre ha sido motivo de inspiración y de aliento. Si hoy renunciáramos a cuanto nos ha venido de él, muy poco quedaría de nuestra vida espiritual.

    Ha sido, pues, realmente para nosotros "el" don de Dios. Es cierto que si no hubiera estado él, habría habido otros para orientarnos hacia el Señor. Pero la vida no está hecha de condicionales, sino de hechos reales. También nuestros padres habrían podido ser otros; pero nosotros llevamos los genes y el alma de quienes nos trajeron al mundo.

    Por ello, en la expresión que estamos comentando el "nos" no tiene un sentido general y colectivo, como si se dijera de la comunidad salesiana como un todo; tienen sentido distributivo: la gracia del encuentro con san Juan Bosco se nos ha dado a cada uno de nosotros de forma individualizada y personal.

    Nuestra relación con él es de hijos y discípulos. San Juan Bosco ha tenido y tiene admiradores, colaboradores, amigos. También Cristo tuvo oyentes, seguidores, discípulos y apóstoles. Cada una de esas palabras indica una relación distinta. Nosotros no somos únicamente admiradores, colaboradores y amigos.

    El término que define su relación con nosotros es "padre". Sería un error pensar que se trata de un apelativo afectuoso que se refiere a su capacidad de demostrar bondad y cercanía.

    Es algo que va más allá de su bondad y de nuestro afecto. Dice que él es el iniciador de la vivencia espiritual que es el carisma salesiano. Nos engendra en el seguimiento de Cristo para los jóvenes. Tendremos aún muchos maestros, intérpretes e incluso profetas del carisma, pero padre, uno solo. Lo es en el sentido que decía Pablo a los corintios: «Tendréis mil tutores, pero padres no tenéis muchos; por medio del Evangelio soy yo quien os ha engendrado para Cristo» (1Co 4, 15).

  • En el Evangelio que hemos escuchado, Jesús enumera los testimonios que se refieren a su persona: Juan Bautista, Moisés, las Escrituras. Todos ellos conducen hacia dos que son definitivos y convincentes: sus obras y, en último término, la voz del Padre, para quienes son capaces de oírla: «El Padre que me ha enviado da testimonio de mí».
  • Ciertamente, también para nosotros el testimonio definitivo viene de las obras de Cristo, del Espíritu y del Padre. El Padre nos ha atraído hacia sí con la llamada a la fe; las obras de Cristo se han manifestado en nuestra liberación del mal y en el deseo de configurarnos con él a partir del Bautismo; el Espíritu nos hace sentir hijos y nos pone en comunicación permanente con Dios. Pero hacia esos testimonios nos ha conducido pedagógicamente san Juan Bosco con su santidad. Toda santidad es transparencia de Dios Padre y reflejo de Cristo. La de san Juan Bosco tiene algo singular en su capacidad de revelar a Dios a los jóvenes.

    Las Constituciones tratan de decirlo, acumulando expresiones que se suceden en un aumento gradual de intensidad: en él aparece una espléndida armonía de naturaleza y gracia; tal armonía se ilumina progresivamente en un proyecto de vida sólidamente unitario al servicio de los jóvenes. Hay un motivo que explica la unidad de todo y le da esplendor: es su preocupación por las almas, la alegría por la presencia y acción de Dios en cada persona y el deseo de orientar al joven hacia Dios como fuente de dicha.

    ¿No fue quizás esto lo que nos impresionó y atrajo también a nosotros? Que Dios se hacía cercano y se ponía a nuestro alcance bajo el rostro acogedor del hombre, precisamente como sucedía a los discípulos con la humanidad de Jesucristo.

    Sentimos que alguien ponía sus fuerzas al servicio de nuestro anhelo de vida, de verdad y de compromiso, y desde los gustos legítimos pero inmediatos - lo que gusta a los jóvenes - nos conducía hacia horizontes de sentido, de responsabilidad, de transcendencia.

    San Juan Bosco ha aplicado con nosotros su Sistema Preventivo: hacer luminoso el bien, ayudar a comprender la belleza de la fe, mostrar la dicha de servir a Dios y al prójimo.

  • Vivir esta alianza con todos sus gozos y exigencias es lo que hoy nos pide a los salesianos por el bien de los jóvenes. El testimonio inmediato y transparente de nuestra alianza, dado con la palabra y con los hechos es nuestra aportación a la evangelización de la juventud en un mundo secularizado.
  • Que los jóvenes van en busca de sentido es algo que se repite por doquier. Que hay una masa juvenil que sigue la corriente, mientras que los que se sienten atraídos interiormente por Dios buscan compañeros de camino, lo vemos nosotros mismos a diario. Que lo que gusta a los jóvenes es vida donde ahondar para que salga a luz lo que el adulto ha descubierto en su contacto con Cristo, es una nuestra máxima; mejor, es la ley fundamental del Sistema Preventivo. Nuestro deber es no privar a los jóvenes de la buena noticia de Dios limitándonos a entretenerlos con simples diversiones, por honestas que sean.

    También en nuestro compromiso con los seglares, el testimonio de la consagración debe ser el primer factor y el decisivo: el espíritu atrae a los seglares hacia la órbita de san Juan Bosco para acercarlos a Dios mediante una maduración de la conciencia y un encuentro más profundo con Cristo. Del consagrado esperan un don. ¿Cuál? ¿La organización, la animación profesional?

    No. Lo que esperan es el sentido de Dios, la visión religiosa de la existencia, la cercanía del Señor, el recuerdo de su misericordia.

    También nosotros necesitamos partir de Dios. Que la palabra que el Señor nos dice hoy en la liturgia y en el acontecimiento de familia que estamos viviendo nos ayuden a ser capaces de hacerlo. María, que formó el corazón de Juanito Bosco con vistas a la consagración apostólica, plasme también el nuestro, para que sepamos unir en un solo proyecto el amor a Dios y la entrega a los jóvenes.