Homilías de don Juan E. Vecchi al Capítulo
General
20. Homilía de la misa de inauguración
del XXIV Capítulo General
Roma, 19 de febrero de 1996
Esta celebración nos introduce en nuestro XXIV Capítulo
General, ya que, como hecho espiritual, sólo puede inaugurarse con
un acto comunitario de fe en presencia del Espíritu Santo; y mejor
aún si tiene lugar en la Eucaristía, memorial de la Resurrección
de Jesucristo, de quien el Espíritu es don, testigo y garantía.
La presencia del Espíritu es ya ahora, aquí y para nosotros,
un hecho real. Podemos dejarnos llevar por la semejanza de nuestra asamblea
con aquella de la que hablan los Hechos de los Apóstoles. Igual
que éstos, nos hallamos físicamente en un mismo lugar, llegados
de los lugares más distantes del mundo, hecho que es ya signo de
la fuerza misteriosa que nos ha congregado.
Nos sentimos unidos también espiritualmente: por la fraternidad
que nos une antes de conocernos, por el proyecto común que nos predispone
a la convergencia de pensamiento y por la sin igual concordia que crea
el reconocernos discípulos de Cristo e hijos de san Juan Bosco.
El Espíritu ha establecido ya entre nosotros los profundos lazos
de comunión que suscita el carisma cuando es acogido y desarrollado.
También nosotros, como ellos, hablamos lenguas diferentes, procedemos
de culturas distintas y representamos tradiciones y condiciones de vida
diversas. Sin embargo, confesamos y proclamamos las mismas verdades y asumimos
idéntico estilo de vida.
Estamos también en una especie de final de un período
que da muestras de acabamiento, mientras esperamos el nacimiento de un
tiempo nuevo para nuestra vivencia religiosa y pastoral.
«Todos los discípulos estaban juntos el día de Pentecostés»,
dice el texto. Los pentecostés, o tiempos nuevos del Espíritu,
se suceden en la Iglesia: llegan, despliegan sus posibilidades y abren
el camino a otras novedades. Lo mismo sucede en nuestra Congregación.
El tiempo que nos disponemos a vivir es ciertamente un nuevo pentecostés.
Podemos imaginar que, fuera de esta capilla, hay una muchedumbre que
aguarda, para oír lo que les contemos después de nuestra
reflexión y vivencia espiritual: son los salesianos y los miembros
de la Familia Salesiana, los jóvenes y los fieles que esperan un
anuncio que responda a sus necesidades y esperanzas.
La experiencia que ahora hacemos de la presencia del Espíritu
tiene su confirmación en la memoria de la fe. Cada vez que el pueblo
de Dios, o una de sus porciones, es convocado para renovar la alianza,
recibe el Espíritu del Señor; cada vez que los discípulos
de Jesucristo se reúnen en su nombre para pedir la venida del Reino,
el Espíritu está con ellos.
El Espíritu se manifiesta como poder que transforma y cambia
todo. Mueve a algunos a empresas de salvación y liberación
para dar dignidad y nuevas perspectivas de vida a las personas. Podemos
pensar en Moisés o en otros personajes bíblicos, de quienes
se dice que fueron tomados por el Espíritu de Dios y actuaron con
la fuerza arrolladora del fuego o del viento. Podemos pensar, sobre todo,
en Jesucristo, que, lleno del Espíritu, afronta las tentaciones
y se entrega a su misión de evangelizar a los pobres, echando demonios,
curando enfermedades y derrotando al mal.
El Espíritu suscita e inspira a profetas y sabios que mantienen
viva la esperanza de la gente, le explican el sentido de hechos históricos
complejos y difíciles de entender, y, sobre todo, mantienen viva
la conciencia de la vocación del hombre y de su realización
final contra las tentaciones de lo inmediato y de la mera satisfacción
de las necesidades materiales.
Así está también el Espíritu en el origen
del servicio sacerdotal, que favorece la vivencia religiosa más
profunda, la liturgia, la oración, la realidad del templo y cuanto
con él se relaciona como mediación del encuentro con Dios.
Juntos los guías, los profetas y pastores, los sabios, los hombres
de espíritu y los hombres de acción dieron y dan al pueblo
de Dios y a la comunidad eclesial identidad, solidez y orientación.
- Así ha actuado y actúa el Espíritu en nuestra
humilde Sociedad, que es un componente de la humanidad y de la Iglesia.
No estará de más proclamar, con renovada fe comunitaria,
lo que individualmente hemos leído con frecuencia y creído:
«El Espíritu Santo suscitó [...] a san Juan Bosco.
Formó en él un corazón de padre y maestro».
Dio, pues, origen a la novedad de nuestro espíritu y estilo pastoral
en favor de los jóvenes pobres.
Él le inspiró la fundación de nuestra Sociedad
y de la Familia Salesiana, y después orientó hacia ellas
a una multitud de personas que las desarrollaron en el tiempo y hoy llevan
su proyecto de forma creativa. En el corazón de esas personas el
Espíritu suscita continuamente el deseo de la vivencia de Dios,
de la santidad y de la fidelidad al carisma mediante la gracia sacerdotal.
También las despierta con voces y hechos proféticos y las
orienta mediante guías que escoge él.
- Ahora bien, en el acontecimiento y en la memoria de la fe hay una promesa
que para nosotros tiene una importancia particular. La hace Jesucristo:
«El Espíritu os guiará hasta la verdad plena».
¡Verdad plena! No es poco en una época en que sentimos
la tentación de contentarnos con el fragmento, con el anuncio publicitario,
con una degustación fugaz. La verdad plena es el único equipamiento
que nos permite abordar con garantía de éxito la realidad
y cruzar por la historia. Porque coincide con la sabiduría, ésta
con la verdadera vida, y ésta con Jesucristo, fuente de significado
de nuestra existencia personal y comunitaria.
Para alcanzarla se necesita una caridad solícita que cree comunión
de corazones, porque nadie tiene el monopolio de la verdad. También
requiere la paciencia de los senderos que llevan a las palabras adecuadas
y comprensibles para todos y orientan hacia un modo de hacer común.
Es lo contrario de la babel, no sólo de los puntos de vista, sino
también del vocabulario, pues no basta coincidir en las inspiraciones.
Quienes también somos cuerpo, necesitamos la palabra apropiada e
inteligible y obras útiles y significativas. Esto es lo que se nos
promete: hallaremos el camino para confluir en una visión compartida,
para hablar una lengua común y para actuar de modo concorde.
Lo necesitamos con urgencia. Verdad plena es para nosotros entender
el modo concreto de vivir hoy nuestra consagración apostólica,
la consagración con la que queremos anunciar la primacía
de Dios sobre nuestra vida, y sobre cualquier forma de vida, mediante una
caridad que trabaja para que los jóvenes tomen conciencia de su
vocación y nos pone a su lado para que puedan realizarla.
La verdad plena supone hoy para nosotros una nueva comprensión
compartida de nuestra misión y de las opciones adecuadas para hacerla
significativa en los diferentes contextos. Fue el Espíritu quien
trazó las líneas de la misión de Jesucristo y le indicó
las obras que la hacían comprensible a los hombres, según
proclamó en la sinagoga de Nazaret: «El Espíritu del
Señor está sobre mí, porque él me ha ungido;
me ha enviado para dar la Buena Noticia a los pobres» (Lc 4, 16-17).
El mismo Espíritu la mantuvo en su rumbo, orientada hacia el
Reino de Dios y contra las tentaciones de temporalismo, de beneficios personales
o corporativos y de seguir las corrientes del momento o de ceder a las
necesidades inmediatas.
Verdad plena es para nosotros el modo de entender y vivir el seguimiento
radical de Cristo en un mundo que ha legitimado y casi exaltado, convirtiéndolas
en símbolos, las imágenes extremas de los tres ídolos:
la riqueza separada de la solidaridad, el placer separado de la responsabilidad,
la libertad ajena al servicio. Nosotros estamos llamados a proclamar no
sólo la ascesis y la moderación, sino también el valor
humano y cultural, imprescindible para la persona, de las actitudes evangélicas
que orientan la posesión a compartir, el placer al compromiso y
la libertad al amor.
La verdad plena supone también, para nosotros, entender y realizar
las nuevas dimensiones de la comunión. En primer lugar, dentro de
nuestras comunidades, frente a los retos con que hoy se encuentran la profundidad
de las relaciones humanas, el espíritu de familia, la participación
en las responsabilidades y la comunicación del espíritu salesiano,
aspecto que es el horizonte de nuestro quehacer capitular. Pero también
la expansión de la comunión hacia fuera. Estamos en tiempos
de laceraciones pequeñas pero innumerables, que necesitan reconciliación.
Nuestras sociedades sufren el desgarro de rupturas y discriminaciones,
de diferencias sociales insalvables y de rivalidades étnicas. El
tejido social cede bajo el peso de los intereses individuales.
Nuestra comunión está llamada a ser levadura en la cultura
y en la zona, en la mentalidad de los jóvenes y en los ambientes
educativos.
La promesa que se nos hace es que el Espíritu nos va a acompañar
y guiar en la búsqueda. No nos va a dictar la verdad acabada; pero
nos ofrecerá sus caminos típicos para llegar a ella trasformados
por ella.
Uno de esos caminos es la palabra: los hechos ocurridos y las enseñanzas
que se derivan de ellos: «Os irá recordando todo lo que os
he dicho» (Jn 14, 26). Recordar, hacer memoria, crear en el tiempo
referencias estables a las que volver es una de las características
del Espíritu. Él repite, hace resonar en la Iglesia las palabras
de Jesucristo, tal cual las dijo él, y no permite que se pierdan
en el olvido. Por eso inspiró los evangelios, nos los ofrece en
las celebraciones litúrgicas y da a los ministros la gracia de anunciarlos.
También para nosotros será importante la palabra recordada.
No somos una generación sin historia ni una familia sin padre.
El carisma no empieza con nosotros. Ya ha sido vivido, entendido y expresado.
Bajo su inspiración se ha desarrollado la existencia de muchos hermanos,
especialmente de quienes brillan por la santidad. Para describir ese estilo
de vida escribieron san Juan Bosco y sus sucesores. Y en repetidas ocasiones
la comunidad ha procurado formularlo de nuevo. Volver a él para
captar en la fuente la originalidad del propio ser y de la propia gracia
es uno de los caminos del Espíritu.
Pero él no da sólo ni principalmente la memoria de la
letra. Es también Espíritu de una nueva comprensión
innovadora. Los significados de la palabra son inagotables. Su meditación
suscita en nosotros inspiraciones nuevas cuando el Espíritu hace
que se encuentre en nosotros con hechos que nos interpelan. «Muchas
cosas me quedan por deciros, pero no podéis cargar con ellas por
ahora: cuando venga él [...], lo que hable no será suyo;
hablará de lo que oye y os comunicará lo que está
por venir» (cf. Jn 16, 12-13).
Dos elementos nos impiden entender por entero la verdad de Jesucristo:
la inmadurez de los tiempos y nuestro nivel de vigilancia y vida espiritual.
Los primeros maduran por sí mismos, pues Dios actúa en el
corazón de lo existente, mientras que lo segundo depende de nuestra
responsabilidad. Estamos, pues, invitados a mirar los acontecimientos,
a captar las demandas humanas y sus necesidades y a responderlas con disponibilidad
y con fe.
Además, no es sólo Espíritu de la palabra comprendida;
es también Espíritu de invención y de profecía:
«Os comunicará lo que está por venir». Nos asomamos
a la aurora de un nuevo siglo. Lo humano viene cargado de retos y de posibilidades,
sobre todo en lo relativo a la persona, a la vivencia religiosa, a la vida
social y a la misión eclesial. A la Iglesia se le presentan nuevas
perspectivas: un nuevo esfuerzo de evangelización, el ecumenismo,
el diálogo interreligioso, el humanismo ético y el fermento
de las relaciones humanas.
El Sínodo sobre la Vida Consagrada vio ese conjunto de retos,
y pide a la vida Consagrada autenticidad, radicalidad, vigilancia sobre
los tiempos y participación en las vicisitudes del mundo desde su
originalidad carismática.
* * *
El acontecimiento, la memoria de la fe y la promesa nos indican las
actitudes con que podríamos seguir los caminos que nos sugiera el
Espíritu. Todos ellos los abarca y resume la oración. «Pedid
el Espíritu y el Padre os lo dará» (cf. Lc 11, 13).
Pedir el Espíritu: es lo que ahora hacemos y haremos cada día
con la seguridad filial de que no nos va a faltar su don.
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