Card. Eduardo Martínez Somalo

3. Saludo del Card. Eduardo Martínez Somalo prefecto de la Congregación de Institutos de Vida Consagrada y de Sociedades de Vida Apostólica

ANEXO NÚM. 03

[207]

Queridos Salesianos de Don Bosco, animadores de la gran Familia Salesiana, os saludo cordialmente diciéndoos sin más que con vosotros me encuentro a gusto, como en familia.

Saludo a los eminentísimos señores Cardenales, a los excelentísimos Arzobispos y Obispos, aquí presentes, y a los responsables de las diversas ramas de la Familia Salesiana que han acudido a la inauguración de vuestro XXIV Capítulo General.

Quiero dirigirme a cada uno de vosotros, al menos para confirmaros, espero, en la tradición de san Juan Bosco y de sus sucesores, invitándoos a seguir adelante, a la puerta del tercer milenio cristiano, en vuestro incomparable servicio de misioneros de los jóvenes.

Permitidme, ante todo, un recuerdo muy especial del Rector Mayor que nos dejó el pasado mes de junio: don Egidio Viganó, hijo auténtico de san Juan Bosco y, por lo mismo, fiel e inteligente servidor de la Iglesia.

A él la gratitud de la Iglesia, a cuyo servicio se puso progresivamente y cada vez más de cerca: de la docencia en la Universidad Católica de Santiago de Chile a la participación, como experto, en el Concilio Vaticano II y en las asambleas de las conferencias episcopales latinoamericanas, de los puestos de responsabilidad en la Congregación Salesiana a su participación en los sínodos de los obispos y a su colaboración en los dicasterios de la Curia Romana. Damos gracias a Dios por siervo tan fiel y competente. A vosotros el reto de seguir con su ardor y optimismo la estela de san Juan Bosco. Ardor y optimismo que os deben acompañar en este XXIV Capítulo General.

[208]

1. Vuestro Capítulo General, acontecimiento de comunión

Vuestra Asamblea Capitular es una gracia del Espíritu para promocionar una fecunda comunión y participación entre vosotros, a quienes el Dios de toda vocación os ha reunido «para vivir y trabajar juntos» en el carisma educativo-pastoral de san Juan Bosco; carisma que se distingue por un amor de preferencia a los jóvenes, los más necesitados de afecto y de Evangelio.

Clima de comunión para poder comunicar, y comunicación cordial para poder dar testimonio. Sintonía de almas y corazones para que podáis enriqueceros recíprocamente con las múltiples experiencias cristianas, fundidas en unidad de objetivos, como fruto de lo mejor de cuanto procede de todas las partes del mundo donde, como salesianos, estáis y trabajáis.

Diferencia de culturas - lo dicen vuestras caras y vuestros idiomas -, pero unidad de espíritu y de objetivos, precisamente:

Reunidos en Capítulo, para fortaleceros en la unidad del patrimonio salesiano y hacer partícipes del mismo a los seglares que deseen trabajar con vosotros en la misión de educar y evangelizar a los jóvenes.

En comunión para unificar cada vez más a todos los miembros de la Familia Salesiana en torno a la roca que es Pedro en el reto de la nueva evangelización. ¿Quién puede olvidar el amor de san Juan Bosco al Papa?

Unidos en torno al sacramento de la Eucaristía, otro gran amor de san Juan Bosco; Eucaristía, signo de unidad y vínculo de caridad (S. Agustín, Comentario al evangelio de Juan, 26, 6,13), para lograr, en las diferentes culturas donde se encarna el Evangelio, el objetivo buscado por san Juan Bosco, es decir, lanzar al tejido de la sociedad "ciudadanos honrados y buenos cristianos".

Armónicamente, de modo que la riqueza del carisma salesiano no ceda en la substancia al encarnarse en las realidades positivas que hay en las culturas más diversas.

Sabéis muy bien, muy queridos salesianos, que quien os ve "desde fuera" con afecto desea que seáis cada vez más: luz que alumbra, calor que humaniza con el Sistema Preventivo y hace cristianos a los jóvenes y menos jóvenes que giran en vuestro derredor, y atracción de otros para seguir a Cristo como y con san Juan Bosco, y diría yo que con su misma sed del "da mihi ánimas".

Comunión que, después, se difundirá en postura dialéctica con la sana pluralidad, en continuidad con la búsqueda diaria de la verdad y de la profecía, como servicio a la nueva evangelización.

[209]

2. Un Capítulo para lanzar la Congregación Salesiana al tercer milenio

Sabéis que el Santo Padre ha lanzado la Iglesia hacia la celebración del Gran Jubileo del año 2000, para que el acontecimiento Cristo ayer, hoy y siempre ilumine con la luz de su rostro, refuerce con la verdad de su Palabra y vivifique con la esperanza de su Pascua el caminar de la humanidad por las rutas del nuevo milenio.

Este Capítulo tiene la tarea de lanzar vuestra Congregación al 2000, de asumir sus retos con el mismo corazón pastoral de san Juan Bosco y de ser, especialmente para los jóvenes, signos y portadores del amor de Dios.

El Espíritu Santo, que os ha recogido de todas las partes del mundo, como en un nuevo Pentecostés eclesial, una, pues, vuestras voluntades, energías, trabajos, objetivos y deseos, a fin de que la espiritualidad salesiana, que es caridad pastoral y amor educativo, sea la aportación significativa y generosa que ofrecéis a la labor de toda la Iglesia.

Que ese mismo Espíritu Santo, Consolador, os aúne mediante el soplo de una renovada juventud espiritual, os aliente con la inagotable alegría de san Juan Bosco y os confirme en el realismo apostólico concreto típico de vuestra metodología educativo-pastoral, forjadora de santos.

Que él os dé unidad de espíritu y de proyecto para ir a los jóvenes doquier éstos se hallen, para caminar a su lado y ayudarlos a llegar a la edad madura en Cristo (cf. Ef 4, 13), hechos en él hombres nuevos (cf. Ef 2, 15; 4, 24).

Fieles al espíritu de san Juan Bosco y en continuidad con vuestra historia, contribuiréis a salvar a la juventud, insertándoos activa y fecundamente en las vicisitudes de nuestro tiempo, como se recordó en el reciente Sínodo sobre la Vida Consagrada.

[210]

3. Una ósmosis apostólica entre salesianos y seglares

El seglar, desde la óptica del compartir en comunión el espíritu y la misión de san Juan Bosco, va a estar en el centro de vuestro quehacer capitular. Una vocación común a la santidad y a la misión: esa doble dimensión - que en último término se reduce a una con dos caras - une a todos los miembros de la Iglesia. Los nombres que designan a tales miembros tienen su raíz en las funciones que cada uno, según las diversas acentuaciones de la vocación única, está llamado a desempeñar.

Tomar nueva conciencia de que la consecución de la santidad y la llamada a la misión tienen aspectos comunes, la misma normativa y práctica, y el mismo aliento espiritual, os ayudará a profundizar adecuadamente en el significado de la comunión y del compartir y a sacar las consecuencias oportunas.

La normativa y los dinamismos de la vocación a la santidad y a la misión pasan, como sabemos, por la interiorización de la vida trinitaria en cada uno de nosotros, alimentada y marcada por los sacramentos de la Penitencia y de la Eucaristía, por la oración, por la ascesis y por una vida con rectitud de intención para la gloria de Dios.

Trabajar juntos los salesianos y los seglares, pues, supone distinción entre consagrados y seglares, pero en la unidad del espíritu y de la misión salesiana; cada uno en la identidad de su propia vocación, a veces en ámbitos de trabajo diferenciados, pero siempre concordes en el proyecto que el Señor, por medio de María, confió a san Juan Bosco. Unidad y distinción, comunión de metas y diferenciación de acción apostólica, pero siempre con el mismo celo y método educativo: en una palabra, con la misma pasión por Cristo y guiados por el Espíritu Santo. Vuestra vida consagrada adquiere así valor de signo y es para los seglares fuerza de arrastre en la misión, mientras que su presencia - lo recordó el último Sínodo - contribuirá a dar una imagen más articulada de la Iglesia y de su misión en el mundo.

Estas relaciones - lo afirmó también el Sínodo de 1994 - se basan en la eclesiología de comunión que fomentó el concilio Vaticano II, el cual, sin embargo, reconoce a cada cristiano funciones y ministerios específicos.

No me propongo separar unos de otros. Sin embargo, conviene distinguir, aun cuando todos estemos llamados a ser evangelizadores.

Los seglares poseen la capacidad, a título muy especial, de hacer aflorar las posibilidades evangélicas que se ocultan en las realidades de la ciudad del hombre, siempre que actúen unidos y como parte de la Iglesia, bajo el influjo del Espíritu Santo, por medio de Cristo.

A vosotros os corresponde ayudar al seglar para que adquiera conciencia de su misión salesiana y sepa descubrir los niveles y direcciones de acción que le son propios.

De hecho los salesianos tenéis un método educativo cuyas potencialidades y virtualidades deben aplicarse a la formación en la colaboración del seglar. Así le será más fácil su obra de redención de las actividades del hombre, para devolverlas a la limpidez del plan divino.

Aquí aparece, por un título nuevo, lo que decía san Juan Bosco de "formar ciudadanos honrados", es decir, competentes en los campos en que actúa el seglar - la ciencia, la técnica, la cultura, el trabajo, el arte, la política, etc. -, y "formar buenos cristianos", es decir, fieles en ser y actuar como cristianos.

Muy queridos Salesianos, haga Dios que el intercambio de los dones de inteligencia y de los métodos de trabajo que va a tener lugar en este Capítulo General os ayude a ver los puntos básicos para sea auténtica la comunión y participación con los seglares en el espíritu y la misión de san Juan Bosco.

Ofrezco a vuestra consideración y a la mía cuatro puntos, que también subrayaron varias intervenciones sinodales y no es posible olvidar cuando se trata de auténtica comunión y de verdadero compartir, de interacción entre una comunidad de vida consagrada como la vuestra y los seglares:

    1) Cultivad junto con los seglares una profunda y auténtica comunión eclesial: el "agere cum Ecclesia" nace siempre del "esse in Ecclesia" y se fomenta mediante el "vivere pro Ecclesia".

    2) Dad testimonio y proponed, junto con los grupos de seglares comprometidos, la llamada a la santidad. Que vuestro compartir y vuestra comunión sean el lugar donde la vocación a la santidad se propone, manifiesta y alienta claramente contra toda dañina pasividad.

    3) Sed "vosotros mismos" y dejad que los seglares lo sean también.

    La irradiación de vuestro carisma supone personas y comunidades firmemente ancladas en su identidad consagrada. El carisma de san Juan Bosco, su misión juvenil, la espiritualidad y metodología del Sistema Preventivo sólo serán incisivos y fecundos en la medida en que seáis testigos convencidos y transparentes.

    Pero ayudad también a que los seglares sean ellos mismos. En la comunión y en el compartir el espíritu y la misión salesiana, los seglares están llamados a subrayar aspectos que les son propios, radicados en su laicidad, en ambientes y campos en les competen. Esa especificidad es riqueza para vosotros y para la misión juvenil.

    4) Juntos, salesianos y seglares, mirad los enormes retos que llegan de los jóvenes y de sus contextos. Con la sensibilidad del corazón oratoriano, sed para ellos amigos, hermanos, maestros y promotores de iniciativas que prolonguen en el tiempo la solicitud del Padre y Maestro de la juventud.

Termino. He aludido a dos de los tres amores de san Juan Bosco: La Eucaristía y el Papa.

Permitidme que, por último, aunque ciertamente no es lo último, recuerde el otro amor de san Juan Bosco: María Auxiliadora.

Ella os proteja, bendiga y asista.

Que ella, sede de la Sabiduría y Virgen sabia y prudente, aumente en cada uno las virtudes que deben sobresalir en una asamblea de tono tan elevado como ésta. Que ella, Madre amable, sea aliento y apoyo en los momentos que necesiten de su presencia materna y os ayude a ser ahora y siempre fieles, valientes y testigos gozosos con todos los seglares para los que trabajáis y que colaboran con vosotros en la educación.

María Auxiliadora, que guió a san Juan Bosco con materna solicitud y predilección, os guíe también a vosotros en el testimonio de la misión apostólica que la Iglesia espera de vosotros.

Gracias.

Roma, 19 de febrero de 1996.