Card. Eduardo Martínez Somalo
3. Saludo del Card. Eduardo Martínez Somalo prefecto de la Congregación
de Institutos de Vida Consagrada y de Sociedades de Vida Apostólica
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Queridos Salesianos de Don Bosco, animadores de la gran Familia Salesiana,
os saludo cordialmente diciéndoos sin más que con vosotros
me encuentro a gusto, como en familia.
Saludo a los eminentísimos señores Cardenales, a los excelentísimos
Arzobispos y Obispos, aquí presentes, y a los responsables de las
diversas ramas de la Familia Salesiana que han acudido a la inauguración
de vuestro XXIV Capítulo General.
Quiero dirigirme a cada uno de vosotros, al menos para confirmaros,
espero, en la tradición de san Juan Bosco y de sus sucesores, invitándoos
a seguir adelante, a la puerta del tercer milenio cristiano, en vuestro
incomparable servicio de misioneros de los jóvenes.
Permitidme, ante todo, un recuerdo muy especial del Rector Mayor que
nos dejó el pasado mes de junio: don Egidio Viganó, hijo
auténtico de san Juan Bosco y, por lo mismo, fiel e inteligente
servidor de la Iglesia.
A él la gratitud de la Iglesia, a cuyo servicio se puso progresivamente
y cada vez más de cerca: de la docencia en la Universidad Católica
de Santiago de Chile a la participación, como experto, en el Concilio
Vaticano II y en las asambleas de las conferencias episcopales latinoamericanas,
de los puestos de responsabilidad en la Congregación Salesiana a
su participación en los sínodos de los obispos y a su colaboración
en los dicasterios de la Curia Romana. Damos gracias a Dios por siervo
tan fiel y competente. A vosotros el reto de seguir con su ardor y optimismo
la estela de san Juan Bosco. Ardor y optimismo que os deben acompañar
en este XXIV Capítulo General.
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1. Vuestro Capítulo General, acontecimiento de comunión
Vuestra Asamblea Capitular es una gracia del Espíritu para promocionar
una fecunda comunión y participación entre vosotros, a quienes
el Dios de toda vocación os ha reunido «para vivir y trabajar
juntos» en el carisma educativo-pastoral de san Juan Bosco; carisma
que se distingue por un amor de preferencia a los jóvenes, los más
necesitados de afecto y de Evangelio.
Clima de comunión para poder comunicar, y comunicación
cordial para poder dar testimonio. Sintonía de almas y corazones
para que podáis enriqueceros recíprocamente con las múltiples
experiencias cristianas, fundidas en unidad de objetivos, como fruto de
lo mejor de cuanto procede de todas las partes del mundo donde, como salesianos,
estáis y trabajáis.
Diferencia de culturas - lo dicen vuestras caras y vuestros idiomas
-, pero unidad de espíritu y de objetivos, precisamente:
Reunidos en Capítulo, para fortaleceros en la unidad del patrimonio
salesiano y hacer partícipes del mismo a los seglares que deseen
trabajar con vosotros en la misión de educar y evangelizar a los
jóvenes.
En comunión para unificar cada vez más a todos los miembros
de la Familia Salesiana en torno a la roca que es Pedro en el reto de la
nueva evangelización. ¿Quién puede olvidar el amor
de san Juan Bosco al Papa?
Unidos en torno al sacramento de la Eucaristía, otro gran amor
de san Juan Bosco; Eucaristía, signo de unidad y vínculo
de caridad (S. Agustín, Comentario al evangelio de Juan, 26, 6,13),
para lograr, en las diferentes culturas donde se encarna el Evangelio,
el objetivo buscado por san Juan Bosco, es decir, lanzar al tejido de la
sociedad "ciudadanos honrados y buenos cristianos".
Armónicamente, de modo que la riqueza del carisma salesiano no
ceda en la substancia al encarnarse en las realidades positivas que hay
en las culturas más diversas.
Sabéis muy bien, muy queridos salesianos, que quien os ve "desde
fuera" con afecto desea que seáis cada vez más: luz
que alumbra, calor que humaniza con el Sistema Preventivo y hace cristianos
a los jóvenes y menos jóvenes que giran en vuestro derredor,
y atracción de otros para seguir a Cristo como y con san Juan Bosco,
y diría yo que con su misma sed del "da mihi ánimas".
Comunión que, después, se difundirá en postura
dialéctica con la sana pluralidad, en continuidad con la búsqueda
diaria de la verdad y de la profecía, como servicio a la nueva evangelización.
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2. Un Capítulo para lanzar la Congregación Salesiana
al tercer milenio
Sabéis que el Santo Padre ha lanzado la Iglesia hacia la celebración
del Gran Jubileo del año 2000, para que el acontecimiento Cristo
ayer, hoy y siempre ilumine con la luz de su rostro, refuerce con la verdad
de su Palabra y vivifique con la esperanza de su Pascua el caminar de la
humanidad por las rutas del nuevo milenio.
Este Capítulo tiene la tarea de lanzar vuestra Congregación
al 2000, de asumir sus retos con el mismo corazón pastoral de san
Juan Bosco y de ser, especialmente para los jóvenes, signos y portadores
del amor de Dios.
El Espíritu Santo, que os ha recogido de todas las partes del
mundo, como en un nuevo Pentecostés eclesial, una, pues, vuestras
voluntades, energías, trabajos, objetivos y deseos, a fin de que
la espiritualidad salesiana, que es caridad pastoral y amor educativo,
sea la aportación significativa y generosa que ofrecéis a
la labor de toda la Iglesia.
Que ese mismo Espíritu Santo, Consolador, os aúne mediante
el soplo de una renovada juventud espiritual, os aliente con la inagotable
alegría de san Juan Bosco y os confirme en el realismo apostólico
concreto típico de vuestra metodología educativo-pastoral,
forjadora de santos.
Que él os dé unidad de espíritu y de proyecto para
ir a los jóvenes doquier éstos se hallen, para caminar a
su lado y ayudarlos a llegar a la edad madura en Cristo (cf. Ef 4, 13),
hechos en él hombres nuevos (cf. Ef 2, 15; 4, 24).
Fieles al espíritu de san Juan Bosco y en continuidad con vuestra
historia, contribuiréis a salvar a la juventud, insertándoos
activa y fecundamente en las vicisitudes de nuestro tiempo, como se recordó
en el reciente Sínodo sobre la Vida Consagrada.
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3. Una ósmosis apostólica entre salesianos y seglares
El seglar, desde la óptica del compartir en comunión el
espíritu y la misión de san Juan Bosco, va a estar en el
centro de vuestro quehacer capitular. Una vocación común
a la santidad y a la misión: esa doble dimensión - que en
último término se reduce a una con dos caras - une a todos
los miembros de la Iglesia. Los nombres que designan a tales miembros tienen
su raíz en las funciones que cada uno, según las diversas
acentuaciones de la vocación única, está llamado a
desempeñar.
Tomar nueva conciencia de que la consecución de la santidad y
la llamada a la misión tienen aspectos comunes, la misma normativa
y práctica, y el mismo aliento espiritual, os ayudará a profundizar
adecuadamente en el significado de la comunión y del compartir y
a sacar las consecuencias oportunas.
La normativa y los dinamismos de la vocación a la santidad y
a la misión pasan, como sabemos, por la interiorización de
la vida trinitaria en cada uno de nosotros, alimentada y marcada por los
sacramentos de la Penitencia y de la Eucaristía, por la oración,
por la ascesis y por una vida con rectitud de intención para la
gloria de Dios.
Trabajar juntos los salesianos y los seglares, pues, supone distinción
entre consagrados y seglares, pero en la unidad del espíritu y de
la misión salesiana; cada uno en la identidad de su propia vocación,
a veces en ámbitos de trabajo diferenciados, pero siempre concordes
en el proyecto que el Señor, por medio de María, confió
a san Juan Bosco. Unidad y distinción, comunión de metas
y diferenciación de acción apostólica, pero siempre
con el mismo celo y método educativo: en una palabra, con la misma
pasión por Cristo y guiados por el Espíritu Santo. Vuestra
vida consagrada adquiere así valor de signo y es para los seglares
fuerza de arrastre en la misión, mientras que su presencia - lo
recordó el último Sínodo - contribuirá a dar
una imagen más articulada de la Iglesia y de su misión en
el mundo.
Estas relaciones - lo afirmó también el Sínodo
de 1994 - se basan en la eclesiología de comunión que fomentó
el concilio Vaticano II, el cual, sin embargo, reconoce a cada cristiano
funciones y ministerios específicos.
No me propongo separar unos de otros. Sin embargo, conviene distinguir,
aun cuando todos estemos llamados a ser evangelizadores.
Los seglares poseen la capacidad, a título muy especial, de hacer
aflorar las posibilidades evangélicas que se ocultan en las realidades
de la ciudad del hombre, siempre que actúen unidos y como parte
de la Iglesia, bajo el influjo del Espíritu Santo, por medio de
Cristo.
A vosotros os corresponde ayudar al seglar para que adquiera conciencia
de su misión salesiana y sepa descubrir los niveles y direcciones
de acción que le son propios.
De hecho los salesianos tenéis un método educativo cuyas
potencialidades y virtualidades deben aplicarse a la formación en
la colaboración del seglar. Así le será más
fácil su obra de redención de las actividades del hombre,
para devolverlas a la limpidez del plan divino.
Aquí aparece, por un título nuevo, lo que decía
san Juan Bosco de "formar ciudadanos honrados", es decir, competentes
en los campos en que actúa el seglar - la ciencia, la técnica,
la cultura, el trabajo, el arte, la política, etc. -, y "formar
buenos cristianos", es decir, fieles en ser y actuar como cristianos.
Muy queridos Salesianos, haga Dios que el intercambio de los dones de
inteligencia y de los métodos de trabajo que va a tener lugar en
este Capítulo General os ayude a ver los puntos básicos para
sea auténtica la comunión y participación con los
seglares en el espíritu y la misión de san Juan Bosco.
Ofrezco a vuestra consideración y a la mía cuatro puntos,
que también subrayaron varias intervenciones sinodales y no es posible
olvidar cuando se trata de auténtica comunión y de verdadero
compartir, de interacción entre una comunidad de vida consagrada
como la vuestra y los seglares:
1) Cultivad junto con los seglares una profunda y auténtica comunión
eclesial: el "agere cum Ecclesia" nace siempre del "esse
in Ecclesia" y se fomenta mediante el "vivere pro Ecclesia".
2) Dad testimonio y proponed, junto con los grupos de seglares comprometidos,
la llamada a la santidad. Que vuestro compartir y vuestra comunión
sean el lugar donde la vocación a la santidad se propone, manifiesta
y alienta claramente contra toda dañina pasividad.
3) Sed "vosotros mismos" y dejad que los seglares lo sean
también.
La irradiación de vuestro carisma supone personas y comunidades
firmemente ancladas en su identidad consagrada. El carisma de san Juan
Bosco, su misión juvenil, la espiritualidad y metodología
del Sistema Preventivo sólo serán incisivos y fecundos en
la medida en que seáis testigos convencidos y transparentes.
Pero ayudad también a que los seglares sean ellos mismos. En
la comunión y en el compartir el espíritu y la misión
salesiana, los seglares están llamados a subrayar aspectos que les
son propios, radicados en su laicidad, en ambientes y campos en les competen.
Esa especificidad es riqueza para vosotros y para la misión juvenil.
4) Juntos, salesianos y seglares, mirad los enormes retos que llegan
de los jóvenes y de sus contextos. Con la sensibilidad del corazón
oratoriano, sed para ellos amigos, hermanos, maestros y promotores de iniciativas
que prolonguen en el tiempo la solicitud del Padre y Maestro de la juventud.
Termino. He aludido a dos de los tres amores de san Juan Bosco: La Eucaristía
y el Papa.
Permitidme que, por último, aunque ciertamente no es lo último,
recuerde el otro amor de san Juan Bosco: María Auxiliadora.
Ella os proteja, bendiga y asista.
Que ella, sede de la Sabiduría y Virgen sabia y prudente, aumente
en cada uno las virtudes que deben sobresalir en una asamblea de tono tan
elevado como ésta. Que ella, Madre amable, sea aliento y apoyo en
los momentos que necesiten de su presencia materna y os ayude a ser ahora
y siempre fieles, valientes y testigos gozosos con todos los seglares para
los que trabajáis y que colaboran con vosotros en la educación.
María Auxiliadora, que guió a san Juan Bosco con materna
solicitud y predilección, os guíe también a vosotros
en el testimonio de la misión apostólica que la Iglesia espera
de vosotros.
Gracias.
Roma, 19 de febrero de 1996.
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