ANEXOS
Juan Pablo II
1. Mensaje de S.S. JUAN PABLO II al XXIV Capítulo
General en su inauguración
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1. Me es particularmente grato hacerle llegar a usted y a todos los
salesianos, de forma especial a cuantos se hallan reunidos para celebrar
el XXIV Capítulo General de la Congregación, mi saludo cordial
con los mejores deseos de un resultado feliz.
¿Cómo no pensar ante todo, en esta ocasión, en
el querido don Egidio Viganó, durante tantos años Rector
Mayor de la Congregación Salesiana? A él va, con emoción,
mi pensamiento agradecido, recordando su generoso trabajo en la difusión
de la sabiduría renovadora del Concilio Vaticano II, tanto en la
Sociedad de san Francisco de Sales, como en los más vastos ámbitos
de la Iglesia interviniendo activamente, en diversas ocasiones, en importantes
y grandes asambleas eclesiales.
Al recordar su fiel servicio eclesial, pido al Señor que le conceda
la paz en su Reino e infunda en todo el Instituto un renovado espíritu
apostólico y misionero con vistas al ya inminente tercer milenio
cristiano.
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2. Este Capítulo General, etapa de fundamental importancia para
la vida de la Congregación, se sitúa también en la
perspectiva del Gran Jubileo. Todo Capítulo General tiene siempre
un doble fin: por un lado, repasar el último sexenio para evaluar
el interés puesto por las comunidades en la realización de
las decisiones que tomó el Capítulo anterior y, por otro,
proyectar, a la luz del carisma original, la vida de la Congregación
de cara al sexenio que empieza, pues conviene no perder nunca de vista
el carisma de los orígenes.
Dentro de tal contexto, la específica vocación educadora
y pastoral de la Congregación Salesiana, en estos años de
tan importantes y rápidos cambios sociales y culturales, tiene en
el Capítulo la ocasión y los instrumentos para manifestarse
en favor de los jóvenes y de toda la comunidad cristiana, que espera
un renovado impulso evangélico y misionero. ¡Es una gran responsabilidad!
En vista de lo cual, mientras pido en la oración y deseo para los
capitulares un trabajo provechoso, recuerdo que el tema elegido para la
asamblea tiene un carácter de particular urgencia en el contexto
del mundo contemporáneo.
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3. Con la concreción del educador y la clarividencia del santo,
san Juan Bosco propuso a sus hijos un objetivo apostólico preciso:
«Preparar ciudadanos honrados y buenos cristianos». La Congregación
Salesiana ciertamente ha reflexionado muchas veces sobre el significado
de tales palabras, hasta el punto de que ha hecho de él un lema
que recuerda a los educadores el camino que deben seguir y propone, a los
jóvenes que disfrutan de la educación salesiana en los diversos
ambientes de actividad, una especie de reto que puede dar sentido a su
vida.
Los frutos de semejante planteamiento están documentados en una
historia ya más que secular. Los salesianos pueden contar con muchos
amigos de san Juan Bosco en todo el mundo; reciben nombres diversos, pero
todos tienen que ver con el Santo de los jóvenes: pueden contar
con los Antiguos Alumnos, que siguen mirando al Padre y Maestro de su juventud
como a una referencia importante en sus compromisos familiares y en su
presencia en la sociedad; pueden contar también con los Cooperadores,
que realizan los sueños de educación y evangelización
de su Fundador, continuando y difundiendo el genuino espíritu de
san Juan Bosco y la espiritualidad salesiana.
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4. La referencia a quienes piden a san Juan Bosco y a sus hijos ayuda
para vivir como «ciudadanos honrados y buenos cristianos» me
da la oportunidad de hacer una reflexión más explícita
sobre el tema de vuestra asamblea capitular: la relación de salesianos
y seglares.
El mundo de los seglares ha merecido, en los últimos años,
una atención especial por parte del magisterio de la Iglesia, y
han sido muchas mis intervenciones al respecto antes y después del
Sínodo de los Obispos dedicado a la «vocación y misión
de los seglares en la Iglesia y en el mundo». En la exhortación
apostólica Christifideles laici, que siguió a dicho
Sínodo, expuse de forma orgánica las necesidades y perspectivas
que han surgido en la Iglesia durante estos años, a fin de que «la
espléndida teoría del laicado expuesta por el Concilio pueda
convertirse en verdadera práctica eclesial» (núm. 2).
Aludiendo a los peligros que corre el testimonio de los seglares en el
mundo actual, escribí: «Pueden recordarse dos tentaciones
a las que no siempre han sabido substraerse [los seglares]: la tentación
de prestar un interés tan grande a los servicios y tareas eclesiales,
que frecuentemente les ha llevado a una dejación práctica
de sus responsabilidades específicas en el mundo profesional, social,
económico, cultural y político, y la tentación de
legitimar la indebida separación entre fe y vida, entre acogida
del Evangelio y acción concreta en las más diversas realidades
temporales y terrenas» (Ibídem).
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5. En la escuela de san Juan Bosco, que quería «ciudadanos
honrados y buenos cristianos», es posible ayudar a los seglares cristianos
para que superen los dos peligros que acabo de citar, pues en su tradición
los salesianos tienen instrumentos eficaces para lograr armonía
y equilibrio entre las diferentes exigencias de la vida contemporánea.
Aquí quiero referirme, en particular, a tres elementos.
Ante todo, la capacidad de acompañamiento educativo. Llámese
asistencia, animación, espíritu de familia o de otro modo,
siempre se trata de lograr una presencia entre los seglares y la gente
que estimule al crecimiento de la persona en situación y conduzca
a buscar juntos el proyecto de la propia vida. De aquí la necesidad
de comunidades salesianas ricas, numérica y espiritualmente, que
sean capaces de acompañar a todos respondiendo a sus exigencias
y necesidades. La colaboración entre salesianos y seglares debe
tender a formar comunidades educativas, donde se compartan los dones personales
de cada uno para bien de todos. ¿Quién puede olvidar la extraordinaria
capacidad de san Juan Bosco para reunir en torno a sí a muchas personas
con unidad de fines?
El segundo elemento es una organización dinámica y
ágil de las fuerzas: de los individuos en grupos de interés,
en asociaciones de compromiso civil y religioso y en un vasto movimiento
educativo y espiritual. Repito aquí lo que ya tuve ocasión
de afirmar: «La tendencia eclesial al apostolado asociativo tiene
indudablemente un origen sobrenatural en la caridad derramada por el Espíritu
Santo en los corazones (cf. Rm 5, 5); sin embargo, su valor teológico
se compagina con la exigencia sociológica que en el mundo moderno
lleva a la unión y organización de las fuerzas para alcanzar
los objetivos establecidos [...] Se trata de unir y organizar las actividades
de quienes se proponen grabar el mensaje evangélico en el espíritu
y en la mentalidad de la gente, que vive en las más variadas condiciones
sociales; se trata de hacer una evangelización que influya en la
opinión pública y en las instituciones. Para ello, se requiere
una acción en grupo y bien organizada» (Audiencia general
del 23 de marzo de 1994, núm. 2). San Juan Bosco fue realmente un
maestro en organizar fuerzas, pidiendo a cada uno lo que sabía y
podía dar y haciendo que todos confluyeran en objetivos concretos,
prácticos y visibles.
El tercer elemento con que debemos contar es la propuesta espiritual
que brota de la vivencia de san Juan Bosco en Valdocco y que ha ido
más allá de las paredes de la comunidad salesiana. Hoy día
los seglares necesitan una vida espiritual profunda. La requieren las tareas
que deben llevar a cabo: al crecer juntos las tareas y los obstáculos
para construir el Reino de Dios, se siente la necesidad de una interioridad
apostólica más honda. La cultura actual necesita creyentes
convencidos y activos, que sean en el mundo levadura de bondad y de bien.
Por tal motivo, la formación de los seglares cristianos debe figurar
entre las prioridades donde se centran los esfuerzos de la comunidad. La
formación ayuda a los seglares a descubrir su propia vocación,
les proporciona los medios oportunos para madurar continuamente y los introduce
en los caminos del Espíritu del Señor. Dicha formación
les procura «la unidad que caracteriza su ser miembros de la Iglesia
y ciudadanos de la sociedad humana» (Christifideles laici,
núm. 59). «Una fe que no se hace cultura es una fe que no
se ha acogido en plenitud, ni se ha pensado a fondo, ni se vive con fidelidad»
(Ibídem).
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6. San Juan Bosco dio mucha importancia a la formación espiritual,
entendida como capacitación para vivir toda la existencia, en sus
diversas expresiones, en presencia de Dios y construyendo activamente el
Reino. Semejante formación hará que los seglares de los tiempos
nuevos sepan responder a los desafíos inéditos de nuestra
época, a fin de construir un futuro esperanzador para toda la humanidad.
La última asamblea del Sínodo de los Obispos, dedicada a
la Vida Consagrada, evidenció bien la relación que hay entre
la espiritualidad de un Instituto religioso y la espiritualidad de los
seglares que se inspiran en él para su vida y actividad. En tal
perspectiva quiere ponerse la reflexión de vuestra asamblea capitular,
que ciertamente no dejará de trazar pistas de cooperación
apostólica entre consagrados y seglares, llamados a ser en el mundo
testigos valientes del Evangelio.
Confío el trabajo de vuestro Capítulo a María Auxiliadora,
que sigue velando los sueños y aspiraciones de los hijos de san
Juan Bosco, comprometidos, a veces incluso con peligro de sus personas,
en tierras de primera evangelización. Aquí, sobre todo, será
posible trabajar eficazmente también con seglares que no pertenecen
a la Iglesia Católica, siempre que se sepa vivir en plenitud la
experiencia de san Juan Bosco y proponer íntegramente su sistema
educativo y su espíritu apostólico.
Al pedir para cuantos se dedican a tan fascinante y exigente misión
la protección de san Juan Bosco y de los santos salesianos, como
prenda de mi estima y confianza le envío de corazón una bendición
apostólica especial a usted, a quienes toman parte en el Capítulo
General y a los salesianos de las diversas comunidades, así como
a toda la Familia Salesiana.
Vaticano, 31 de enero de 1996, fiesta de san Juan Bosco.
Ioannes Paulus II
2. Discurso de S.S. JUAN PABLO II a los capitulares
salesianos durante su audiencia en la Sala Clementina
1 de abril de 1996
Muy queridos capitulares
de la Sociedad Salesiana
de san Juan Bosco:
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1. Me produce una alegría muy grande este encuentro tan esperado
con quienes representáis a los salesianos de todo el mundo. Con
una presencia tan numerosa dais testimonio de la maravillosa expansión
de la obra de san Juan Bosco, cuyo carisma sigue vivo y vital en el mundo
contemporáneo.
Uniéndome a vuestra alegría, felicito, en primer lugar,
al Rector Mayor, don Juan Edmundo Vecchi, a quien habéis elegido
para que se haga cargo de vuestra familia espiritual, llamándolo
a suceder al recordado don Egidio Viganó, tan benemérito
por la labor que hizo con tanta claridad de pensamiento y con total entrega
al bien de la Iglesia y de vuestro Instituto. Que el Señor acompañe
al nuevo Rector Mayor y a sus colaboradores en su importante tarea, a fin
de que puedan introducir a la Sociedad y a la Familia Salesiana en el nuevo
milenio con el ardor apostólico de san Juan Bosco y con toda la
lozanía de su carisma.
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2. Desde esta perspectiva de futuro y contemplando los retos del mundo
contemporáneo, deseo ante todo manifestaros mi gratitud y aprecio
por la activa y fiel participación de vuestra Familia en la misión
de la Iglesia. Os sentís parte viva de la comunidad eclesial,
plenamente insertados en ella y a su servicio incondicional en todas las
partes del mundo.
Siguiendo las huellas de vuestro Fundador, que os legó, como
preciada herencia, su "sensus Ecclesiae", desplegáis vuestra
misión en un sector de capital importancia: la educación
de la juventud, «la porción más delicada y valiosa
de la sociedad humana», como decía san Juan Bosco. En la carta
Iuvenum patris, que os escribí al celebrar el centenario
de su muerte, os recordaba que «la Iglesia ama intensamente a los
jóvenes: siempre, pero más aún en este tiempo cercano
al año dos mil, se siente interpelada por su Señor a mirarlos
con especial amor y esperanza y a ver su educación como una de sus
primeras responsabilidades pastorales» (núm. 1). Os exhorto,
pues, a seguir siempre adelante en tan noble y delicada labor, que ciertamente
se halla en el centro de vuestro Capítulo General desde el momento
que -dicen vuestras Constituciones- «como Don Bosco, estamos llamados,
todos y en todas las ocasiones, a ser educadores de la fe» (art.
34).
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3. Para cumplir dicha misión, vuestro Capítulo presta
una atención particular a los seglares que en vuestra Familia
colaboran de diversas formas en la educación de la juventud. San
Juan Bosco mismo intuyó la importancia de tener colaboradores que,
de diferentes modos, estuvieran dispuestos a ayudarlo en la gran empresa
de la educación compartiendo con él los principios y la práctica
de su Sistema Preventivo. Comprendió asimismo la importancia de
contar con quienes compartieran más a fondo el espíritu de
la Congregación y se hicieran sus portadores hacia fuera en la Iglesia
y en la sociedad civil. Por ello, fundó la Asociación de
Cooperadores Salesianos, asociada a la Sociedad de san Francisco de Sales,
con el preciso fin de cooperar en su misión de salvar a los jóvenes.
La veía como «una asociación importantísima,
alma de nuestra Congregación» (cf. Actas del I Capítulo
General). Junto con los Cooperadores, hay otros muchos seglares que,
vinculados de manera más o menos fuerte a vuestra Congregación,
se han unido a la gran tarea de la educación y de la evangelización:
antiguos alumnos, padres de alumnos, amigos y bienhechores, voluntarios,
hombres y mujeres de buena voluntad; todos ellos unidos en el amor y servicio
a la juventud.
Siguiendo el camino trazado por san Juan Bosco y atentos a los signos
de la Iglesia de nuestro tiempo, particularmente a la luz del Concilio
Vaticano II y de la exhortación apostólica Christifideles
laici, queréis relanzar vuestro compromiso con los seglares,
creciendo con ellos en la comunión y en el compartir el espíritu
y la misión de san Juan Bosco. Ciertamente es un tema abierto al
futuro que, en el ámbito de la nueva evangelización, ayudará
a la Congregación y a toda la Familia Salesiana a entrar, con muchas
y valiosas fuerzas, en el ya próximo tercer milenio.
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4. Teniendo presente esa perspectiva, en vuestro Capítulo os
habéis fijado el objetivo de extender la implicación y
de promocionar la participación y corresponsabilidad. Sí,
tal es realmente el camino que hay que seguir para juntar todas las fuerzas
del bien en una colaboración efectiva donde cada uno, según
su vocación específica -sacerdotal, religiosa o laical-,
aporte sus riquezas específicas en un intercambio recíproco
de dones con miras al cumplimiento de la misión educativa.
Por mi parte, quiero subrayar la exigente tarea de la formación,
que en la exhortación Christifideles laici presenté
como uno de los aspectos fundamentales de la vida y misión de los
seglares: «la llamada a crecer, a madurar continuamente y a dar cada
vez más fruto» (núm. 57). Por un lado, debemos recordar
que la formación es algo que implica a todos juntos, porque la reciben
y la dan recíprocamente todos, y mucho más en una familia
espiritual, donde la participación en el mismo carisma y la colaboración
en una misma misión exigen poner en marcha procesos de formación
compartidos. Sin embargo, por otro lado, es preciso subrayar también
la precisa responsabilidad de quienes, por un don especial del Espíritu,
están llamados a ser formadores de formadores. Los hijos de san
Juan Bosco tenéis la ineludible obligación de ayudar a vuestros
seglares para que se formen como educadores de la juventud según
el espíritu del Sistema Preventivo de san Juan Bosco.
[205]
5. Como os recordé en mi mensaje inaugural al principio de vuestro
Capítulo, un punto importante que debéis tener muy en cuenta
en esa formación es la propuesta espiritual que brota de la vivencia
de san Juan Bosco en Valdocco. Vivencia que es al mismo tiempo fuente
y meta del camino que proponéis a quienes -jóvenes o adultos-
comparten el método educativo del Santo. Permitidme que insista
en la supremacía de la espiritualidad, que impregna vuestra vida
y vuestra misión y debe brillar, sobre todo, en vuestro testimonio
de consagrados apóstoles, «signos y portadores del amor de
Dios a los jóvenes», como dicen vuestras Constituciones (art.
2). Los seglares que comparten con vosotros el espíritu y la misión
de la vida salesiana no pueden dejar de advertir, para la tarea de educadores
que deben realizar, esa exigencia. Con la debida gradualidad y respetando
las convicciones personales de fe, tenéis que ayudarlos a caminar
hacia metas cada vez más altas en el descubrimiento de su propia
vocación, hasta introducirlos en las vías del Espíritu
del Señor.
En mi carta Iuvenum patris puse de relieve que en san Juan Bosco
vemos un admirable intercambio entre educación y santidad:
«Él logró su santidad personal en la educación,
vivida con celo y corazón apostólico, y simultáneamente
supo proponerla como meta concreta de su pedagogía» (núm.
5). Queridos salesianos, haga Dios que sepáis imitar a san Juan
Bosco en su capacidad de transmitir los valores del Evangelio, implicando
en ellos a quienes colaboran con vosotros en la misión educadora
y a los mismos jóvenes a quienes se dirige. Así podréis
hacer de la comunidad educativa una verdadera experiencia de Iglesia, el
ambiente adecuado para un camino de crecimiento que lleve a la auténtica
madurez cristiana.
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6. La Semana Santa que acabamos de empezar trae a nuestra memoria el
mensaje que el año pasado, por estos mismos días, enviaba
a la Familia Salesiana el querido Rector Mayor don Egidio Viganó.
El 14 de abril, Viernes Santo, escribía: «Me siento unido
de una manera especial a vosotros en este día sagrado de misterio
y sacrificio. Llevo ya varias semanas en una clínica. Nunca había
tenido la vivencia del Viernes Santo como un día extraordinario
para el carisma de san Juan Bosco. Sumergirse en el misterio del amor de
Cristo, abrumados por el dolor de la carne: no se descubre un momento más
apropiado para estar con los jóvenes, para animar a los hermanos
y hermanas y para intensificar la Familia Salesiana». Con tales sentimientos
os trasmitía a todos don Egidio sus mejores deseos de feliz Pascua
florida «en el Señor vencedor de la muerte».
Muy queridos capitulares, os invito a mirar tan espléndido testimonio
de fe y optimismo cristiano, para sacar de él inspiración
y valentía en las decisiones que debéis tomar. La lección
de don Egidio Viganó está muy clara: El secreto para una
acción apostólica valiente y fecunda está en la adhesión
incondicional a Cristo crucificado y resucitado.
Invoco sobre todos vosotros la celeste protección de María
Auxiliadora: que ella sea, como lo fue para san Juan Bosco, vuestra maestra
y guía en la misión de educadores.
A vosotros, a vuestros hermanos en religión, a los seglares de
vuestras comunidades educativas y a todos los miembros de la Familia Salesiana
imparto de corazón mi bendición apostólica.
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